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Portada de la novela Juego de Reyes

Juego de Reyes

Un súbdito fiel entrega a su monarca un análisis detallado sobre las debilidades de sus oponentes. El reporte inicial indica que, pese a la resistencia de ciertos blancos, todos pueden ser sometidos si se manipulan sus anhelos más profundos. Con espías ya posicionados en territorio hostil, la estrategia de expansión progresa con firmeza. La premisa es clara: conocer el deseo del enemigo es la clave para controlarlo y asegurar la victoria final.
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Capítulo 2

Estaba oscuro, la luz de la luna apenas entraba por las rendijas de las ventanas; iluminando por momentos aquel circulo de transmutación. El silencio reinaba en aquel cuarto, apenas desafiado por el correr de la sangre en las manos de aquella mujer. Su piel estaba expuesta, le había tomado tiempo desvestirse. Orgullo. Ese sentimiento que tanto carcome a los elfos al fin estaba mellando la voluntad de aquella mujer de orejas largas, pero no podía dudar, ya faltaba poco y deshacer ese sello le tomaría demasiado tiempo. Dudó. Por unos instantes dudó, pero se reafirmó a si misma tirando la daga a un lado y apretando los puños, si aquella leyenda era cierta o no, ella seria quien lo probaría. Cerro los ojos, momento en el que un cantico fue pronunciado:

—Y he aquí que salió otro caballo, rojo; y al que estaba sobre él se le dio el poder de quitar la paz de la tierra y de hacer que los hombres se corten la garganta entre ellos; y se le dio una gran espada.

La elfa no se movió, si aquella entidad había acudido entonces debería ser bastante certera, un fallo en esa situación seria fatal. Inmóvil olfateo el entorno encontrándose con un aroma repulsivo. Sus tripas se retorcieron, su boca comenzó a salivar, cayo de rodillas, aguantando con todas sus fuerzas para no vomitar. El hedor a muerte la había inundado. Sangre, oxido, humedad y carne podrida era el olor de aquel lugar.

—Apestas a muerte espectro —, comentó la elfa mientras se ponía en pie, mirando con recelo a aquella sombra.

—¿A qué más puede apestar la guerra?, elfa.

La sombra comenzó a avanzar buscando salir del circulo, solo llego al borde exterior. Una especie de barrera le cerró el paso, a pocos metros de la mujer.

—Hmh… Hacía tiempo no me daban una bienvenida tan… controlada… Un conjuro de convocación, tres ritos de inmovilización arcanos, cuatro maldiciones de embelesamiento, un hechizo de atadura… Unos veinticuatro hechizos aproximadamente.

—Haz hecho los deberes —comento la elfa mientras reposaba su mano derecha en su cadera mientras la izquierda colgaba del aire, relajada.

—¿Quién eres elfa? —pregunto curiosa la sombra.

—Sylvanas Cantosombrío, tu nueva señora —contesto arrogante, bajando la mirada mientras cerraba los ojos.

—Interesante, así que una pequeña elfa del bosque se cree el adalid del caos. No estaría mal ver de qué vas muchacha —comentó aquel ser mientras sonreía, clavando el dorado pálido de sus ojos en su invocadora.

—¿Qué estas insinuando fantasma? —respondió Sylvanas, devolviéndole la mirada mientras el verde de sus ojos brillaba por momentos.

—Que por ahora te seguiré el juego.

Diciendo esto el círculo de transmutación desapareció, la barrera se requebrajo y las sombras se disiparon, junto al hedor a muerte que emanaba de aquella entidad. Sylvanas solo sonrió a la figura frente a ella, deleitando sus ojos con el cuerpo desnudo aquel hombre, hasta que las sombras nuevamente le cubrieron, vistiéndolo con la misma armadura que la de los caballeros de Carthus. Sylvanas también se vistió: unos pantalones y botas altas ceñidos al cuerpo en conjunto con una coraza que apenas dejaba expuesta solo la parte superior de su busto hasta el cuello, dándole libertad a sus brazos protegidos en guanteletes y hombreras, contrastando ese pardo oscuro con el rubio de su larga cabellera y el grisáceo de su piel.

—Menos mal que os habéis aprendido a vestir… —comento desinteresado el caballero.

—¿Y tú piensas ir con eso?, serás el centro de atención en cualquier sitio.

—Créeme, preferirás mil veces que me tomen por un prisionero de guerra o un esclavo, antes que descubran tu carta del triunfo.

—Cierto, pero tampoco nos conviene que intenten cortarte la cabeza en cada poblado.

—No puedo hacer mucho por eso, a menos que quieras que vaya desnudo.

—Mejor cuida ese cuerpecito, me hará falta más adelante —comento Sylvanas mientras colocaba un carcaj a su espalda y tomaba su arco —, por ahora tendremos que ir así; necesitaras un nombre, no quiero ir dando rodeos en los poblados.

—Kaldar… —contesto, colocando su espadón en la espalda y la daga en su cinturón — ¿A dónde vamos entonces?

—Hacia el oeste, hasta la frontera con Argos —contesto Sylvanas, señalando las localizaciones según las mencionaba, en un viejo mapa colgado en la pared.

—Bien, entonces vámonos que hay bastante que caminar.

Kaldar no espero a Sylvanas, saliendo de la habitación con paso ligero. El exterior de la fortaleza hizo bajar la cabeza por un momento al caballero y casi como una plegaria llevar su puño izquierdo al pecho justo antes de que su compañera saliera. La caminata se les hizo eterna desde ese punto, no había nada para orientarse, solo las montañas de fondo y la fortaleza a sus espaldas que aun pareciendo cercana, ya hacía varias horas que la habían dejado atrás; el resto no era más que un extenso y árido yermo. A la llegada del alba, algunas construcciones estaban al alcance de sus ojos, Silva; el mayor centro de comercio en toda la comarca de Carthus y no era para menos, el bullicio interior opacaba el silencio del desierto con sus ofertas, apuestas o simplemente las risas de aquellos que se relajaban en el alcohol. Kaldar no tuvo mayores complicaciones al entrar, ver a alguien vestido como los caballeros lobo era algo habitual, por otro lado, Sylvanas levanto la capucha de su capote escondiendo sus orejas.

—¿Hacemos turismo, o hay algo aquí como para que tuviéramos que cambiar de rumbo? —pregunto Kaldar.

—Negocios, tengo unos asuntos pendientes.

—Disculpe, señor, señorita; bienvenidos a Oasis.

El recepcionista interrumpió a la pareja con un saludo amigable, señalando a su vez una mesa para dos cercana las ventanas.

—Gracias, pero.

—Arnor, ve a la mesa 4, la señorita tiene una cita fijada en el reservado —interrumpió uno de los meceros.

—Enseguida jefe.

A diferencia del exterior: una barra, varias mesas y una terraza; el reservado era poco más que un conjunto de mesas adornadas en telas color vino sin más luz que la de varios faroles luciérnaga adornados en vitrales rojos. Apartado y solitario un hombre esperaba a Sylvanas, tenía una sonrisa suave, como si supiera algo, su izquierda recaía en su pierna y su derecha sobre la mesa. Sylvanas no tardó mucho en reconocerlo y se sentó frente a él.

—¡Sylvanas, mi amiga!, ¿has conseguido lo que buscabas?

—Estoy en ello Rubik.

—Con esta son cuatro veces me dices lo mismo. Mírame cielo, ¿crees qué tengo cara de imbécil? —dijo mientras bajaba el pañuelo que cubría su rostro, destapando una cicatriz que lo atravesaba en diagonal, remarcando su piel morena —. Vamos mujer eres más lista, ¿Quién es ese, tu amante, con el que te estas gastando mi dinero? —pregunto entre risas —. Sabes que la última vez que vi a un gilipollas vestido así, lo volví un colador —, completo tras ponerse de pie, mirando con cierta sonrisa a Kaldar.

Un silbido recorrió la sala en unos segundos, deteniéndose al mismo tiempo que la daga se detenía a pocos centímetros de la carótida derecha de Rubik, mientras el mismo apuntaba una mini ballesta repetidora al vientre de Kaldar.

—Esto no es contigo, no me hagas hacer un escándalo, relájate.

Kaldar devolvió la daga a su sitio, mientras Rubik guardaba su ballesta.

—¿Podemos volver a lo que nos ocupa Rubik?

—Cierto, ¿por qué no volvemos a la parte en la que me pagas?

—¿A cuánto asciende?

—Quinientos mil más los intereses, un millón de monedas oro; para ser exacto.

—Muy bien, Kaldar, déjale tu armadura y tus armas.

Una fuerte carcajada salió de Rubik al ver a Kaldar dejar tanto sus armas como armadura a un lado, quedando completamente desnudo.

—Anda, esto sí que es nuevo; creo que pagas los intereses con esto.

—Espero sea suficiente por ahora.

—No, no lo es, por eso quiero que me esperes un rato aquí y aprovecha para hablar con tu marido, parece que tiene algo importante que decirte.

Rubik trono sus dedos, momento en el que las armas y armadura comenzaron a flotar, siguiéndole fuera de la habitación.

—Tienes alma de monarca Sylvanas —nombro Kaldar reposando su mano izquierda en el hombro de la elfa.

—¿Cómo debo de tomar eso?

—Por ahora como un halago, pero harías bien en recordar como caen los monarcas.

—¿Y por qué esa sonrisita fantasma, piensas reclamar tu armadura? ¿tengo que recordarte tu lugar perro?

Kaldar solo sonrió, alejándose de Sylvanas tras ver la puerta abrirse. Rubik parecía distinto, ya no vestía de tela, sino un amplio manto negro sobre un uniforme azulado del cual sobresalía un cetro ajustado al cinturón.

—Disculpen la tardanza, tuve que buscar algunas cosas.

—Bien, así terminaremos pronto, ¿Qué quieres?

—Nada importante, voy a acompañarlos.

Kaldar sonrió por unos instantes, mientras Sylvana luchaba por no perder la compostura.

—¿Qué pretendes?

—Por ahora solo cobrar lo que me debes y de paso me digas quien es este tipo.

—Él es mi familiar Rubik.

—Mentirosa. Esos tatuajes en rojo sangre son más viejos que los trolls, ¿quieres que me crea que una elfa sin conocimiento de magia ritual haya convocado algo así?

Kaldar sonrió una vez más, disfrutando aquella discusión.

—Eso depende de si quieres hacerlo o no, yo sé lo que hice; Kaldar es mi familiar —exclamó la elfa.

—Ya veo —respondió Rubik al ver la sonrisa de Kaldar dirigida a Sylvanas, como una serpiente mirando desde arriba —, más razones para ir contigo, ya va siendo hora de que digas que pretendes.

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