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Portada de la novela Justicia para mi hijo

Justicia para mi hijo

Elena lucha contra la precariedad y la enfermedad del pequeño Leo tras la supuesta muerte de su marido, Mateo. Sin embargo, la verdad sale a la luz: él simuló su desaparición para disfrutar de una fortuna junto a otra mujer, abandonando a su familia a su suerte. Mientras ella se agota trabajando para costear el tratamiento de su hijo, el engaño de Mateo alimenta una sed de venganza. Decidida, Elena buscará justicia contra quien los traicionó.
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Capítulo 2

El olor a cloro y desinfectante barato se le metía en la nariz, un recordatorio constante de su nueva realidad. Sofía estaba de rodillas, con la espalda doblada y los músculos gritando de dolor, mientras frotaba con fuerza las baldosas de un baño que no era el suyo. El sudor le corría por la frente y se mezclaba con las lágrimas silenciosas que no se permitía derramar. Cada movimiento era un esfuerzo, cada día era una batalla.

Hacía casi un año que su esposo, Mateo, un arqueólogo de renombre con un futuro prometedor, había desaparecido. Se fue en una expedición a una jungla remota y nunca regresó. O al menos, esa era la historia oficial. Lo que sí regresó, como una plaga, fue una deuda monstruosa. Una inversión fallida en ese mismo proyecto de excavación, decían los papeles. De la noche a la mañana, Sofía pasó de ser la esposa de un académico respetado a una mujer ahogada en números rojos, con una orden de embargo sobre su casa y el futuro de su hijo pendiendo de un hilo.

Su hijo, Leo. Su pequeño de siete años. La desaparición de Mateo coincidió con el diagnóstico de Leo, una extraña enfermedad autoinmune que debilitaba su cuerpo día a día y que requería un tratamiento carísimo, un cóctel de medicamentos importados que los seguros básicos ni siquiera consideraban.

Así que Sofía luchaba. Por la mañana, usaba sus conocimientos de arqueología para ser guía turística en las ruinas cercanas, sonriendo a los extranjeros mientras su corazón se hacía pedazos. Por la tarde, limpiaba casas. Y por la noche, cuando la desesperación apretaba más, vendía en el mercado negro pequeños hallazgos personales, artefactos que Mateo y ella habían coleccionado en sus buenos tiempos. Eran pedazos de su historia, de su amor, ahora convertidos en billetes arrugados para pagar la siguiente dosis de Leo.

Lo último que le quedaba de valor era un talismán de jade, una reliquia familiar que había pasado de generación en generación. Lo llevaba colgado al cuello, frío contra su piel. Sabía que pronto tendría que venderlo también. La idea le provocaba un dolor sordo en el pecho.

Ese día, consiguió un trabajo extra, una "chamba" que pagaba bien: lavar coches de lujo en una residencia privada. El dinero era para la consulta del especialista de Leo la semana siguiente. Mientras tallaba con una esponja la llanta de una camioneta negra, imponente y brillante, algo dentro del vehículo captó su atención. Estaba en el asiento del copiloto, olvidado.

Era un portarretratos digital.

Normalmente, Sofía nunca miraría. La privacidad de sus clientes era sagrada, una regla no escrita para sobrevivir en ese trabajo. Pero la pantalla se encendió sola, mostrando una secuencia de imágenes. Y en una de ellas, su respiración se detuvo.

Era Mateo.

Su Mateo, sonriendo a la cámara, con un brazo rodeando a una mujer elegante de cabello rubio y gafas de sol de diseñador. No era una foto de trabajo. La forma en que él la miraba, la manera en que la mano de ella descansaba sobre su pecho, hablaba de una intimidad que Sofía conocía muy bien. Detrás de ellos se veía una playa de arena blanca y agua turquesa, un paraíso que ella solo había visto en folletos.

El corazón de Sofía empezó a latir desbocado.

¿Quién era esa mujer? ¿Una colega? ¿Una vieja amiga?

Su mente, programada durante años para confiar en Mateo, para amarlo, buscaba desesperadamente una explicación lógica. Quizás la foto era antigua, de antes de conocerse. Quizás era una inversionista del proyecto, la famosa "Sra. Valdés" de la que Mateo hablaba tanto antes de irse, la mujer que supuestamente también había perdido todo en la fallida excavación. Sí, eso debía ser. Una reunión de negocios en un lugar exótico.

Se obligó a creerlo. Tenía que creerlo. La alternativa era demasiado monstruosa para contemplarla.

Terminó de limpiar la camioneta, con las manos temblando ligeramente. Cobró su dinero y se fue a casa, tratando de borrar la imagen de su mente.

Esa noche, mientras le daba a Leo su medicina, el niño la miró con sus grandes ojos cansados.

"¿Papá va a volver pronto, mamá?"

Sofía sintió un nudo en la garganta. Se inclinó y besó su frente caliente.

"Pronto, mi amor. Él está trabajando muy duro para nosotros."

La mentira le supo a veneno.

Los días siguientes fueron un infierno de trabajo y preocupación. El dolor en su espalda se había vuelto crónico. A veces, al despertar, sentía cada hueso de su cuerpo como si estuvieran rotos. El cansancio era una niebla espesa que la envolvía, haciendo que el mundo pareciera distante y borroso. Pero seguía adelante, impulsada por la imagen de la cara pálida de Leo.

Una semana después, regresó a la misma residencia para otro trabajo. La camioneta negra estaba ahí de nuevo. Sofía intentó no mirarla, concentrarse en el sedán que tenía asignado. Pero era imposible. Era como un imán que atraía sus peores miedos.

Y entonces la vio. La mujer de la foto. Salió de la casa principal, hablando por un teléfono celular que parecía una joya. Llevaba un vestido blanco y sandalias que probablemente costaban más de lo que Sofía ganaba en un mes. Era la personificación de la opulencia, de una vida sin preocupaciones.

Sofía se escondió detrás de una columna, observando. La mujer se acercó a la camioneta negra, abrió la puerta del copiloto y sacó el mismo portarretratos digital. Lo miró por un segundo, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

En ese instante, la duda de Sofía se convirtió en una sospecha fría y pesada. Algo estaba terriblemente mal.

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