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Portada de la novela La Amante

La Amante

Convertirme en la amante de Alexei fue una decisión dictada por un amor cegador que nubló mi juicio. Pese a su compromiso matrimonial, mi entrega era tan profunda que mi vida entera orbitaba a su alrededor, convencida de que nuestro deseo superaría cualquier obstáculo. No obstante, la cruda realidad me golpea: el vínculo con los hijos prevalece sobre nuestra pasión clandestina. Pronto, verdades ocultas emergerán para transformar este destino incierto.
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Capítulo 2

Alexei.

Observo los documentos sin deseo de firmar; irritado, los dejé sobre el escritorio. El móvil no dejaba de sonar con una llamada entrante. Sin ganas de responder, salí de la oficina a toda prisa. Mi secretaria me informa de la nueva sede que pronto se va a inaugurar en Nicaragua.

—Bien, manda el listado a los socios, pon fecha y hora de la próxima reunión en esa sede.

—A su orden, señor Servante.

—Nos vemos mañana.

Salí apresuradamente de la empresa, entré a mi coche y arranqué a toda velocidad. Estaba seguro de mi decisión; ahora más que nunca necesito completar mis próximos proyectos.

Al llegar a casa, bajé del coche rápidamente y, al verla, corrí para abrazarla. Había estado una semana en Miami con su abuela y su mamá.

—¡Pero qué bella está mi Luna! Papá, te extrañé un montón.

—Papi, yo también te extrañé muchísimo. —Beso la mejilla de mi princesa. Con apenas seis años, ella es toda una señorita y habla más que los reporteros.

—¿Y me extrañaste a mí? —pregunta Natalia, mi esposa. Me acerco a ella y deposito un beso en su mejilla. ¿Cómo decirle que no? Bueno, tendría que asentir sin ganas.

—¿Cómo estás, Natalia? —le pregunto al ver su rostro de enojo.

—Con este embarazo, dudo que esté bien. Y lo peor es que nunca respondes mis llamadas. Me pregunto qué tanto haces.

Bufé molesto por su comentario y bajo la mirada hacia la niña, ignorando lo que Natalia dice.

—Sayo, lleva a la niña con Karla —le ordeno a la empleada, y ella inmediatamente se lleva a la niña.

—Sí, señor Servante.

—Que la lleve a comer muchos helados, luego a parque de diversiónes.

—¡Papi, muchas gracias!—Grita Eufórica a lo que observo a Natalia la cual rueda los ojos.

Le sonrío a mi hija. Ella es igualita a mí, con sus ojos azules y su cabello rubio. Diría que es una pequeña réplica mía.

—Alexei, ¿por qué me ignoras? Te dije que el embarazo me tiene cansada.

—No entiendo por qué dejaste de tomar la píldora —respondo bruscamente.

—¿Esa es tu respuesta? No puedes decir otra cosa.

—Natalia, ¿no te da vergüenza discutir delante de la niña? Ten un poco de modales —espeta molesto, y ella me mira disgustada.

—Siempre es lo mismo contigo. Nada de lo que diga o haga te parece bien. Sé que no... —Bufé irritado mientras ella está al borde de las lágrimas. Camino hacia el despacho de mi padre, dejándola allí con apenas un mes de embarazo y  se comporta de una manera intolerante, incluso sus celos son más fuertes, nisiquiera cuida de Luna.

Siempre es lo mismo, estoy aburrido, cansado; esta vida monótona me tiene mal. Lo único que me interesa es mi pequeña Luna.

—Alexei, hijo mío —Papá se levanta de su silla para darme un abrazo.

—Estoy bien. ¿Cómo has estado, padre?

—En lo que cabe, estoy bien, hijo mío. El viaje es cansado, ya estoy viejo. Llegué esta mañana.

Sonríe de medio lado. Charlamos un buen rato mientras tomábamos vino. Me contó muchas cosas sobre mi hermano, quien ahora parece querer formalizar. Muy bien por él. Por otro lado, creo que es momento de notificarle que pronto me iré de Los Ángeles.

—Padre, regresaré a Nicaragua. Tengo algunos proyectos en mente que quiero empezar, y la sede allí necesita reforzamiento —Mi padre me observa sin ninguna pizca de emoción.

—Alexei, aquí te veo bien. ¿Por qué quieres regresar a Nicaragua?

—Es mi país natal y deseo irme. Vine aquí por mi madre, por tus amenazas. ¿Te acuerdas?

Mi padre aprieta los puños y niega. Él pensó que se me olvidaría la amenaza que me hizo si seguía aquí. Recuerdo cada palabra de aquella mañana, jamás lo olvidaré.

—Pensé que habías dejado todo en el olvido.

Sonrío, dejándole claro que eso jamás sucederá.

—Padre, jamás olvidaré que mi felicidad quedó en Nicaragua. Desde entonces, nunca he podido amar. Esa chica fue mi primer amor y siempre lo será. Me casé por obligación, por hacerle una promesa estúpida a mi madre. Nunca me voy a arrepentir de mi hija, ella es la que me hace feliz y la que me ayuda a olvidar un poco mi pasado. Pero escúchame bien, jamás amaré a Natalia como amé a Anashia.

Mi padre empieza a toser hasta que pienso que se desmayará. Busco entre sus cosas el spray de albuterol y, al encontrarlo, le ayudo a usarlo. Decido no seguir hablando del tema y lo ayudo a subir a su recámara a descansar.

—Lo siento mucho, hijo —se disculpa con sinceridad. Le sonrío para que no sienta culpa por lo sucedido. Es algo que ya no tiene remedio; lo hecho, hecho está.

—Papá, es mejor que descanses. Sin embargo, debo regresar para no perder nuestra empresa. Si deseas irte con nosotros, eres bienvenido. Buenas noches.

Suspirando, salgo de la recámara de mi padre. No hay marcha atrás. El próximo mes viajaremos a Nicaragua.

Antes de entrar a mi habitación, entro en la de mi princesa. Ella ya duerme tranquila y plácidamente. Beso su mejilla rosada. Sus cachetes llenos de pecas me recuerdan a ella. Seguramente ya me ha olvidado, debe tener hijos y estar casada al igual que yo, incluso debe estar enamorada.

Suelto un suspiro agobiante. Si pudiera retroceder el tiempo, lo haría, pero ya no se puede y ya no querría hacerlo, pues entre tantas cosas nació mi hermosa Luna, mi hija. Ella lo es todo para mí...

Debo olvidarme de mi pasado. Ahora tengo una familia a la cual debo cuidar siempre.

Dejando mis pensamientos, entro a la habitación. Natalia está recostada, cubierta con una pijama translúcida.

—Pensé que no vendrías a dormir —susurra tímida. Luce hermosa, sin embargo, no he podido amarla.

—Eres hermosa —le digo mientras ella sonríe. Me acerco con pasos rápidos, beso sus labios tratando de borrar esos ojos verdes y ese rostro lleno de pecas, cabello rojizo en puras ondas. Nunca he podido olvidarla, me ha perseguido durante ocho años.

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