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Portada de la novela La amarga venganza de una esposa

La amarga venganza de una esposa

Lo que parecía el matrimonio perfecto en México entre Bernardo y yo resultó ser un engaño cruel. Bajo el pretexto de una enfermedad genética, él me privó de la maternidad mientras esperaba un hijo con Camila, su amante. Tras descubrir sus planes de boda secreta y sus constantes mentiras, mi desolación se convirtió en una sed de justicia implacable. Ahora, mientras él finge trabajar, preparo su desaparición con expertos para cobrar mi amarga venganza.
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Capítulo 1

Mi esposo, Bernardo, y yo éramos la pareja de oro de la Ciudad de México. Pero nuestro matrimonio perfecto era una mentira, sin hijos por una rara condición genética que, según él, mataría a cualquier mujer que llevara a su bebé. Cuando su padre moribundo exigió un heredero, Bernardo propuso una solución: un vientre de alquiler.

La mujer que eligió, Camila, era una versión más joven y vibrante de mí. De repente, Bernardo siempre estaba ocupado, apoyándola en "difíciles ciclos de fertilización in vitro". Se perdió mi cumpleaños. Olvidó nuestro aniversario.

Traté de creerle, hasta que lo escuché en una fiesta. Les confesó a sus amigos que su amor por mí era una "conexión profunda", pero que con Camila era "fuego" y "euforia".

Estaba planeando una boda secreta con ella en el Lago de Como, en la misma villa que me había prometido para nuestro aniversario.

Le estaba dando una boda, una familia, una vida; todo lo que me negó a mí, usando una mentira sobre una condición genética mortal como excusa. La traición fue tan absoluta que se sintió como un golpe físico.

Cuando llegó a casa esa noche, mintiendo sobre un viaje de negocios, sonreí y actué como la esposa amorosa.

Él no sabía que yo lo había escuchado todo.

No sabía que mientras él planeaba su nueva vida, yo ya estaba planeando mi escape.

Y ciertamente no sabía que acababa de llamar a un servicio que se especializaba en una sola cosa: hacer desaparecer a la gente.

Capítulo 1

Sofía Garza y Bernardo de la Torre eran la pareja que todos en la Ciudad de México envidiaban. Lo tenían todo: un penthouse espectacular con vistas al Bosque de Chapultepec, un apellido que abría cualquier puerta y una historia de amor que comenzó en la preparatoria. Parecían perfectos. Pero tras las puertas cerradas de su hogar minimalista y lleno de arte, había un vacío. Un silencio. No tenían hijos.

No era por falta de intentos por parte de Sofía. Era la negativa de Bernardo. Su madre había muerto al darlo a luz. Una rara condición genética hereditaria, la llamaba él. Una bomba de tiempo que, según afirmaba, llevaba dentro, una que convertía cualquier embarazo en una sentencia de muerte para la mujer que amaba.

—No puedo perderte, Sofi —decía, con la voz tensa, su mano apretando la de ella con fuerza—. No lo haré.

Y durante años, Sofía lo había aceptado. Lo amaba lo suficiente como para sacrificar su propio y profundo deseo de tener una familia. Volcó sus instintos maternales en su trabajo como curadora de arte, cuidando de artistas y sus creaciones.

Luego llegó el ultimátum.

El padre de Bernardo, el formidable patriarca del imperio empresarial de la Torre, se estaba muriendo. Desde su cama de hospital, rodeado por el olor a antiséptico y a dinero viejo, dictó su última orden.

—Necesito un heredero, Bernardo. El linaje de la Torre no termina contigo. Hazlo, o la empresa pasará a manos de tu primo.

La presión lo cambió todo. Esa noche, Bernardo se acercó a Sofía con una propuesta.

—Un vientre de alquiler —dijo, con la voz cuidadosamente neutral—. Es la única manera.

Sofía, que había perdido la esperanza hacía mucho tiempo, sintió una chispa encenderse.

—¿Un vientre de alquiler? ¿De verdad?

—Sí —confirmó él—. Un arreglo puramente clínico. Nuestro embrión, su útero. Tú serías la madre en todos los sentidos importantes. Simplemente evitamos el riesgo para ti.

Le aseguró que él se encargaría de todo. Una semana después, le presentó a Camila Díaz.

El parecido fue inmediato e inquietante. Camila tenía el mismo cabello oscuro y ondulado que Sofía, los mismos pómulos altos, el mismo tono verde esmeralda en los ojos. Era más joven, quizás una década más joven, con una belleza cruda y sin pulir que contrastaba fuertemente con la elegancia sofisticada de Sofía.

—Es perfecta, ¿no crees? —dijo Bernardo, con un brillo extraño en los ojos—. La agencia dijo que su perfil era una excelente coincidencia.

Camila era callada, casi tímida. Mantenía la mirada baja, murmurando sus respuestas. Parecía abrumada por la opulencia de su departamento, por ellos.

—Esto es un arreglo puramente de negocios, Sofía —le susurró Bernardo más tarde esa noche, atrayéndola hacia él—. Ella es solo un recipiente. Un medio para un fin. Tú y yo, nosotros somos los padres. Esto es para nosotros.

Sofía miró a su esposo, el hombre al que había amado durante más de la mitad de su vida, y eligió creerle. Tenía que hacerlo. Era la única manera de conseguir la familia que siempre había soñado.

Pero las mentiras comenzaron casi de inmediato.

Los "ciclos de FIV" requerían que Bernardo estuviera en la clínica. Empezó a faltar a las cenas, luego a noches enteras.

—Solo estoy apoyando a Camila —decía, enviando mensajes de texto hasta altas horas de la noche—. Las hormonas la tienen muy sensible. Los médicos dijeron que es importante que la madre sustituta se sienta segura.

Sofía intentó ser comprensiva. Cocinaba y le enviaba la comida con Bernardo. Compró mantas suaves y ropa cómoda para Camila, tratando de cerrar la brecha estéril del acuerdo.

Llegó su cumpleaños. Bernardo había prometido un fin de semana en Valle de Bravo, solo ellos dos. Canceló en el último minuto.

—Camila está teniendo una mala reacción a la medicación —dijo por teléfono, con la voz apresurada—. Tengo que estar aquí. Lo siento mucho, Sofi. Te lo compensaré.

Pasó su cumpleaños sola, comiendo una rebanada de pastel de la pastelería, el silencio del penthouse era ensordecedor.

Su aniversario fue peor. Ni siquiera llamó. Un mensaje de texto apareció después de la medianoche.

*Emergencia en la clínica. No me esperes despierta.*

Sofía se encontró inventando excusas para él, tanto para sus amigos como para sí misma. *Es por el bebé. Es un proceso estresante. Él está tan involucrado como yo.* Se aferró a las explicaciones como a un salvavidas, negándose a ver la verdad que estaba deshilachando los bordes de su vida perfecta.

El punto de quiebre fue un martes frío y lluvioso. Un taxi se pasó un alto y se estrelló contra el costado de su coche. El impacto fue violento, una sacudida que la dejó mareada y temblando. Su primer instinto fue llamar a Bernardo.

El teléfono sonó y sonó, y luego saltó al buzón de voz.

—Bernardo, tuve un accidente —dijo, con la voz temblorosa—. Estoy bien, creo, pero mi coche está destrozado. ¿Puedes... puedes venir, por favor?

Esperó. Pasó una hora. Luego dos. Un amable oficial de policía la ayudó a llamar a una grúa y la llevó a urgencias para que la revisaran. Tenía un esguince en el brazo y su cuerpo era un lienzo de moretones incipientes.

Se sentó en la fría y estéril sala de espera, con el teléfono en silencio en la mano. Volvió a llamar. Buzón de voz. Y otra vez. Buzón de voz.

Finalmente, tomó un taxi a casa, el dolor en su brazo era un latido sordo en comparación con el dolor en su pecho. El departamento estaba oscuro y vacío. Encendió las luces y vio una copa de vino medio vacía en la mesa de centro, con una leve mancha de lápiz labial en el borde. No era su tono.

Intentó racionalizarlo. Quizás un amigo suyo había pasado. Quizás tuvo una reunión. Pero la semilla de la duda, una vez plantada, era ahora una enredadera espinosa que se enroscaba alrededor de su corazón.

Más tarde esa semana, Bernardo organizó una pequeña reunión para algunos socios y amigos en un club privado del centro. Sofía, todavía cuidando su brazo torcido y una colección de moretones que se desvanecían, sintió un escalofrío que no pudo quitarse.

Llegó tarde, retrasada por una reunión en la galería. Al acercarse al salón privado, escuchó el murmullo de la conversación. Se detuvo fuera de la puerta, con la intención de hacer una entrada discreta.

Fue entonces cuando escuchó su voz, clara y sin cargas, flotando desde la habitación.

—Te lo digo, nunca me había sentido así —decía Bernardo. Su tono era ligero, lleno de una pasión que ella no había escuchado en años—. Con Sofía, es... es un amor profundo, una conexión del alma. Pero con Camila... es fuego. Es euforia.

Sofía se quedó helada, con la mano suspendida sobre el pomo de la puerta. La sangre se le heló.

Uno de sus amigos, Marcos, sonaba vacilante.

—¿Estás seguro de que es una buena idea, Bernardo? ¿Manejar a las dos? Te va a explotar en la cara.

—No lo hará —dijo Bernardo, su voz rebosante de una arrogancia que le revolvió el estómago a Sofía—. Sofía tendrá a su bebé y será feliz. Y yo tendré a Camila. Puedo darles a ambas todo lo que quieran.

Sofía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Se apoyó contra la pared, la madera fría en marcado contraste con el calor que le subía a la piel.

Luego vino el golpe final, el que la mató.

—Estoy planeando una boda para Camila en Europa después de que nazca el bebé —confesó Bernardo, su voz bajando a un susurro conspirador—. Una secreta. Solo nosotros y algunos de sus amigos. Ya di un depósito para una villa en el Lago de Como. Millones. Se lo merece. Se merece todo.

La misma villa a la que le había prometido llevarla para su decimoquinto aniversario.

Una oleada de náuseas la invadió. Tropezó hacia atrás, derribando un jarrón decorativo de un pedestal en el pasillo. Se hizo añicos en el suelo de mármol con un estruendo ensordecedor.

La conversación dentro se detuvo. La puerta se abrió de golpe y Bernardo apareció allí, su rostro una máscara de pánico cuando la vio.

—¡Sofía! ¿Qué haces aquí afuera?

Sus amigos se asomaron por detrás de él, sus rostros una mezcla de lástima y alarma.

Sofía se enderezó, el shock dando paso a una calma gélida que no sabía que poseía. Miró a su esposo, el hombre que planeaba una boda secreta con su vientre de alquiler, y forzó una sonrisa.

—Acabo de llegar —dijo, con la voz firme—. Estaba a punto de entrar.

Los amigos de Bernardo intentaron disimular, lanzándose a una conversación ruidosa y forzada sobre la bolsa de valores. Bernardo corrió a su lado, con la mano en su brazo.

—¿Estás bien? Te ves pálida.

Su toque se sintió como una marca de hierro. Apartó el brazo.

—Solo estoy cansada —dijo, con los ojos vacíos—. Un día largo. —Miró más allá de él, hacia la habitación—. ¿Está... está Camila aquí esta noche?

La pregunta era una prueba. Una última y desesperada súplica por un ápice de honestidad.

El rostro de Bernardo se tensó.

—¿Camila? Por supuesto que no. ¿Por qué estaría aquí? Ella es solo el vientre de alquiler, Sofía. Una herramienta. ¿Recuerdas?

Dijo la palabra "herramienta" con una facilidad tan despectiva que le robó el aliento. Este era su amor. Este era su fuego.

Ella asintió lentamente.

—Cierto. La herramienta.

Se dio la vuelta, sin mirar los rostros conmocionados de sus amigos ni la frenética preocupación en el de él.

—No me siento bien —dijo por encima del hombro—. Me voy a casa.

Salió del club, sus pasos medidos y deliberados. La calma gélida se extendía por sus venas, congelando el dolor, convirtiéndolo en algo duro y afilado.

En el taxi de camino a Polanco, una notificación iluminó la tableta que Bernardo había dejado en el asiento trasero. Era un mensaje de Camila.

*Acabo de aterrizar, bebé. La suite es increíble. No puedo esperar a que llegues y me quites esta ropa. La tarde de compras fue una locura... ¿de verdad gastaste tanto en mí?*

Bernardo le había dicho que iba a Boston por un viaje de negocios de dos días.

Sofía miró el mensaje, las palabras se desdibujaban a través de una película de lágrimas que se negó a dejar caer. No estaba en Boston. Estaba en camino hacia Camila.

No fue a casa. Le indicó al taxista una dirección diferente. Un edificio de oficinas elegante y discreto en Reforma. El letrero en la puerta era simple: "Soluciones Confidenciales Ébano".

Entró, con la espalda recta, su resolución absoluta. La vida que conocía había terminado. Era hora de borrarla.

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