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Portada de la novela Justicia y Pasión: El Resurgir de Sofía

Justicia y Pasión: El Resurgir de Sofía

La profesora Sofía Morales ve su vida desmoronarse tras un examen agotador. Elena Guzmán, buscando encubrir el bajo rendimiento de su hija, lanza una calumnia de corrupción contra ella. Sofía sufre ataques físicos y el vandalismo de su casa, terminando suspendida y bajo la amenaza de perder su título profesional. Pese a la presión para que dimita en medio de esta cruel cacería de brujas, ella se niega a rendirse y decide luchar por su honor.
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Capítulo 2

El último timbre que anunciaba el fin del examen de ingreso a la universidad sonó, y con él, un suspiro colectivo de alivio llenó los pasillos de la escuela. Para mí, Sofía Morales, maestra de matemáticas de secundaria, significaba el final de meses de arduo trabajo, de noches de desvelo preparando a mis alumnos para este día crucial. Me sentía agotada pero satisfecha, segura de haberles dado las mejores herramientas para triunfar.

Me recosté en mi silla, cerrando los ojos por un momento, disfrutando del silencio que por fin reinaba en mi oficina. Pero la paz duró poco. Mi celular vibró sobre el escritorio. Era el director.

"Sofía, ¿puedes venir a mi oficina, por favor? Es urgente."

Su voz sonaba tensa, extrañamente formal. Un mal presentimiento se instaló en mi estómago. Dejé mis cosas y caminé por los pasillos vacíos, el eco de mis pasos era el único sonido. Al entrar a la dirección, lo vi de pie junto a la ventana, con una expresión sombría.

"Siéntate, Sofía."

Obedecí, mi corazón empezaba a latir con más fuerza.

"Recibí una queja muy seria esta tarde," comenzó, sin mirarme. "Un grupo de padres te está acusando de algo grave."

Me quedé helada.

"¿Qué? ¿De qué me acusan?"

"Dicen que has estado dando clases particulares ilegales," dijo, finalmente volteando a verme. "Y que solicitaste regalos a cambio de favores académicos."

La acusación era tan absurda que por un momento no supe cómo reaccionar. Me reí, una risa nerviosa y hueca.

"Director, eso es ridículo. Usted sabe que jamás haría algo así. Mi ética profesional no me lo permite."

"Lo sé, Sofía, o al menos, quiero creerlo," dijo, suspirando. "Pero la queja es formal. La encabeza la madre de Brenda Guzmán."

Brenda Guzmán. El nombre resonó en mi cabeza y de repente, todo empezó a tener sentido. Recordé la última semana antes del examen. Había identificado varios temas clave, problemas que estaba segura vendrían en la prueba de matemáticas. organicé una sesión de repaso final, gratuita, para todos mis alumnos. Les rogué que asistieran. La mayoría lo hizo. Brenda no.

Me escribió un mensaje esa noche, diciendo que su mamá pensaba que era una pérdida de tiempo, que era mejor que estudiara por su cuenta los temas que ellas consideraban importantes. Le respondí, insistiendo en que los problemas que veríamos eran cruciales. Nunca me contestó. Ricardo, otro de mis alumnos, tampoco asistió, aunque él simplemente no mostró interés.

"Es por el examen, ¿verdad?" le pregunté al director, la incredulidad dando paso a una fría rabia. "Sus hijos probablemente salieron mal y ahora necesitan un chivo expiatorio."

El director se pasó una mano por el cabello, visiblemente incómodo.

"La madre de Brenda afirma que le diste clases privadas a otros alumnos y les pasaste las respuestas, y que como ella no te dio un 'regalo' lo suficientemente bueno, excluiste a su hija."

La injusticia de la acusación me quemaba por dentro. Yo, que me había desvivido por esos chicos, que había sacrificado fines de semana y noches enteras para que tuvieran una oportunidad.

"Eso es una mentira descarada," dije, mi voz temblando de indignación. "Usted tiene los registros, las listas de asistencia. ¡Sabe que la sesión de repaso fue para todos! ¡No hubo clases privadas!"

"Sofía, cálmate," me pidió. "El problema es que no se trata solo de la madre de Brenda. Se le han unido otros padres. Están furiosos. Dicen que sus hijos se quejaron de que el examen estaba lleno de los temas que tú 'predijiste' y que se sienten engañados."

Me sentí atrapada en una pesadilla. Mi lógica, mis pruebas, mi historial impecable no parecían importar. Un grupo de padres frustrados, movidos por el egoísmo y la incapacidad de aceptar la responsabilidad de sus hijos, había decidido destruirme.

"¿Y qué espera que haga?", pregunté, sintiendo una impotencia abrumadora.

"Por ahora, lo mejor es que te tomes unos días," dijo el director, evitando mi mirada. "Deja que las cosas se calmen. No respondas a sus mensajes ni a sus llamadas. Yo intentaré hablar con ellos, hacerlos entrar en razón."

Su tono no me inspiró ninguna confianza. Sonaba más a un hombre que quería evitar un problema que a un líder dispuesto a defender a su personal. Salí de su oficina sintiéndome completamente sola, como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies. La satisfacción de hacía unos minutos se había convertido en miedo y una rabia profunda.

Al llegar a casa, me derrumbé en el sofá. Mi teléfono no paraba de vibrar. Eran notificaciones de un grupo de WhatsApp de padres que ni siquiera sabía que existía. Lo abrí con manos temblorosas. El nombre del grupo era "Justicia para nuestros hijos".

La pantalla estaba inundada de mensajes de la madre de Brenda, acusándome, difamándome, publicando fotos de un modesto regalo de fin de curso que un alumno me había dado el año pasado, presentándolo como prueba de mi "corrupción".

Me di cuenta de que esto no era una simple queja. Era una cacería de brujas. Y yo era la bruja. Sabía que no podía quedarme de brazos cruzados. Tenía que luchar. Por mi nombre, por mi carrera, por la verdad. Aunque en ese momento, no tenía idea de la pesadilla que apenas estaba comenzando.

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