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Portada de la novela La amante del jefe de mi esposo

La amante del jefe de mi esposo

Sofía y Daniel atraviesan una asfixiante crisis económica que empeora cuando les roban un préstamo de Ramírez, el influyente jefe de Daniel. Ante una deuda impagable, Ramírez utiliza su poder para acosar a Sofía, quien acepta un trato desesperado para proteger su hogar. Inmersa en una red de chantajes y oscuros secretos, ella intenta ocultar la verdad mientras su acosador amenaza con arruinar su matrimonio y destruir su vida por completo.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, Daniel salió temprano como siempre, con el rostro cansado y los hombros tensos por la presión de la deuda. Sofía lo despidió con un beso en la mejilla y le dedicó una sonrisa débil, aunque su mente estaba lejos de la tranquilidad que intentaba aparentar.

Apenas cerró la puerta, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que hoy volvería.

El reloj apenas marcaba las ocho cuando tres golpes resonaron en la puerta. Firmes. Autoritarios.

Sofía tragó saliva antes de abrir.

Ahí estaba él.

El señor Ramírez la observó con esa expresión tranquila y calculadora que la hacía sentir indefensa. Vestía su traje impecable y tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo, como si estuviera disfrutando del momento.

-Buenos días, Sofía -saludó con una leve inclinación de cabeza-. ¿Puedo pasar?

Ella dudó.

-No creo que sea necesario...

Ramírez arqueó una ceja, con una leve sonrisa.

-¿Segura? No me gustaría que tus vecinos escuchen nuestra conversación.

Sofía sintió el pecho oprimido. Sabía que si se negaba, él insistiría, y al final, no tenía sentido alargar lo inevitable. Dio un paso atrás y dejó que entrara.

Ramírez paseó la mirada por la casa con aire de superioridad antes de girarse hacia ella.

-Voy a ser directo. Han pasado los cinco días y Daniel sigue sin pagarme. Yo no soy un hombre paciente, pero también sé que ahorcar a mis deudores no siempre es bueno para los negocios.

Sofía se quedó en silencio, esperando lo peor.

-Así que te haré una oferta -continuó él, sacando un pequeño sobre del bolsillo de su saco-. Le daré más tiempo para pagar... pero con una condición.

Ella sintió un nudo en la garganta.

-¿Qué condición?

Ramírez dejó el sobre sobre la mesa y se acercó un poco más.

-Cada semana vendré a buscar el pago. Si no tienes el dinero, bueno... ya sabes qué otra opción tienes.

Sofía sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

-Daniel sigue intentando conseguir el dinero...

-Lo sé, pero a estas alturas, sabemos que no lo logrará fácilmente. Así que no me hagas perder el tiempo, Sofía. Si en una semana no hay pago, quiero otro tipo de compensación.

Ella desvió la mirada, sintiendo el estómago revuelto.

Ramírez sacó una tarjeta y la deslizó sobre la mesa.

-Tienes hasta la próxima semana para decidir. Pero ten en cuenta algo... cada día que pasa, los intereses aumentan.

Sofía se mordió el labio, luchando contra el miedo que la consumía.

Ramírez le dedicó una última mirada y caminó hacia la puerta con la misma calma con la que había llegado. Antes de salir, se detuvo y giró ligeramente la cabeza.

-Nos veremos pronto, Sofía. Espero que para entonces hayas tomado una decisión.

Y con eso, se marchó, dejándola sola con el peso de una elección imposible.

Sofía miró la tarjeta sobre la mesa, sintiendo que su mundo se derrumbaba a su alrededor.

¿Qué iba a hacer?

Sofía permaneció de pie en la sala, mirando fijamente la tarjeta sobre la mesa como si en cualquier momento fuera a desaparecer. Pero no lo hizo. Seguía ahí, siendo un recordatorio de la presión asfixiante que caía sobre ella y Daniel.

Se sentó lentamente en una de las sillas, sintiendo su cuerpo pesado, agotado. Su mente giraba sin control, buscando desesperadamente una salida, una alternativa que no implicara el sacrificio que Ramírez esperaba de ella.

Cuando Daniel regresó esa noche, traía la misma expresión de angustia que en los últimos días. Se dejó caer en el sofá y se frotó el rostro con ambas manos.

-Nada... Nadie quiere prestarnos dinero sin garantías. Ya ni siquiera me reciben en algunos lugares -murmuró con voz apagada.

Sofía tragó saliva.

-Ramírez vino otra vez.

Daniel levantó la cabeza de golpe, con el ceño fruncido.

-¿Qué quería?

Sofía desvió la mirada por un segundo, sintiendo que el corazón le martilleaba el pecho. No podía decirle la verdad. No podía cargarlo con eso cuando ya tenía suficiente con la deuda.

-Solo vino a recordarnos el pago. Dice que nos dará un poco más de tiempo, pero... los intereses seguirán aumentando.

Daniel apretó la mandíbula y se puso de pie.

-Ese maldito... ¿Y qué quiere que hagamos? ¿Que saquemos dinero de la nada?

Sofía no respondió. No podía.

Daniel comenzó a caminar de un lado a otro, completamente frustrado.

-Tengo que encontrar una solución, Sofía. No podemos seguir así. No quiero que él vuelva a esta casa.

Ella sintió un escalofrío ante esas palabras. Si él supiera lo que realmente quería Ramírez...

-Intentaremos buscar más opciones -dijo Sofía, tratando de sonar tranquila-. Tal vez pueda conseguir más clientes en la tienda, ofrecer descuentos, trabajar más horas...

Daniel la miró con tristeza y negó con la cabeza.

-No quiero que cargues con esto, Sofía. Yo fui el que tomó el préstamo, es mi responsabilidad.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

-Estamos juntos en esto -susurró, y él la abrazó con fuerza.

Pero mientras lo hacía, ella cerró los ojos con fuerza, tratando de ignorar el peso de la decisión que aún debía tomar.

La semana apenas comenzaba, pero Sofía ya sentía que el tiempo se le acababa.

El tiempo pasó más rápido de lo que Sofía esperaba. Cada día, la tensión crecía entre ella y Daniel, aunque él intentaba mantenerse fuerte. Había salido desde temprano aquella mañana, decidido a encontrar una solución antes de que Ramírez apareciera.

Pero Sofía sabía que era inútil.

Habían llegado a la semana.

Eran casi las seis de la tarde cuando tres golpes secos resonaron en la puerta. Sofía sintió su cuerpo estremecerse. Tragó saliva y se obligó a mantener la compostura antes de girar el pomo.

Ramírez estaba ahí, con su traje impecable y esa sonrisa de calma absoluta que la inquietaba.

-Sofía -saludó, con un tono casi amable-. ¿Puedo pasar?

Ella asintió lentamente y se hizo a un lado.

Él entró con la misma seguridad de siempre y miró alrededor, como si inspeccionara la casa. Luego, se volvió hacia ella.

-Es el día de pago -dijo sin rodeos-. ¿Tienes mi dinero?

Sofía sintió el estómago encogerse.

-No... Daniel aún no ha conseguido nada. Está buscando más opciones, pero...

Ramírez soltó una risa baja y negó con la cabeza.

-¿Qué te dije la última vez, Sofía? Sabías que llegaría este día, ¿verdad?

Ella apretó las manos en puños.

-Solo necesitamos más tiempo.

-¿Más tiempo? -Ramírez dejó escapar un suspiro de falsa paciencia-. Ya les di una semana, Sofía. ¿Crees que soy un hombre de caridad?

Sofía bajó la mirada.

Él se acercó un poco más.

-Pero no soy un hombre injusto -continuó-. Así que te haré la misma oferta. No hay dinero... pero eso no significa que no puedas pagarme de otra forma.

Ella sintió que la piel se le erizaba.

Ramírez sacó su teléfono del bolsillo y lo colocó sobre la mesa.

-Te daré unos minutos para pensarlo. Pero entiende algo, Sofía... No me gusta que me hagan perder el tiempo. Si hoy no hay pago, la próxima vez no vendré solo.

El aire en la habitación se volvió pesado.

Sofía sintió que sus piernas temblaban, pero se obligó a mantenerse firme.

Ramírez la observó con detenimiento antes de inclinarse un poco hacia ella.

-Decídete rápido, Sofía. El tiempo se está acabando.

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