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Portada de la novela Juego Suspendido,Contrato Cancelado

Juego Suspendido,Contrato Cancelado

Durante cinco años, creí tener el control sobre el poderoso Alejandro Vargas, hasta que una gala benéfica desató mi ruina. Ante todos, él me traicionó al proponerle matrimonio a su asistente, Camila Rojas, usando una joya de mi familia. Lejos de liberarme, Alejandro intenta forzarme a ser su amante mediante chantajes y engaños orquestados. Sin embargo, no aceptaré su sometimiento. He decidido romper este vínculo perverso para recuperar mi dignidad y mi destino.
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Capítulo 3

La relación que tuve con Alejandro Vargas durante cinco años fue un laberinto de secretos y juegos de poder.

Él tenía una necesidad casi patológica de ceder el control en su vida privada, como una forma de escapar de la presión de ser el CEO de una de las empresas de tecnología más importantes de América Latina.

En la cama, y fuera de ella, yo era la que mandaba.

Yo decidía qué comíamos, a dónde íbamos de vacaciones, incluso qué ropa se ponía.

Él lo llamaba "mi santuario" , y yo lo llamaba "mi jaula de oro" .

Me había acostumbrado a ese poder, a esa dinámica retorcida que nos unía.

Creía, en mi ingenua arrogancia, que al controlarlo en lo íntimo, lo controlaba en todo.

Qué equivocada estaba.

Me había convertido en una experta en sus gustos, en sus miedos, en sus más oscuros fetiches.

Sabía que le gustaba que le hablara con dureza, que le pusiera reglas, que lo castigara cuando no cumplía mis expectativas.

Y él, a cambio, me colmaba de lujos.

Viajes, ropa de diseñador, un departamento espectacular en la zona más exclusiva de San Pedro Garza García.

Pero nunca me dio lo que yo realmente ansiaba: un compromiso real, un lugar legítimo en su vida.

Siempre había una excusa.

"El negocio está en un punto crítico, mi amor."

"Mi familia no lo entendería todavía."

"Danos un poco más de tiempo, Sofía."

Y yo le creí. O quise creerle.

La noche anterior a la gala, mientras estábamos en la cama, después de uno de nuestros rituales, me lo dijo.

Su voz era extrañamente calmada, casi clínica.

"Sofía, voy a casarme."

Me quedé helada.

Mi primer pensamiento fue que era parte del juego, una nueva regla, un nuevo escenario para probar mi reacción.

"¿Con quién?" , pregunté, tratando de mantener mi tono de dueña, aunque sentía un nudo de pánico en el estómago.

"Con Camila" , respondió él, sin mirarme.

El nombre me sonó vagamente familiar. Su asistente. La chica nueva.

"Ya veo" , dije, forzando una calma que no sentía. "¿Y qué papel se supone que juego yo en esta nueva fantasía tuya?"

"Ninguno" , dijo él. "Esto es real. Es un matrimonio de conveniencia, por supuesto. Su familia tiene conexiones políticas que necesito. Pero es necesario."

Me senté en la cama, la seda de las sábanas de repente fría contra mi piel.

"¿Y yo? ¿Dónde quedo yo en todo esto?"

Fue entonces cuando se giró para mirarme, y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes: una fría y absoluta certeza.

"Tú te quedas aquí. Conmigo. Nada tiene que cambiar entre nosotros, Sofía. Ella será mi esposa de cara al público. Tú seguirás siendo mi reina en privado."

La propuesta era tan insultante, tan degradante, que por un momento no pude respirar.

Me estaba pidiendo que aceptara ser su amante oficial, que compartiera al hombre que amaba, que viviera en la sombra de otra mujer.

"No" , dije, mi voz un hilo.

"Piénsalo, Sofía. Tienes todo lo que quieres aquí. ¿A dónde irías? ¿Qué harías sin mí?"

Esa pregunta, esa maldita pregunta, fue la que me mantuvo a su lado durante cinco años.

El miedo a perderlo todo, a volver a la nada de donde había salido.

Pero la humillación en la gala fue la gota que derramó el vaso.

Verlo poner el collar de mi abuela en el cuello de Camila no fue solo una traición.

Fue un acto de profanación.

Estaba usando mi pasado, mi herencia, para legitimar a mi reemplazo.

Me había convertido en un simple objeto, en un juguete que se había vuelto aburrido y que ahora estaba siendo reemplazado por un modelo más nuevo.

Cuando salí de la gala, con el corazón hecho pedazos y la dignidad por los suelos, mi mejor amiga, Elena, ya me estaba esperando afuera.

Me vio y corrió a abrazarme.

No dijo nada. No necesitaba hacerlo.

Simplemente me sostuvo mientras yo me desmoronaba en sus brazos, llorando no solo por el hombre que había perdido, sino por la mujer en la que me había convertido.

Una mujer que había cambiado su autoestima por una ilusión de control.

Esa noche, en el departamento de Elena, con una botella de tequila a medio vaciar entre nosotras, tomé una decisión.

No iba a ser la víctima.

No iba a dejar que Alejandro Vargas me borrara de su vida como si yo nunca hubiera existido.

Iba a luchar.

No por él. Nunca más por él.

Sino por mí.

Justo cuando empezaba a sentir un atisbo de fortaleza, mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de Alejandro.

"Sé que estás enfadada. Tómate unos días. Cuando se te pase el berrinche, hablamos. La oferta sigue en pie. No seas tonta, Sofía. Sabes que no tienes otra opción."

Leí el mensaje una y otra vez, y la tristeza se convirtió en una furia helada.

"¿La oferta sigue en pie?" , le dije a Elena, mostrándole el teléfono.

Elena leyó el mensaje y su expresión se endureció.

"Este tipo es un psicópata."

"Cree que no tengo a dónde ir" , dije, con una risa que sonaba más a un sollozo. "Cree que soy tan dependiente de él que aceptaré cualquier migaja que me lance."

Agarré el teléfono y escribí una respuesta, mis dedos temblando de rabia.

"Alejandro, para que te quede claro. No solo se acabó el acuerdo. Se acabó todo. Y quiero que me devuelvas el collar de mi abuela. No te pertenece."

Envié el mensaje y apagué el teléfono.

"¿Crees que te lo devolverá?" , preguntó Elena.

"No" , respondí, mirando el tequila en mi vaso. "Pero no se trata del collar. Se trata de demostrarle que ya no tiene ningún poder sobre mí."

"¿Y qué vas a hacer ahora?" , preguntó ella, su voz suave.

Tomé un largo trago de tequila, sintiendo el ardor en mi garganta.

"Voy a hacer lo que debí haber hecho hace mucho tiempo" , dije, mirándola a los ojos. "Voy a recuperar mi nombre. Mi carrera. Mi vida. Y voy a construir un imperio tan grande que Alejandro Vargas parezca un simple comerciante de pueblo a mi lado."

Elena sonrió, una sonrisa genuina y llena de orgullo.

"Esa es la Sofía que yo conozco. ¿Por dónde empezamos?"

"Por sacar todas mis cosas de su casa" , dije, con una nueva determinación en mi voz. "Mañana mismo. No quiero dejar ni un solo rastro de mi existencia en ese lugar."

Esa noche, por primera vez en cinco años, no soñé con Alejandro.

Soñé con bocetos, con telas, con pasarelas.

Soñé con mi futuro.

Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo.

Sentí esperanza.

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