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Portada de la novela La apuesta

La apuesta

Linda y René viven en Nueva York intentando dejar atrás un pasado oscuro. Ambas disfrutan de su libertad y evitan el compromiso emocional, convencidas de que no necesitan protección masculina. Sin embargo, su mundo choca con el de Williams y Deivid, dos empresarios cínicos que ven a las mujeres como simples trofeos de apuestas. Todo cambia cuando Linda entra a trabajar con ellos; su presencia desafiará las reglas de estos hombres, desatando un juego donde perder tiene un precio muy alto.
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Capítulo 8

Entraron al lugar y Deivid se sorprendió cuando al pedir el almuerzo el camarero le sonrió a Linda y le preguntó si quería lo mismo de siempre.

— No, solo será gazpacho.

El almuerzo pasó y luego de un Deivid audaz y confiado, los inversores se retiraron pidiendo disculpas por el supuesto malentendido y fijando una nueva reunión.

— Los aniquilamos Linda gordita.

— Sí, lo hicimos. — Linda no pudo evitar sonreír, ya se había acostumbrado al apodo que Deivid le había otorgado, pero también noto que ya no lo decía con sarcasmo, sino que, de una forma suave y tierna, lo decía con cariño.

— Bien es hora de volver a la oficina y hablar con Will.

— Claro. — Pero antes que eso sucediera, el camarero reapareció.

— Señorita Brown, permítame el atrevimiento, la última vez no le pude agradecer como era debido, pedí su postre favorito, muchas gracias por lo que hizo aquella vez por mí. — Deivid miraba intrigado al hombre que tendría unos cuarenta y algo o cincuenta y pocos.

— No tiene nada que agradecer, era lo correcto. — respondió su asistente con una sonrisa tensa.

— Aun así, muchas gracias. — El hombre dejó el postre y se retiró. Y Linda no sabía qué hacer.

— ¿Gustas un poco?

— No, no soy amante a las cosas dulces, ya sabes te hace perder la silueta.

— Sabes Deivid, la vida es muy corta para preocuparse por pequeñeces, unos kilos de más a cambio de probar una delicia, es un precio justo para pagar.

— De acuerdo me convenció, señorita Brown.

Linda sabía muy bien porque la llamo así, él quería saber la historia que había detrás de las palabras del camarero, pero ella estaba decidida a jugar a hacerse la tonta, tomo un bocado del postre y él se perdió en su boca envolviendo la cuchara en ese momento, pero volvió a la normalidad.

— ¿Me dirás que fue eso? — Pregunto impaciente. Y Linda se dio por vencida.

— Creo que en mi currículum está especificado lo eficiente que soy, hace un tiempo atrás vine a este lugar con el que era mi jefe, él estaba de mal humor, y se desquitó con el camarero, pidió que lo despidan y no me pareció justo, por lo que intervine, eso es todo.

— ¿Tu jefe quién era? — Esa era una pregunta que ella no quería contestar. Por lo que utilizo el coqueteo como arma.

— Disculpa, ¿dijiste algo? Por un momento tus tatuajes me abrumaron. — Y por fin logró un leve sonrojo en sus mejillas. El cual le debía más al miedo que a otra cosa.

— ¿Y eso cómo qué?

— No sé, tienes tantos, digo los que son visibles, ¿cuán tatuado tienes tu cuerpo? — pregunto con cara de cachorro abandonado.

— Eso solo lo saben quiénes me ven desnudo. — respondió el hombre al tiempo que le giñaba un ojo.

— Ah. — Puso su mejor cara de desilusión, sabiendo que el querría consolarla.

— Si quieres me podría desnudar para ti. — Linda fingió mirarlo con sorpresa e incredulidad, cuando por dentro se moría de risa.

"Eres lerdo Deivid, pero mejor así."

— Pero mira quién está aquí, Deivid Smith, tan apuesto como siempre a pesar de esos tatuajes. — La espalda de Linda se puso tiesa, ¡estaba perdida! Todo había acabado.

— Samara Canón, tan rubia como siempre.

Cuando la mujer saludó a Deivid, se fijó en quien lo acompañaba, claro ella no sabía que eran jefe y empleada por lo que se acercó apropósito a la mesa cuando lo vio acompañado y más con alguien con esa figura, pero cuando reconoció de quien se traba su cara cambio de inmediato, igual que su tono de voz dejó de ser simpático, para pasar a ser ácido y burlón.

— ¿Señorita mantequilla? Mira cómo has cambiado, si hasta pareces una persona.

Linda podía domar a cualquiera, pero había dos personas a las que nunca podría enfrentar, Erick Mark y Samara Canon, ella moría por gritarle a esa rubia de plástico cuantas veces su prometido la había follado, de ciento de formas diferentes, cuantas veces habían alcanzado el máximo placer hasta caer rendidos, pero no podía, el día que ella hiciera eso Erick sería capaz de matarla de ser preciso. Por lo que bajo la cabeza sin decir nada.

— Samara, ¿acaso tienes algún problema con mi asistente? — El tono de Deivid dejaba ver lo molesto que estaba con por sus palabras.

— Mira hasta tienes un nuevo defensor, las cosas no cambiaron tanto, ¿sabes Deivid? te daré un consejo, por la amistad que tiene nuestros padres, despide a esta vaca, es una completa incompetente. — En el terreno laboral Linda si se podía defender, ella sabía lo brillante que era.

— ¡Eso no es verdad! — rebatió sin importarle levantar la voz.

— ¿Que no es verdad?, echaste a perder el mejor negocio que se había conseguido con Dante Ricci, tu idiotez nos costó 2 millones, menos mal que mi prometido te hecho antes de la reunión de la junta o te hubiera destrozado con mis manos. Me imagino que no colocaste nuestra empresa como referencia....

Samara continuó hablando, pero Linda ya no la escuchaba, estaba acostumbrada a sus continuos ataques, siempre le decía que si no fuera porque se parecía más a una cerda que a una mujer ella no dudaría en que Erick y ella tuvieran un amorío, pero gracias a su apariencia nunca sospecho nada, lo que saco de jugada a Linda fue el hecho que la culparan por el fallido de una fusión con el italiano Dante, eso era imposible, ella dejó todo listo, solo faltaba la firma de Erick.

El día después de que Erick la mandó por un tubo ella se reunió con Dante, firmaron todo y entre una cosa y otra, terminaron en la cama de un hotel de lujo, fue así como ella se dio cuenta que podía seducir a cualquier hombre.

— Te estoy hablando jamón con patas.

— ¿Que? — La voz de Linda era apenas un murmullo.

— Que como se te ocurrió poner una cláusula que si no se concretaba el trato pagaríamos dos millones de dólares.

— No... — Las lágrimas de Linda caían a la vez que el subconsciente le gritaba.

"¡Estúpida te pago con dinero de la compañía y te culpo por ello! ¡Ahora además de puta eres una ladrona!”

— ¡¿Acaso no piensas contestar vaca?!

— ¡Oye Samara ya es suficiente, porque no te largas a arruinar el almuerzo de alguien más! — Linda miro de inmediato a Deivid, él la estaba defendiendo, y ella no estaba fingiendo.

No quería estar en ese lugar, en cualquier momento podría aparecer Erick y todo se iría al carajo.

Por lo que se levantó y salió sin decir nada, Deivid salió detrás de ella.

— Linda, espera, ¡Hey detente! — Al momento que Deivid la detuvo la abrazó y ella se quebró por completo.

— No fue así, no sé qué paso, pero lo averiguare, yo sé lo que hago, mi trabajo es lo único que tengo, es lo único para lo que soy buena ¡jamás aceptaría algo así! — Decía entre lágrimas más para sí misma que para él.

— Te creo Linda, no tienes nada que explícame, me acabas de salvar de perder mucho dinero, sé que eres buena en lo que haces. — Deivid acariciaba la espalda de ella, y ese contacto lo empezó a acalorar.

"¡Por favor, si solo la estoy acariciando! ¿Qué sucede conmigo, porque me atrae tanto? Ella se ve tan débil, está sensacional de que alguien te necesite es tan fuerte y linda, Linda como ella, debí mandar al carajo a Samara apenas llegó.”

— Ya estoy bien señor Smith, puede soltarme. — dijo la joven, pero él no quería hacerlo, sin embargo ¿qué podría decirle? Y entonces le dijo la verdad.

— Pero yo quiero abrazarte un poco más. Además, ya te dije no me digas señor. — Le dijo con voz suave junto a su oído.

— Está bien Deivid, ¿podemos volver a la oficina? Todavía tenemos trabajo.

— Eres muy responsable Linda. — Ella lo miró sorprendida, no era gordita Linda, ni otro apodo él la llamo por su nombre.

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