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Portada de la novela KADER

KADER

Al cumplir veintiocho años, el influyente Kader Sabagh se propone hallar a la esposa perfecta mientras expande su imperio comercial bajo el ala del rey. Pese a que juzga a Nadia Arafat, la dama de compañía de la reina, como alguien indigna de su estatus, es incapaz de ignorar la fuerte atracción que siente por ella. En privado, el deseo que le despierta la joven nubla su razón, obligándolo a luchar contra la pasión por la mujer que tanto desprecia.
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Capítulo 3

—No pareces contento esta mañana… —la voz de Kalil resonó por todo el salón donde Kader se encontraba de pie observando una pintura en particular. Allí estaba su familia plasmada, pero en la realidad la parte más importante para él, ya no estaba.

Con las manos en los bolsillos, esperó que su hermano se pusiera al lado, y en silencio soltara un suspiro mientras admiraban la pintura.

Parecía que el tiempo no era nada. Y cuando se dio cuenta de que ya pasaron cuatro años desde que su padre había partido, su mente solo registró que parecía haber sido ayer mismo cuando el último aliento salió de él y se fue, dejando un cuerpo frío en los brazos de su hermano el rey.

Todos sabían en este palacio que Kalil tuvo muchas diferencias desde el principio con su padre. A decir verdad, Umar fue un hombre con un carácter fracturado, y con muchas falencias que ahora mismo podía adjudicarse como las suyas propias. Eran iguales en todo, incluso en su obstinación y soberbia.

Y aunque no era una característica muy positiva, Kader aceptó que también él mismo era así.

De reojo pasó la mirada en Kalil preguntándose como podía ser tan auténtico. Cómo tenía esa templanza que lo caracterizaba entre todos, y como esa inteligencia emocional solo lo hacía escalar entre sus alianzas.

Admiraba a su hermano con el alma. Y aunque ambos eran polos totalmente opuestos, solo podía reverenciar su manera de gobernar.

—¿Kader? —escuchó su pregunta, pero aun así se mantuvo en silencio. Ya sabía qué oración proseguía después de esa cuestión, y no tenía ánimo para eso ahora—. Hay otra mujer en tu habitación en este momento, y se trata de la hija de un conde respetado, sabes que…

—Bushra es mi amiga —cortó de inmediato. Y aunque sí, ella estaba allí acostada en su misma cama, y había tenido una noche agitada, ahora mismo seguía con esta desgana en su cuerpo que no podía quitarse y que lo hacía más amargado de lo que era.

—No me importa lo que sea —esta vez Kalil se giró y lo observó tan serio, como cuando iba a lanzar un ultimátum—. Quiero que respetes este palacio. Sabes que aquí está mi esposa, mi madre, y mis hijos…

Kader hizo un gesto de fastidio casi imperceptible, pero por supuesto era imposible que alguien como el rey, lo pasara desapercibido.

—No sucederá de nuevo —respondió por fin quitándose de su lado y yendo al balcón—. Despediré a Bushra en un rato…

—Kader…

El príncipe torció los ojos mientras caminó hacia el balcón por un poco de aire. Podía sentir los pasos detrás de él, y no sabía si podría quitarse hoy mismo el sermón que iba a venir a continuación.

Colocó las manos en la piedra fría y admiró la vista mientras el sol comenzaba a salir. Estaban avanzando a pasos agigantados, y aunque quedaron débiles después de una guerra, ver en lo que se estaba convirtiendo su nación, lo llenaba cada día de ambición por querer más de todo. Nada lo hacía sentir como esto, y quizás ninguna otra cosa remplazaría este sentimiento.

Quería un país poderoso con grandes edificaciones, quería una economía potente, y quería que su reino fuese invencible. Eso era lo que más quería.

—Hermano… No quiero cansarte, sabes que no quiero imponer nada en tu vida. Esa nunca será mi intensión.

Kader miró a Kalil que parecía más preocupado por él, que por todos los negocios que se jugarían por la tarde con al menos cien comerciantes. Tomó una bocanada de aire y lo observó detenidamente.

—Kalil, esto no es importante, te di mi palabra, no traeré a nadie más al palacio. Sabes que amo a tu familia. A todos sin excepción…

—Tú eres mi familia —refutó el rey añadiendo ese tono paternal que no era muy aceptado por Kader.

De inmediato soltó un suspiró largo e hizo ese gesto que tanto él conocía, frunció su boca de medio lado.

—Está bien, dilo —le pidió estando ya harto de que no fuese al grano.

El rey dio dos pasos más y también puso sus dos palmas en el muro de piedra mirando por primera vez hacia el horizonte.

—Sé por qué trajiste a esa dama ayer, Kader. Y de nuevo estás fastidiando la tranquilidad de esa chica.

Su ceño se frunció en señal de molestia y no pudo reprimir el disgusto que le ocasionó su defensa. Esto no era nuevo.

—¿Qué es esto?, ¿ahora debo darle explicaciones a esa… mujer, sobre mis acciones? —Kader se acercó a su hermano con evidente molestia, y aunque sabía que estaba alterando su posición, no le importó.

—Nadia es tan importante para Saravi, como lo son nuestros hijos, Laia, o Zaid…

Una risa sarcástica salió de su boca mientras negó.

—Bien lo dice, majestad —esta vez quitó toda emoción de él—. Para la reina es importante, pero no para mí. No esperen que yo me arrodille a sus pies y que también haga reverencia a una simple criada…

—¡Kader! —escuchó a su hermano alterarse nuevamente mientras movía sus pies en dirección a la salida.

—Nos veremos esta tarde en la reunión… —soltó, y la vez le mostró la mano con una señal militar que él acostumbraba a hacer para con el rey, y sin más, dejó incluso de pensar en su supuesta petición.

Kader sabía perfectamente quien se quejaba detrás de esas palabras. Saravi tenía una tonta sobre protección para con esa criada que ya estaba sobrepasando sus límites, y si alguien no le hacía ver su realidad, él mismo se encargaría de ponerla en su sitio.

Caminando perdido entre sus pensamientos, y sabiendo que debía ir en cualquier momento hablar con Bushra, el malestar vino de nuevo a su pecho al saber que había sido una pérdida de tiempo en dañar otra amistad, que definitivamente debía sacar de su lista.

Bushra lo seguiría buscando para satisfacer sus necesidades, cometió un error en mezclar su amistad, y la verdad es que, a estas horas, ni siquiera quería conservarla como una amiga.

Un poco hastiado con el pensamiento, justo cuando iba a pasar el jardín, una visión única frenó de golpe su cuerpo para quedarse prendido de esa impresionante vista.

Zaid estaba corriendo como de costumbre, mientras Laia arrancaba unas flores y hacia un ramo en su puño. Naim ya caminaba en pasos seguros porque recientemente cumplió dos años. No veía a Zara la pequeña de 8 meses, pero supuso que ahora mismo estaban dándole de comer.

Escuchó como Dana, la hija de su hermana Hanna, dio un grito fuerte, y sus ojos se fueron a esas manos que estaban gestionándole muchas cosquillas en sus costados, mientras reía con la pequeña. Allí estaba ella, rodeada de todos los niños que parecían adorarla.

Nadia se sentía como uno de ellos, y la sonrisa se le formó a Kader, cuando vio que tenía el cabello muy bien cuidado, con una cinta que supuso habían tardado tiempo en colocar en su cabello, y un vestido de color crema que hacía resaltar mucho su piel blanca y su cabello rojizo.

«¿Cómo podía haber tanta belleza en una criada como ella?», se preguntó cómo era posible que, dentro de toda esa ternura, y ese rostro llenó de pecas, hiciera que un hombre como él se tambaleara, y su respiración se entrecortara como estaba sucediendo en este mismo instante.

Kader aspiró una bocanada de aire profunda cuando vio que Zaid le dio un beso a Nadia en la punta de la nariz, y como si estuviese galanteando con ella, tomó un pedazo de cabello y comenzó a acariciarlo. Todo su cuerpo se formó en una sola corriente intensa, y sin tener control, sus pies caminaron lentamente para tener una mejor visión de las expresiones de su rostro.

Los ojos de Nadia se achicaron cuando una risa natural salió de su boca, y sus dientes blancos y perfectos, relucieron en su rostro. Su boca sonrosada fue mojada, y vio como sus labios rojos, brillaron ante la luz del sol haciendo que se vieran más llenos.

Estaba a un paso de ir hacia el jardín, y sacar cualquier tipo de excusa para acercarse. Aún tenía impregnado el aroma de su cuello, cuando estuvieron solos en el pasillo y la interceptó antes de que ella se fuera hacia su habitación. El recuerdo de ese olor, tan femenino y tan delicado, lo había vuelto loco, hasta el punto de apretarse así mismo, después de que ella se soltó de su agarre y corrió como si necesitara huir de él.

—Kader… —su pierna se detuvo a la intensión de ir, y giró bruscamente ante la voz de su amiga. O Bushra—. Parece que te levantas muy temprano…

Su ceño se frunció. En el palacio la mayoría se despertaba temprano, era más bien como una costumbre familiar, todos madrugaban, trabajaban y tenían un oficio que hacer, mayormente porque de eso dependía esta nación. Cuando vio que Bushra bostezó y terminó por llegar a su sitió, decidió que debía ser rudo con ella.

—Mmm… levantarse temprano es lo mejor si queremos aprovechar el día…

—No me gusta madrugar, ¿Qué hora es? ¿Las ocho?

«¿Cuánto conocía a Bushra?», ahora ni siquiera lo sabía. No sabía nada de ella, pero el que fuera hija de un conde, la hacía cercana a la monarquía.

—¡Oh! ¿No me digas que son los hijos de la reina?, ¡ella es tan bonita!, —la mujer dio unos pasos más y luego achicó los ojos—. ¿No es ella la dama que estaba junto a la reina anoche?

Kader asintió, pero puso un brazo para que ella no continuara en su camino.

—Lo es…

—¿Es… familia?, ¿una prima lejana?

—No. Ella es una criada. Es la damisela de la reina —Kader no supo por qué le fue necesario expulsar la información con rabia—. ¿No la vez? Se encarga también de los niños y…

—Pero… —interrumpió Bushra—. Parece de la realeza, el vestido que carga es muy costoso, puedo saber la calidad de sus telas, y… y debo reconocer que… es muy hermosa.

Sus ojos se torcieron nuevamente mientras apretó la mandíbula y se giró para observar al jardín junto a su amiga.

—Yo no veo nada en particular, es una criada. Solo que es la favorita de la reina.

La dama estuvo a punto de decir algo, pero la presencia de una importante mujer a sus espaldas, hizo que ella inclinara la cabeza y guardara absoluto silencio.

—Madre… —Saludó el príncipe y Zura sonrió haciendo un asentimiento de mala gana a Bushra, y luego fue a besar las mejillas de Kader.

—Hace un día maravilloso —ella sonrió mirando hacia el jardín como si solo estuviese con su hijo—. Que hermosura de vista ¿Qué, no son los niños más bonitos de todo el reino?

—¡Definitivamente! —dijo Bushra, obteniendo una mirada altiva de Zura, y viendo como Kader trataba de amortiguar una sonrisa.

—Voy a la habitación de mi pequeña Zara, creo que ha tenido un poco de temperatura, y la reina no ha tenido buena noche.

—¿Por qué no decirle a su empleada a que la ayude? —la pregunta de Kader frenó a su madre y ella dio un último vistazo en dirección de Nadia.

—Sabes perfectamente que, si ella está allí con los niños, es por su propio placer, la reina quiere que su dama esté concentrada en su refinamiento, porque si aún no te has enterado, Nadia será presentada a la sociedad en dos semanas en un baile real… imagino que Saravi quiere un buen esposo para ella, así que no te preocupes cariño, tal vez no la vuelvas a ver más en el palacio después de ello… —su madre le puso una mano en su mejilla mientras la palidez acompañó su rostro.

Zura caminó sin despedirse de su amiga, y no dejó rastro de su presencia unos minutos después.

Su respiración estaba muy acelerada para su gusto, y cuando intentó pasar un trago, sintió que su garganta le dejaba en evidencia que la información no le había gustado para nada.

—¿Estás bien? —escuchó la pregunta de Bushra muy aguda, como si estuviese mil metros desde su lugar, y aunque, ya había decidido despedir a su amiga hace unos diez minutos atrás, necesitaba quitarse el malestar que su madre le había inyectado hace unos segundos—. ¡Kader! ¿Qué haces? —la respiración de la dama se aceleró mientras trató de llevarle el paso, el agarre del príncipe se profundizó en su muñeca, halándola para que caminara rápido junto a él.

Necesitaba que Nadia lo odiase con todas sus fuerzas, porque si él iba a ser débil frente a ella en algún momento, debía asegurarse de que no hubiese una posibilidad de ser bien recibido.

Jamás podía permitir rebajarse a admitir, que ella lo volvía loco. Jamás…

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