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Portada de la novela La apuesta del CEO.

La apuesta del CEO.

Adrián Montes, un frío empresario, se propone conquistar a su secretaria Valeria Ríos en treinta días por una simple apuesta. Al descubrir el engaño, ella decide no ser una víctima y lo desafía con su propio juego de manipulación. Entre la tensión laboral y encuentros cargados de magnetismo, la farsa inicial se desmorona. Adrián deberá elegir entre conservar su ego intacto o sucumbir ante el amor por la única mujer capaz de desarmar su estructurada vida.
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Capítulo 3

El lunes empezó igual que siempre. Café negro, reuniones eternas y empleados caminando rápido como si los persiguiera el apocalipsis. Pero Adrián... no estaba en su oficina.

Valeria llegó a las nueve en punto. Ordenó los correos, hizo dos llamadas y escribió un recordatorio mental: "No pensar en el casi-beso del viernes". Fracasó a los cinco minutos.

-Buenos días, señorita Ríos -saludó Guillermo Montes, apareciendo de la nada.

Valeria levantó la vista. Se quedó unos segundos en silencio. El parecido era evidente... pero donde Adrián tenía arrogancia, Guillermo tenía calma. Donde Adrián intimidaba, él sonreía.

-¿Nos conocemos?

-No, pero he oído hablar de usted. Soy Guillermo, el hermano mayor de Adrián.

-Ah... claro. Encantada.

-¿Él está en su oficina?

-No ha llegado todavía.

-Vaya. Qué poco profesional de su parte -dijo, con una sonrisa demasiado perfecta.

Valeria forzó una risa. Algo en él no le gustaba. Esa cortesía educada. Esa forma de mirarla como si ya supiera algo que ella no.

-¿Le puedo dejar un mensaje?

-No, ya hablaré con él directamente. Gracias.

Cuando se fue, Valeria se quedó un momento pensando. Marcó el número de Adrián. Correo de voz. Segundo intento. Nada.

Suspiró.

-¿Ahora también vas a desaparecer cuando te conviene?

Reapareció a media mañana. Ojeroso, sin corbata, con el pelo revuelto. Un desastre perfectamente sexy.

-¿Podemos hablar? -le dijo, apenas la vio.

-Claro. ¿Algo importante?

-Guillermo está aquí.

-Ya lo conocí.

Adrián se frotó la cara. Se dejó caer en el sofá de su oficina como si el peso del mundo se le hubiese caído encima.

-¿Qué quiere?

-No lo sé. Parecía... curioso.

-Siempre lo parece. Es parte del encanto.

Valeria se sentó frente a él.

-¿Van mal?

-No vamos. Nunca fuimos. Él es el heredero. Yo soy... el otro.

-¿Creí que eras el CEO?

-Porque él me dejó. Prefiere ser embajador, viajar por el mundo, salir en revistas. Pero sigue volviendo para recordarme que todo esto... era suyo.

-¿Y vos qué hacés?

-Trabajo. Me rompo el alma. Pero a veces siento que sigo compitiendo en una carrera que ya perdí.

Valeria lo miró en silencio. Adrián nunca hablaba así. Era como si algo se hubiese quebrado.

-¿Por qué me contás esto?

-No lo sé. Tal vez porque... me haces sentir distinto.

-¿Distinto cómo?

Él no respondió. Solo la miró.

Ella desvió la mirada. No quería ver lo que estaba empezando a pasar en sus ojos.

Esa tarde, Guillermo volvió. Esta vez, entró directo a la oficina de Adrián sin pedir permiso. Valeria solo lo siguió con la vista. Alcanzó a oír una frase antes de que la puerta se cerrara:

-¿Estás enamorado de tu secretaria?

Congelada.

Media hora después, Adrián salió furioso. La puerta se cerró con un golpe.

-¿Todo bien? -preguntó Valeria.

-No te metas.

Frío. Cortante. Dolido.

Ella no insistió. Pero algo dentro suyo se retorció.

Al final del día, él la llamó. Otra vez.

-¿Podés venir un segundo?

Entró en su oficina. Todo estaba oscuro, salvo la luz del ventanal. Él estaba ahí, con una copa en la mano.

-¿Pasa algo?

-Sí. Pasa que no sé en qué momento esto se me fue de las manos.

Valeria se quedó quieta.

-No estoy acostumbrado a sentirme... pequeño. Pero contigo, a veces me siento exactamente así.

-¿Y eso es bueno o malo?

-Es real. Y lo odio. Pero también... me hace sentir vivo.

Ella dio un paso.

-¿Querés que me aleje?

-No.

-¿Querés que me quede?

-Sí. Pero no sé si puedo darte lo que merecés.

-Tal vez no quiero nada. Tal vez solo quiero entender qué sos cuando nadie te mira.

-¿Y qué ves?

-A un hombre con miedo. Pero también... a alguien que puede aprender a amar, si deja de esconderse.

Él tragó saliva.

-Te juro que me dan ganas de besarte ahora mismo.

-Entonces no lo jures. Hacelo.

Pero no lo hizo.

La miró. Y se giró hacia la ventana.

-No quiero arruinar esto.

Ella se quedó un momento. Después, se acercó por detrás y le rozó la espalda con los dedos.

-Entonces no lo arruines. Solo dejate sentir.

Y se fue.

Esa noche, Valeria anotó:

Día 6: No lo besé. O sí. No con los labios, pero sí con todo lo demás.

Y por primera vez, tuvo miedo.

Miedo de que esa guerra, en realidad... la estuviera perdiendo ella.

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