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Portada de la novela LA ABOGADA DEL MAFIOSO "Un amor fuera de la ley"

LA ABOGADA DEL MAFIOSO "Un amor fuera de la ley"

Tras la traición de Carlos Almary, el poderoso mafioso Paul Bellini acaba en prisión. El miedo a las represalias aleja a todos los juristas, pero Claudia Lima, impulsada por la urgencia de costear la cirugía de su hijo, decide tomar el caso. Lo que inicia como un estricto compromiso profesional por necesidad económica se transforma en un romance peligroso. Claudia verá cómo su ética y su corazón colisionan en un juego de pasión y riesgos mortales.
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Capítulo 3

"El corazón no muere cuando deja de latir. El corazón muere cuando los latidos dejan de tener sentido."

Autor desconocido

Aquella noche, Claudia no logró conciliar el sueño. Permaneció despierta hasta el amanecer, vigilando la respiración de su hijo. Las palabras del pediatra en aquella primera consulta seguían persiguiéndola: «Debe tener cuidado, existe riesgo de muerte súbita». Desde entonces, habían transcurrido seis años de angustia constante, de miedo silencioso y de una desesperación que nunca la abandonaba.

Finalmente el cansancio la venció y minutos después sonó la alarma, se metió a la ducha para terminar de despertarse, se alistó y terminó de vestir a Santiago, a quien le costaba siempre despertarse tan temprano. De haber sido por ella, lo dejaría descansar un poco más, pero no podía, tenía que dejarlo en la escuela antes de irse a trabajar.

La separación del padre de su hijo, no había sido para nada amistosa y, desde entonces,Thiago comenzó a desligarse de toda responsabilidad. Veía a su hijo una vez por semana, sin mayor constancia. La manutención, fijada por el sistema, resultaba irrisoria, muy por debajo de lo que cualquier niño necesitaba para vivir.

Revivió brevemente aquel amargo momento:

-¿Esto es lo que le corresponde? -preguntó indignada- ¡Por Dios, esto es una burla!

La mujer sonrió con suficiencia:

-Siendo abogada, debería conocer las leyes mejor que nadie, es el monto que le corresponde a su hijo, y ya. -respondió groseramente la directora del Instituto Nacional de Protección al Menor INPM.

La voz de su hijo, la hizo reaccionar.

-Mami, ya llegamos -dijo volteando hacia atrás.

Claudia tuvo que frenar. Retrocedió en el coche. Bajó del auto con Santiago. Lo dejó en manos de la maestra.

-Dios te bendiga, mi amor. No olvides hacerle caso a la maestra y recuerda que no debes andar corriendo. -dijo besando su carita.

El niño asintió.

La pelicastaña volvió a subir a su coche y condujo de prisa hasta el bufete donde trabajaba, después de haber sido despedida por Verónica, la amante de su marido.

Ya en su oficina, Claudia se sumergió en la revisión de documentos, expedientes y citaciones. El café se volvió su único aliado. tomó tres tazas casi sin notarlo.

-Por Dios, Claudia llevas tres tazas de café en menos de una hora. -comentó Julia acercándose a ella.

-No dormí nada anoche, no tengo más alternativa que drogarme con cafeína para poder estar despierta.

-¿Es Santi, verdad?

Ella asintió y las lágrimas brotaron sin control, como cuando se abren las compuertas de una represa.

-Cálmate amiga, él va a estar bien.

Claudia movió la cabeza de lado a lado en negación a las palabras de su amiga.

-No, no. Ayer... -se quebró por completo.

Julia trató de calmarla acariciando su hombro.

-Vamos Claudia, tú eres una mujer fuerte.

-No, Julia. A veces debo serlo, pero estoy devastada, no te imaginas la angustia de ver a mi hijo, en esa situación.

-Lo imagino amiga, aunque no tenga hijos, puedo entenderte.

-Nadie puede entenderme -lloró con rabia- menos si soy culpable de lo que le ocurre a mi hijo.

-No eres culpable, no fue tu culpa.

-Sí, sí lo fue. Si hubiese tratado de calmarme aquella tarde, si simplemente hubiese aceptado la traición de Thiago, nada de esto le pasaría a mi hijo.

-Cálmate por favor, no te torturas así. No es tu culpa.

Claudia respiró profundamente, su hijo necesitaba de ella, eso era lo único que la mantenía en pie.

Julia sirvió un vaso con agua y le dio a beber.

Un poco más calmada, miró a su compañera.

-¿Tienes algo de maquillaje en tu bolsa? -preguntó entonces- olvidé traer el mío y en media hora tengo cita con mi cliente en la máxima cárcel de seguridad de Ciudad de Panamá.

-¿Aceptaste defender al mafioso? -cuestionó la morena-. No lo puedo creer.

-Es mi dignidad o la vida de mi hijo ¿Tú que harías?

-Imagino que lo mismo que tú -contestó- "situaciones desesperantes, requieren acciones extremas".

-No puedo esperar que mis vecinos del urbanismo hagan una tómbola para recoger dinero o hacer promoción en las redes y reacaudar fondos en una plataforma digital.

Las palabras de Claudia estaban cargadas de absoluto sarcasmo.

-Además la gente que más tiene, es usualmente la que menos desea ayudar y los que no tienen, pues cómo hacen para dar lo que no poseen.

-Nunca pensé oirte hablar de esa manera -dijo, desconcertada.

-Ni yo pensé que debería vender mi alma al diablo para salvarle la vida a mi Santi.

Julia buscó dentro de su bolsa, sacó el kit de maquillaje y se lo entregó.

-Aquí tienes.

Claudia tomó el porta cosméticos y comenzó a maquillarse con rapidez. Se enfocó en disimular con el corrector las evidentes ojeras, luego puso un poco de labial y usó el rizador de pestañas para levantar su mirada.

-Gracias Ju. -le devolvió el porta cosméticos.

Agarró la chaqueta del espaldar de su sillón junto con las llaves de su coche. Se despidió de su colega y salió de la oficina.

Minutos después y de forma puntual –como solía serlo– entró a la sala de visitas. Aún su cliente no había llegado.

Paul Bellini entró segundos después, acompañado del guardia. Tomó asiento y la miró sonriente.

-Por un momento creí que desistiría, abogada.

-No suelo cambiar de decisión como de ropa íntima. -respondió cortante.

Paul inclinó apenas la cabeza y recorrió sus labios con la punta de la lengua, despacio, sin dejar de observarla. El gesto era deliberado, cargado de una intención oscura.

Aquel gesto la hizo estremecer y aun así, se mantuvo erguida, imperturbable, como si nada de aquello la hubiera rozado. No iba a permitir que él creyera que podía intimidarla.

-Me alegra abogada, me alegra. -respiró profundamente- Empecemos. Estoy listo para contarle todo sobre mi vida

-Muy bien, empezamos con buen pie. -dijo acomodándose en la silla-. Lo escuchó.

Paul sonrió de forma maliciosa.

-Una sola, la mínima mentira y lo dejo de defender. -advirtio ella.

-Espero, que después que descubra mi oscuro pasado, no me odie y pueda ayudarme a salir de aquí.

-No vine a juzgarlo Bellini, vine a defenderlo.

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