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Portada de la novela La apuesta del CEO.

La apuesta del CEO.

Adrián Montes, un frío empresario, se propone conquistar a su secretaria Valeria Ríos en treinta días por una simple apuesta. Al descubrir el engaño, ella decide no ser una víctima y lo desafía con su propio juego de manipulación. Entre la tensión laboral y encuentros cargados de magnetismo, la farsa inicial se desmorona. Adrián deberá elegir entre conservar su ego intacto o sucumbir ante el amor por la única mujer capaz de desarmar su estructurada vida.
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Capítulo 1

-¿Un mes? ¿Estás hablando en serio? -dijo Samuel, riéndose.

-Sí. Un mes -respondió Adrián, confiado-. La nueva secretaria será mía.

-¿Y si no? ¿Si te manda al diablo?

-No lo hará. Confía en mí.

Ambos se rieron. Brindaron con whisky. Eran las once de la mañana, pero eso no les importaba.

Adrián se estiró en el sillón. Estaba relajado. Seguro de sí mismo. Como siempre.

-¿Y si te enamoras? -preguntó otro amigo, medio en broma.

Adrián lo miró como si hubiera dicho una estupidez.

-Por favor. El amor no existe. Solo es una buena campaña de marketing.

Mientras tanto, en el pasillo afuera, la puerta del ascensor se abrió.

Valeria Ríos salió con su carpeta en la mano. Tenía nervios, pero caminaba con firmeza. La asistente de Recursos Humanos le sonrió.

-Suerte. Y un consejo: sé eficiente, y no le hables si él no te habla primero.

-Gracias -dijo Valeria, sin saber muy bien si eso era una advertencia o un deseo de buena suerte.

Llegó hasta la puerta de la oficina. Escuchó voces dentro. Y risa. Quiso tocar, pero se quedó quieta al escuchar su nombre.

-La secretaria nueva está buenísima -dijo alguien adentro-. Un mes y cae.

Valeria sintió cómo se le helaba la sangre. Escuchó en silencio. Sintió rabia. Pero respiró hondo. Y decidió algo en ese momento:

No va a ganar.

Tocó la puerta.

-¿Señor Montes?

Silencio.

La puerta se abrió.

Y ahí estaba él. Alto. Impecable. Mirándola como si ya la hubiera ganado.

Valeria sonrió. No con simpatía. Sino como alguien que tiene un plan.

-Soy Valeria Ríos. Su nueva secretaria.

Adrián no dijo nada al principio. Solo la miró de arriba abajo.

Valeria se mantuvo firme. No desvió la mirada. Aunque por dentro tenía mil cosas pasando.

—Pasa —dijo él, al fin.

Ella entró. La oficina era enorme. Piso de mármol, ventanales con vista a toda la ciudad, un escritorio gigante y un sillón de cuero que parecía más caro que su sueldo entero.

—Tu escritorio está ahí afuera. Frente a mi puerta. —Señaló con la mano sin mirarla mucho—. Me gusta el café sin azúcar. Y caliente. Siempre.

—Entendido —respondió ella.

—Tengo reuniones desde las once. Quiero la agenda en cinco minutos.

—Sí, señor Montes.

Él sonrió, apenas.

—No hace falta que me digas “señor”. Suena raro viniendo de ti.

—¿Prefiere “jefe”? —preguntó, sin expresión.

Adrián levantó una ceja.

—Montes está bien.

Ella salió de la oficina sin decir más. Caminó hacia su escritorio. Se sentó. Respiró hondo. Abrió la laptop.

Así que este es el juego... Bien. Yo también sé jugar.

A las once en punto, llegó la primera reunión. Ejecutivos, trajes caros, palabras técnicas que Valeria entendía pero no le importaban.

—Valeria —llamó Adrián desde adentro.

Ella entró con la carpeta que había preparado.

—Los datos del tercer trimestre —dijo, y se la entregó.

Uno de los socios la miró de arriba abajo. Otro hizo un chiste sobre “tener mejor vista en la sala”.

Adrián no dijo nada. Solo observó.

Valeria fingió no escuchar. Sonrió, profesional. Se dio vuelta y salió.

Al mediodía, fue a la cafetería del edificio. Se sirvió un café.

—Así que tú eres la nueva —dijo una voz a su lado.

Valeria volteó. Un hombre de unos treinta y tantos. Pelo oscuro. Bien vestido. Sonrisa encantadora.

—Depende. ¿Quién pregunta?

—Marcelo Vázquez. CEO de una de las empresas asociadas. Y, por cierto, el archirrival de tu jefe.

Valeria se rió.

—Vaya carta de presentación.

—¿Y tú? ¿Nombre?

—Valeria.

—Valeria... —repitió él, saboreando el nombre—. Suena bien.

—Gracias.

—¿Te gustaría almorzar conmigo algún día?

—¿Por qué? ¿Porque soy nueva? ¿O porque quiero causar problemas?

—Ambas.

Valeria sonrió, divertida. Dio un sorbo a su café.

—Quizás.

Y se fue.

Cuando volvió, Adrián estaba en su oficina, solo. Pero la miró raro cuando entró para dejar unos papeles.

—¿Con quién hablabas abajo?

—¿Perdón?

—En la cafetería. Te vi por la cámara del pasillo.

Valeria parpadeó. ¿Cámaras?

—Con Marcelo Vázquez. Muy simpático, por cierto.

—Tené cuidado con él —dijo Adrián, seco.

—¿Es una orden? —preguntó ella, mirándolo directo.

Él no respondió. Solo se inclinó hacia atrás en su silla.

—¿Te hizo alguna propuesta indecente?

—¿Y si sí?

Adrián apretó la mandíbula. Ella lo notó. Y le encantó.

—Haz tu trabajo. Y no pierdas el foco.

—Lo tengo muy claro, Montes.

Ella salió. Él se quedó solo, mirando la puerta cerrarse.

¿Por qué me molesta que hable con ese idiota?

Esa noche, Valeria se quitó los tacones en su departamento y se dejó caer en el sofá. Estaba agotada. Pero satisfecha.

Sacó su celular y escribió en su bloc de notas:

“Día 1: Él cree que tiene el control. Pero ya empezó a perderlo.”

Sonrió.

Esto apenas comienza.

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