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Portada de la novela Jaque al rey: El regreso

Jaque al rey: El regreso

Traicionado por su esposa y su mejor amigo, Damián Cruz desapareció en la miseria. Cinco años después, resurge como el influyente Dante Blackwood con un único objetivo: la venganza. Para destruir a sus enemigos, decide manipular a Elena Rivas, la asistente de su rival, convirtiéndola en una pieza clave de su plan. No obstante, el frío cálculo se desmorona cuando surge un amor real que lo obligará a elegir entre su revancha o el bienestar de Elena.
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Capítulo 3

El silencio dentro de la limusina era más denso que el aire frío de la noche de Nueva York.

Elena se mantuvo pegada a la puerta, con las manos apretadas sobre su regazo, tratando de hacerse lo más pequeña posible en el asiento de cuero negro. Frente a ella, Dante Blackwood revisaba algo en su teléfono con el ceño fruncido, iluminado intermitentemente por las luces de neón de la ciudad que pasaban a toda velocidad.

No había dicho una palabra desde que salieron del hotel. Ni un "gracias", ni una indicación de a dónde iban. Simplemente la había metido en el coche como si fuera una pieza de equipaje costosa que acababa de adquirir en una subasta.

Elena aprovechó la oscuridad para observarlo. De perfil, su rostro era aún más duro. La barba ocultaba su mandíbula, pero se notaba la tensión en los músculos de su cuello. Había algo en él que le resultaba inquietantemente contradictorio: vestía como un príncipe, hablaba como un verdugo y miraba como un hombre que ha visto el infierno y ha decidido comprarlo.

-Si sigues mirándome así, voy a empezar a cobrarte -dijo él, sin apartar la vista de la pantalla.

Elena dio un respingo y apartó la mirada hacia la ventana, sintiendo el calor subir a sus mejillas.

-No sabía que los multimillonarios tuvieran visión periférica -murmuró ella, casi para sí misma.

-Tengo visión para todo lo que me pertenece. Y ahora tú estás en esa lista.

El coche giró bruscamente, alejándose de la zona financiera y adentrándose hacia el Upper East Side. Elena reconoció la ruta. No iban a las oficinas de Vanguard Tech.

-No vamos a la oficina -dijo ella, con un tono de alerta.

Dante bloqueó el teléfono y, por primera vez, la miró directamente. En la penumbra, sus ojos parecían pozos de petróleo.

-Las oficinas de Vanguard están llenas de micrófonos, incompetentes y el perfume barato de tu antigua jefa. No puedo pensar allí. Vamos a mi base operativa.

-¿Su casa? -Elena sintió un nudo en el estómago. Había escuchado historias sobre hombres como él. Hombres que creían que comprar el tiempo de una asistente incluía derechos sobre su cuerpo.

Dante soltó una risa seca, carente de humor.

-No te hagas ilusiones, Elena. No eres mi tipo. Y no mezclo negocios con... distracciones. Vamos a trabajar. A menos que prefieras que te deje en la acera y vuelvas corriendo con Claudio a explicarle por qué fracasaste en tu primera hora de trabajo.

La mención de Claudio fue como un balde de agua fría. Elena enderezó la espalda.

-No voy a volver. Hago mi trabajo, señor Blackwood. Solo preguntaba.

-Bien. Deja de preguntar y empieza a prepararte. Quiero saberlo todo.

El coche se detuvo frente a un edificio residencial ultramoderno de cristal y acero. El portero abrió la puerta antes de que el chófer pudiera moverse. Dante salió disparado hacia el vestíbulo sin esperarla. Elena tuvo que trotar con sus tacones doloridos para alcanzarlo en el ascensor privado.

El ático era impresionante, pero frío. Minimalista hasta el extremo. Muros de hormigón pulido, muebles de diseño italiano que parecían incómodos y una vista de Manhattan que costaba millones. No había fotos, ni plantas, ni un solo rastro de vida personal. Era la casa de un fantasma.

Dante se quitó la chaqueta del esmoquin y la lanzó sobre un sofá, aflojándose la pajarita con un gesto brusco. Caminó hacia una barra de bar iluminada y se sirvió un whisky doble sin ofrecerle nada.

-Siéntate -ordenó, señalando una mesa de cristal llena de carpetas-. Tienes diez minutos para convencerme de que no cometí un error al sacarte de esa fiesta.

Elena se sentó, dejando su bolso en el suelo. Le dolían los pies, le dolía la cabeza y estaba aterrorizada, pero su orgullo la mantenía erguida.

-¿Qué quiere saber? -preguntó.

Dante se giró, con el vaso en la mano. Se apoyó en el borde de su escritorio, mirándola desde arriba.

-No quiero los informes oficiales. Esos ya los tengo y sé que son basura. Quiero lo que no está en los libros. Quiero saber dónde esconde Claudio el dinero. Quiero saber quiénes son los socios silenciosos. Y quiero saber por qué una mujer inteligente como tú ha desperdiciado cinco años sirviendo café a un imbécil que ni siquiera sabe pronunciar tu apellido correctamente.

Elena tragó saliva. Esa era la línea roja. Si hablaba, violaba su contrato de confidencialidad. Si Claudio se enteraba, la demandaría y la dejaría en la calle.

-Tengo un acuerdo de confidencialidad, señor Blackwood -dijo ella con voz firme-. Si le doy esa información, me expongo a acciones legales.

Dante dio un paso hacia ella. La atmósfera en la habitación cambió, volviéndose eléctrica.

-¿Te preocupa la legalidad? -preguntó suavemente, inclinándose hacia su rostro hasta que Elena pudo oler el whisky y el tabaco en su aliento-. Claudio Vega ha estado desviando fondos de pensiones de los empleados para pagar sus deudas de juego en Las Vegas. Ha falsificado las pruebas de calidad del software Vanguard 4.0. Si hablas de legalidad, tu jefe debería estar en una celda, no en una gala.

Elena abrió los ojos desmesuradamente. ¿Cómo sabía él todo eso? Esos eran secretos que solo ella y Claudio conocían.

-Veo que no lo niegas -dijo Dante, satisfecho por su reacción. Se alejó y tomó un sorbo de su bebida-. No necesito que me des la información para descubrirla, Elena. Ya la tengo casi toda. Necesito que tú me la confirmes para ver de qué lado estás.

-¿Por qué? -preguntó ella, confundida-. Si ya lo sabe, ¿para qué me necesita?

-Porque necesito un testigo interno. Alguien que sepa dónde están los cuerpos enterrados físicamente. Y porque necesito saber si eres leal a la corrupción o a la verdad.

Elena miró sus manos. La verdad. Hacía mucho tiempo que la verdad no pagaba sus cuentas.

-Si le ayudo... Claudio me destruirá. Tiene abogados. Tiene influencias.

-Claudio es un cadáver caminando, solo que aún no lo sabe -Dante dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco-. Yo soy el dueño de la hipoteca de su casa, de sus préstamos personales y, desde esta noche, del 51% de su empresa. Claudio no puede tocarte sin mi permiso.

Dante rodeó la mesa y se detuvo detrás de la silla de Elena. Ella sintió el calor de su cuerpo cerca de su espalda, una presencia abrumadora que le erizó la piel de la nuca.

-Dime, Elena -susurró él cerca de su oído-. ¿Por qué te quedaste? Vi cómo te miraba. Vi cómo te hablaba esa arpía de su esposa. Eres brillante, rápida y tienes más clase en un dedo que ellos en todo el cuerpo. ¿Por qué soportar la humillación? ¿Es por dinero? ¿Amor? ¿Miedo?

Elena cerró los ojos, luchando contra las lágrimas de frustración. Odiaba ser vulnerable frente a este desconocido.

-Seguro médico -susurró ella.

Dante se quedó inmóvil.

-¿Qué?

Elena se giró en la silla para mirarlo a la cara. La vergüenza dio paso a la rabia.

-Mi madre tiene insuficiencia renal crónica. Necesita diálisis tres veces por semana y está en lista de espera para un trasplante. El seguro médico corporativo de Vanguard es uno de los pocos que cubre su tratamiento al 100% sin copagos. Claudio lo sabe. Sabe que no puedo renunciar porque si pierdo la cobertura un solo mes, mi madre muere. Por eso me paga una miseria, por eso me grita, por eso aguanto. Porque él tiene la vida de mi madre en su bolsillo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Dante la miró, y por un segundo, la máscara de hielo se resquebrajó. Elena vio algo parecido al dolor cruzar sus ojos oscuros, un destello de reconocimiento. Dante sabía lo que era hacer cualquier cosa por alguien que amabas. Sabía lo que era ser rehén de un villano.

Él se apartó bruscamente, como si la cercanía le quemara, y caminó hacia la ventana, dándole la espalda. Miró la ciudad a sus pies, apretando los puños.

«Es igual que yo», pensó Dante. «Atrapada. Sacrificándose. Y Claudio está usando a su madre como usó mi confianza». La furia que sentía hacia su ex mejor amigo se multiplicó, pero también surgió algo nuevo: una necesidad protectora hacia la mujer sentada en su mesa. Una necesidad que no podía permitirse.

-Escribe una cifra -dijo Dante sin girarse.

-¿Cómo?

-Escribe una cifra en ese papel. Tu salario actual.

Elena tomó un bolígrafo, temblando, y escribió la cifra anual. Era ridículamente baja para Nueva York.

Dante se giró, tomó el papel, lo miró y soltó un bufido de desprecio. Rompió el papel en dos pedazos y los dejó caer al suelo.

-A partir de mañana, tu salario se triplica.

Elena se quedó boquiabierta.

-Señor Blackwood... yo no...

-No he terminado. -Dante sacó su teléfono y marcó un número rápido-. Blackwood Holdings tiene el mejor seguro médico privado del país. Cubre trasplantes, tratamientos experimentales y cuidados domiciliarios. Tu madre será transferida a mi póliza personal mañana a primera hora. Los mejores especialistas del Monte Sinaí se ocuparán de ella. Claudio ya no tiene el control sobre su vida.

Elena se levantó de la silla, sintiendo que las piernas le fallaban. No podía ser real. Era demasiado bueno, demasiado rápido.

-¿A cambio de qué? -preguntó, con la voz quebrada-. Nadie da nada gratis, señor Blackwood. ¿Qué quiere de mí?

Dante se acercó a ella. Esta vez no invadió su espacio para intimidarla, sino para sellar un pacto. La miró a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento.

-Quiero tu lealtad absoluta. No a la empresa, no a un contrato. A mí. -Su voz bajó, volviéndose ronca-. Quiero que seas mis ojos y mis oídos. Quiero que cuando Claudio intente conspirar contra mí, tú me lo digas antes de que él termine la frase. Quiero que me ayudes a desmantelar su vida pieza por pieza, sabiendo que él fue quien te puso las cadenas.

Levantó una mano y, con un gesto casi involuntario, rozó un mechón de cabello que se había soltado del peinado de Elena. Su toque fue eléctrico, enviando una corriente de calor a través del cuerpo de ella.

-Te estoy ofreciendo la espada, Elena -susurró Dante-. Tú decides si quieres usarla para cortar tus cadenas y clavársela al hombre que te ha estado torturando durante cinco años. ¿Tenemos un trato?

Elena miró al hombre frente a ella. Era peligroso. Oscuro. Probablemente estaba roto por dentro. Pero en ese momento, ofreciéndole la salvación de su madre a cambio de su venganza, le pareció un ángel vengador.

Pensó en las risas de Sofía. Pensó en las amenazas veladas de Claudio. Pensó en su madre conectada a una máquina, preocupada por las facturas.

La duda desapareció.

-Sí -dijo Elena, y su voz sonó fuerte, segura-. Tenemos un trato. ¿Por dónde empezamos?

Dante sonrió. Esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos, y por un instante, Elena vio al hombre que quizás había sido antes de que el mundo lo rompiera. Era una sonrisa devastadoramente atractiva.

-Empezamos por el principio -dijo Dante, caminando hacia el bar de nuevo-. Sírveme otro trago, Elena. Vamos a trabajar toda la noche. Mañana por la mañana, cuando entremos en esa oficina, Claudio Vega va a saber que su reinado ha terminado.

Elena se quitó los tacones, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies, y caminó hacia la barra. Por primera vez en cinco años, no se sentía como una sirvienta. Se sentía como una cómplice.

Y mientras Dante Blackwood le explicaba el plan de batalla bajo la luz de la luna de Manhattan, Elena supo que su vida acababa de cambiar para siempre. Lo que no sabía era que, al aceptar destruir a Claudio, también estaba poniendo su corazón en la línea de fuego del hombre más peligroso de la ciudad.

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