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Portada de la novela La abogada del padrino

La abogada del padrino

La impecable carrera de Diana Fernández, una abogada de temple gélido, da un giro drástico cuando el capo Víctor Rivas la coacciona para representar a su hijo. Martín enfrenta cargos por matar a un político y, aunque las pruebas lo incriminan, su padre usa un secreto del pasado de Diana para manipularla. Inmersa en un peligroso juego de corrupción y mafias, ella sentirá una pasión letal por el hombre que amenaza con destruir su mundo entero.
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Capítulo 3

El aire en la habitación contigua estaba viciado, cargado con el olor dulce y acre del tabaco caro y una tensión que parecía vibrar en las paredes. Valeria cerró la puerta de vidrio detrás de ella, silenciando la presencia opresiva de Máximo Mendoza en el salón principal, solo para encontrarse encerrada con un peligro diferente.

Gabriel Mendoza no se movió de su silla. Permanecía desparramado con una elegancia indolente, las piernas largas estiradas y una bota de cuero negro golpeando rítmicamente el suelo, como un metrónomo marcando el tiempo de una bomba. La luz de la luna, filtrada a través de las cortinas de terciopelo pesado, cortaba su rostro en dos: una mitad en sombra, la otra revelando una sonrisa que era mitad burla, mitad advertencia.

Valeria ajustó su bolso sobre el hombro, un gesto inconsciente para reafirmar su compostura. No estaba acostumbrada a ser recibida con hostilidad por sus clientes; generalmente, la miraban como a una salvadora. Gabriel la miraba como si fuera un entretenimiento pasajero.

-¿Vas a quedarte ahí parada analizando mi psicología, abogada? -preguntó Gabriel, exhalando una columna de humo hacia el techo-. Te advierto que cobro por hora, igual que tú.

Valeria ignoró la provocación. Caminó hacia la única otra silla disponible en la habitación, una butaca rígida frente a él, y se sentó. Cruzó las piernas, sacó una libreta y una pluma de su bolso, y los colocó sobre sus rodillas con movimientos precisos y deliberados.

-Mi nombre es Valeria Santander -dijo, su tono profesional y frío, diseñado para desarmar emociones-. Y no estás en posición de cobrar nada, Gabriel. Estás en posición de pasar los próximos veinticinco años en una celda de tres por tres metros, compartiendo inodoro con un extraño. Así que sugiero que dejes el cinismo para otro momento.

Gabriel soltó una risa baja y áspera. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal que separaba sus sillas. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad perturbadora.

-¿Crees que me asusta la cárcel? -susurró, bajando la voz a un tono confidencial-. He crecido en esta casa, Valeria. He vivido rodeado de guardias, cámaras y muros toda mi vida. La cárcel sería solo un cambio de decoración. Quizás hasta tendría mejores vistas.

Valeria sostuvo su mirada, negándose a parpadear. Pudo ver algo en el fondo de sus pupilas: no era miedo, era hastío. Un aburrimiento profundo y existencial.

-Tu padre ha pagado un precio muy alto por mi tiempo -dijo ella, cambiando de táctica-. Y yo he pagado un precio aún más alto por estar aquí. Así que vamos a hacer esto, te guste o no.

Gabriel apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal que ya rebosaba de colillas.

-Mi padre compra todo lo que se rompe -dijo con desdén-. Pero hay cosas que no se pueden arreglar con dinero.

-Déjame ser el juez de eso. -Valeria destapó su pluma-. Hablemos de la noche del 14 de noviembre. El asesinato del senador Ernesto Arriaga. La fiscalía dice que fuiste visto entrando en su suite del Hotel Imperial a las 22:00 horas. Las cámaras de seguridad del pasillo te grabaron. No hay forma de negar que estuviste allí.

-Estuve allí -admitió Gabriel, recostándose de nuevo y cruzando los brazos detrás de la cabeza-. Fui a verlo. Teníamos... negocios.

-¿Qué tipo de negocios tiene el hijo de un jefe del crimen con un senador que basa su campaña en la lucha contra la corrupción?

Gabriel sonrió, una mueca carente de alegría.

-La hipocresía es el negocio más lucrativo del mundo, Valeria. Arriaga era un socio silencioso en varios proyectos de construcción de mi padre. Quería salirse. Tenía miedo de que la prensa husmeara demasiado cerca de sus cuentas en Panamá. Me citó para renegociar su salida.

Valeria anotó rápidamente.

-¿Y qué pasó?

-Llegué. La puerta estaba entreabierta. -Gabriel hizo una pausa. Su mirada se desvió hacia la ventana, perdiendo el foco por un instante-. Entré. Lo llamé. No respondió. Caminé hacia la sala de estar y lo encontré. Estaba en el suelo, junto al minibar. Tenía un agujero en el pecho y otro en la garganta. Había mucha sangre. Demasiada para un político tan limpio.

-¿Lo tocaste? -preguntó Valeria, sintiendo el pulso acelerarse.

-No soy estúpido. -Gabriel volvió a mirarla-. No toqué nada. Me di la vuelta y salí.

-¿Por qué no llamaste a la policía? -insistió ella, aunque sabía la respuesta.

-¿Yo? ¿Llamar a la policía? -Gabriel soltó una carcajada seca-. "Hola, oficial, soy Gabriel Mendoza, acabo de encontrar un cadáver caliente y resulta que mi apellido está en la lista de los más buscados de su comisaría". Seguro que me habrían creído y me habrían ofrecido un té. Salí de allí porque sabía cómo se vería.

Valeria asintió lentamente. La historia era plausible, pero incompleta.

-La policía encontró una huella parcial tuya en el marco de la puerta. Eso te sitúa en la escena. Pero lo que te incrimina es el arma. Una pistola 9mm registrada a nombre de una empresa fantasma vinculada a tu familia fue encontrada en un contenedor de basura a dos cuadras del hotel. Con tus huellas en el cargador.

El silencio que siguió fue denso. Gabriel dejó de mover el pie. Su cuerpo se tensó, la relajación fingida desapareciendo para revelar al animal acorralado que habitaba bajo la piel de seda.

-Eso es imposible -dijo, su voz carente de toda ironía ahora-. Yo no llevo armas. Nunca. Es una regla personal. Odio las armas.

Valeria levantó una ceja, escéptica.

-¿El hijo de Máximo Mendoza odia las armas?

-Las armas son para los cobardes que no saben usar las palabras o los puños -replicó Gabriel con vehemencia-. Nunca he tocado esa pistola. Si mis huellas están en el cargador, alguien las puso ahí.

-¿Quién?

Gabriel se puso de pie bruscamente y comenzó a caminar por la pequeña habitación, como un león enjaulado.

-Eso es lo que tú tienes que averiguar, ¿no? Eres la gran abogada. -Se detuvo frente a ella, mirándola desde arriba. La proximidad era intimidante. Valeria podía ver la textura de su piel, el leve rastro de barba de un día, y oler esa mezcla embriagadora de tabaco y peligro-. Alguien me quiere fuera de juego. O quieren herir a mi padre a través de mí.

Valeria cerró su libreta. Se puso de pie para nivelar, aunque fuera mínimamente, la diferencia de altura.

-Si quieres que te defienda, necesito la verdad completa, Gabriel. No la versión editada. Dijiste que no tomaste nada de la escena. ¿Estás seguro?

Gabriel vaciló. Por primera vez, Valeria vio una grieta en su armadura. Hubo un destello de duda, o quizás de cálculo.

-No tomé nada del senador -dijo lentamente.

-Eso no es lo que pregunté.

Gabriel dio un paso más hacia ella. Estaban tan cerca que Valeria tuvo que reprimir el instinto de retroceder. La tensión entre ellos cambió de frecuencia; ya no era solo un conflicto legal, era algo físico, eléctrico. Él la estaba desafiando, probando sus límites.

-Eres lista -murmuró él, bajando la vista hacia los labios de Valeria antes de volver a sus ojos-. Demasiado lista para tu propio bien. Mi padre te eligió porque cree que puede controlarte. Pero tú no pareces alguien que se deje controlar fácilmente.

-Hago mi trabajo -respondió ella, manteniendo la voz firme aunque el corazón le golpeaba contra las costillas-. Y mi trabajo es sacarte de aquí.

Gabriel metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Valeria se tensó, pero él solo sacó un objeto pequeño y metálico. Lo sostuvo en su puño cerrado.

-Si realmente quieres ganar este caso, Valeria, tienes que entender una cosa: la verdad no te va a liberar. La verdad te va a matar.

-Correré el riesgo.

Gabriel tomó la mano de Valeria. Su tacto era cálido, calloso, inesperadamente suave. Abrió la palma de ella y depositó el objeto frío en su piel. Luego, cerró los dedos de Valeria sobre él.

-No encontré esto en el cuerpo del senador -susurró Gabriel, acercándose a su oído. Su aliento rozó su piel, provocándole un escalofrío involuntario-. Lo encontré debajo del sofá de la suite. Se le cayó al asesino.

Valeria retiró la mano y abrió el puño. En su palma descansaba un gemelo de camisa. Era de oro blanco, con una forma muy distintiva: una cabeza de águila con un pequeño rubí en el ojo.

Lo reconoció al instante. No era una joya comercial. Era una pieza hecha a medida. Y había visto el par idéntico hace menos de una hora.

Levantó la vista hacia Gabriel, con los ojos abiertos de par en par por el shock.

-Esto es...

-Sí -la cortó Gabriel, con una sonrisa triste y amarga-. Pertenece a la mano derecha de mi padre. A su jefe de seguridad. A mi "tío" Silvio.

Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

-¿Me estás diciendo que un hombre de tu padre mató al senador y te incriminó a ti? ¿Su propio hijo?

-Bienvenida a la familia, abogada -dijo Gabriel, retrocediendo hacia las sombras-. Ahora entiendes por qué te dije que te fueras. Mi padre cree que es una conspiración externa. Si descubre que la traición viene de adentro, de su hombre de confianza... correrá sangre. Y si Silvio descubre que tú tienes eso... -señaló el gemelo en la mano de Valeria-, no llegarás viva al juicio preliminar.

Valeria cerró el puño con fuerza, sintiendo los bordes del águila de oro clavarse en su piel.

-¿Por qué me das esto? -preguntó-. Podrías habérselo dado a tu padre.

-Porque mi padre no me creería. Silvio es como un hermano para él. -Gabriel la miró con una intensidad desarmante-. Tú eres la única extraña aquí. La única pieza que no encaja en el tablero. Y curiosamente, creo que eres la única en quien puedo confiar, aunque mi padre te tenga comprada.

Antes de que Valeria pudiera responder, la puerta de vidrio se abrió. La figura imponente de Máximo Mendoza apareció en el umbral, su silueta recortada contra la luz del salón.

-¿Todo va bien por aquí? -preguntó el capo, su voz suave pero cargada de sospecha mientras sus ojos viajaban de Gabriel a Valeria, y luego a la mano cerrada de ella.

Valeria sintió el peso del gemelo en su mano como si fuera plomo ardiente. Tenía la evidencia que exculpaba a su cliente, pero esa misma evidencia condenaba al círculo íntimo del hombre que amenazaba con destruir su vida.

Se giró hacia Máximo, forzando una sonrisa profesional, y deslizó la mano disimuladamente en el bolsillo de su chaqueta, ocultando el secreto letal.

-Estamos progresando, señor Mendoza -dijo Valeria, sintiendo que acababa de cruzar la línea definitiva-. Estamos progresando.

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