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Portada de la novela La Arpía

La Arpía

Traumatizada por el maltrato parental y el dolor de perder a su hija, Alexia Sellers se transforma en una estafadora implacable que seduce a millonarios. Todo cambia cuando decide arrebatarle la pareja a Maribel Miller, su falsa amiga. Su objetivo es el influyente Máximo Griffin, pero el plan fracasa cuando ella desarrolla sentimientos reales por él. Atrapada en su propia mentira, Alexia luchará por esconder su turbio pasado para no perder este amor.
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Capítulo 3

Alexia:

Mientras esperaba la hora de la cita, mi socio Remigio London me visitó en mi suite. Él es quien lo sabe todo: mi pasado, mi presente, e incluso puede adivinar mi futuro, aunque ni siquiera yo misma lo sé. No obstante, me imagino rodeada de lujos, intentando obtener más de lo que pueda poseer. Con él nos une una desmedida ambición y sexo, ya que no sé de otra vida aparte de esta. No conozco el amor; sé que en el fondo hay un destello de cariño, pero parece destinado a alguien que no existe, o al menos, eso es lo que me han hecho creer.

Remigio se abalanza sobre mí, pone sus manos en mis muslos y comienza a subir por mis piernas. Con él no hay besos ni preliminares, solo sexo y nada más. Él me da lo que necesito y yo le doy lo que él quiere, así de simple. Es solo atracción física; sería absurdo de mi parte ignorar su belleza, su metro ochenta de estatura, ojos azules y cabello rizado. Entre nosotros no existen celos y nunca existirán, ni con él ni con nadie.

Miré la hora en mi elegante reloj de pulsera, una reliquia que conservo como trofeo de una operación fallida. No quise quedarme con las manos vacías, así que decidí incautar de mi inútil y desvalido exesposo una herencia familiar. Como no tenía ni un céntimo y me hizo perder el tiempo, le di donde más le duele: su tradición, que pasaba de generación en generación.

Eran las nueve en punto cuando me despedí de mi socio y salí a enfrentar mi destino.

Lo primero que hice al subir al ascensor fue mirar mi reflejo en el espejo que había allí. Me puse a pensar en cómo habría sido mi vida si mi padre me hubiera cuidado como se cuida el tesoro más preciado, si me hubiera visto solo como su hija y nada más...

No me gusta recordar mi pasado, pero cada vez que estoy a punto de hacer un negocio, la melancolía me invade, dando paso a la depresión.

Inspeccioné mi figura: mi cara armoniosa, nariz pequeña, labios carnosos, cabello oscuro y grandes ojos verdes. Mi rostro demuestra inocencia, pero nadie sabe que me la robaron sin piedad. Ya no existe, y he tenido que ponerme una máscara para seguir adelante.

Mientras descendía, me sumergí en mis pensamientos sin darme cuenta de que una familia había subido conmigo. A través del espejo me sonrieron; se veían felices, pero ¿quién sabe realmente lo que sucede dentro de una familia? No sentí deseos de ver una alegría que no sabía si era real, así que agaché la mirada y me encontré con unos dulces ojos café. Supe inmediatamente que fue un grave error, ya que mi corazón comenzó a acelerarse, las manos me sudaban y la falta de oxígeno me invadía. Intenté tranquilizarme mientras escuchaba voces a lo lejos, pero un nudo en la garganta me impedía contener las lágrimas.

─ Señorita... ¡Señorita! ─sacudí la cabeza sorprendida de mí misma, ya que suelo estar atenta a todo lo que pasa a mi alrededor. Cogí una gran bocanada de aire, dándome cuenta de que ya habíamos llegado al primer piso; las puertas estaban abiertas de par en par. Reí nerviosa ante lo que califiqué como una gran estupidez de mi parte.

─ Sí, sí... lo siento... gra... gracias ─dije casi tartamudeando. Salí a toda prisa, sin apartar la mirada de los ojos de la pequeña. Mis pensamientos me traicionaron, así que tuve que poner todo mi tesón para tranquilizarme y realizar el trabajo con éxito. De espaldas a mí, vi una cabellera canosa. Tragué saliva, respiré profundamente y me acerqué lentamente al bar donde estaba José Do Santos. Me senté a su lado y su mirada lasciva me indicaba que este hombre estaba perdido; con un solo movimiento lo dejaría rendido a mis pies.

Belleza natural por donde mires. La habitación donde estamos hospedados es amplia y lujosa, ubicada sobre el agua, con una vista espectacular. Tiene jacuzzi, un artefacto inservible en esta ocasión, pues no me imagino "gozando" con José; sería una verdadera pérdida de tiempo intentar sacarle provecho, menos aún con un hombre que no me provoca más que asco.

─ ¡Buenos días, mi linda esposa! ─le escucho decir, y maldigo por dentro que el viejo se haya despertado. Ensayo una sonrisa y me volteo para mirarlo a la cara.

Pasar una luna de miel con un hombre rugoso no es precisamente un signo de felicidad, pero tiene dinero, y yo vivo y muero por él.

─ ¡Buenos días, amor! ─respondo─. Espero que hayas pasado una buena noche.

Lo miro como si él fuera el hombre más atractivo que existe en la tierra, tal vez, hace unos años lo fue un poco, pero ahora, puedo decir por experiencia que no vale la pena. Agradezco a Dios que su edad no le permita repetir en el sexo, ya es bastante desagradable aparentar un orgasmo, y gemir recibiendo un placer inexistente; sin duda, es lejos lo peor que sucede en este tipo de negocios.

─ Por supuesto mi vida. ¿Cómo no pasar una buena noche con una mujer como tú? ─alzo las cejas, para luego hacer una mueca al escuchar tanta palabrería cursi. Trato de simular; sería fatal y un sacrificio desperdiciado si se diera cuenta de mis reales intenciones─. ¿Y tú mi amor…?

─ ¿Yo qué?

─ ¿Cómo dormiste? ─pregunta─. Yo dormí fabulosamente.

─ Eso no se pregunta, amor. Soy la mujer más afortunada del mundo y agradezco a Dios que te hayas fijado en mí ─miento─. Eres un hombre maravilloso, y deseo miles de noches iguales a la que pasamos hoy.

Empieza por acercase más de lo normal, intento escapar, pero es más rápido y me agarra de la cintura para atraerme hacia él. Me sienta en su regazo mientras lo abrazo por el cuello deseando que esto acabe pronto. Mi suerte no es tan grande, él cree en todo lo que le digo, y en recompensa acaricia mis piernas. Intento pensar que es Remigio quien pasa sus manos por mi muslo, pero es difícil, pues su textura no se asemeja en nada al de un hombre joven.

Salimos a caminar por la orilla de la playa. Quien nos viera tomados de la mano creería que somos una pareja enamorada y dichosa. Por desgracia, cada vez que tiene la oportunidad, me besa mientras sonrío para demostrarle lo mucho que me gustan sus besos y que lo adoro con el alma. Si no supiera que en mi futuro hay una prominente fortuna esperando por mí, no le diría cada cinco minutos que lo amo con todo mi corazón.

Recostados sobre las tumbonas bajo el sol, empiezo a admirar mi argolla de diamantes, y una gran sonrisa se me dibuja en el rostro al recordar cuando José se la quitó a la estúpida de su exesposa. Aún visualizo las lágrimas recorriendo su arrugado rostro; me sentía satisfecha con mi pequeña venganza. Jamás olvidaré su expresión al darse cuenta de que se quedaría en la calle. Mi arrogancia y satisfacción se las hice notar, haciéndole saber que donde iría, no necesitaría aquel vestido que manché aquella tarde en la subasta.

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