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Portada de la novela INSPIRACIÓN

INSPIRACIÓN

Durante el caos de la Revolución Mexicana, la impulsiva Inspiración Moró se enamora de un peón de firmes principios. En medio del conflicto armado, la joven lucha por salvaguardar el patrimonio y el honor de su linaje frente a un futuro sombrío. Aunque intenta reprimir su pasión, termina sumida en un dilema sentimental desgarrador. La realidad le mostrará que el amor no asegura la felicidad y que el sacrificio personal puede ser la única vía, marcándola para siempre.
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Capítulo 3

CAPÍTULO 3

Mientras tanto a la hacienda Los Moró, llegó Arnulfo Legorreta con sus pistoleros. Iba dispuesto a cobrar la deuda que don Jacobo había adquirido con él gracias a Úrsulo Jaquez, que pidió dinero falsificando su nombre y firma en unos pagarés. Rosalidia al ver llegar a los hombres armados, puso sobre aviso al viejo en su despacho. Don Jacobo ordenó a la mujer ir a encontrar a Octaviano al camino, y evitar que trajera a su sobrina a la casa. Por lo mismo, le dio algo de dinero a Rosalidia como liquidación de ambos y otra fuerte suma para su sobrina. Terminó pidiéndole a la mujer huir con su pequeño hijo Mariano, y que evitara ser vista por esos hombres. Después de un rato, Arnulfo entrando como dueño y señor fue directo al despacho de Jacobo.

—Vengo por mi dinero viejo Moró.

—Ya le había dicho que no cuento con esa cantidad.

— Ese no es mi problema Jacobo. No pienso irme sin mis 40 000 pesos. Así que vende algunas de tus tierras...  

—Ahorita nadie está comprando con la supuesta guerra que se viene...

— Pues estás de suerte... Yo bien podría aceptar las tierras que colindan con tu otra hacienda El Pénjamo, en pago.

—Esas tierras valen casi los 400 000 pesos... Eso sería como regalártelas.

—Mira Jacobo no tienes opción... —dijo Arnulfo poniendo su pistola sobre el escritorio del hombre.

Justo cuando Octaviano estaba por dejar el pueblo, se detuvo. Rosalidia a caballo y con su hijo en brazos, le salió al paso revelándole a su esposo las órdenes de don Jacobo.

—¿Por qué nos detenemos? — dijo Inspiración asomándose por la ventanilla de la carreta —. Me voy a congelar oiga.

Tanto Octaviano como Rosalidia guardaron silencio.

—¿Quién es esta... mujer Octavio? — preguntó la joven sintiéndole casi en automático cierta rivalidad a Rosalidia.

—Discúlpeme señorita. Vamos a tener que regresar a Cuatro caminos —respondió Octaviano —. Debo llevar a mi esposa Rosalidia y a mi hijo a casa de su madre. Es de vida o muerte.

Cuando Octaviano iba a subir con él a Rosalidia, Inspiración le propuso que fuera dentro junto a ella, ya que el frío no daba tregua a nadie. El hombre se sintió incómodo y se quiso oponer, pero la joven insistió.

Ya al ir las dos mujeres en la carreta, Inspiración trató de controlarse.

—Disculpe que la incomode señorita — dijo Rosalidia —, pero debo decirle algo.

—¿De qué se trata?

La mujer le reveló lo que sucedía en la hacienda. Así como la orden de don Jacobo para que Octaviano no la llevara a la casa. Pero Rosalidia no le comentó sobre el dinero que su tío le había enviado; ya que pensaba que el viejo moriría a manos de Arnulfo y ella se quedaría con el dinero. Así mismo quería que ella evitara a toda costa que Octaviano fuera a la hacienda.

—Si me lo matan ¿qué voy a hacer yo sola con nuestro hijito?

— No se preocupe Rosalidia... Octavio no irá a la hacienda. Iré yo sola.

Llegando a la casa de los padres de Rosalidia, ésta se quedó allí junto a su pequeño hijo.

—Usted también se quedara aquí señorita. Don Jacobo me la encargó. Yo iré a buscar al señor. Tengo que ver en que puedo ayudarlo.

—No señor. Usted es quien se va a quedar. Su esposa y su hijo lo necesitan.

Luego la mujer echó a andar con su maleta. Pero Octaviano fue tras ella.

—Usted es lo más preciado para su tío. No voy a dejarla ir.

— Sepa que no me va a poder detener Octavio.

— Ya me lo había advertido don Jacobo, que usted era demasiado terca pero se quedó corto palabra.

Inspiración lo ignoró y continuó caminando. Entonces Octaviano fue y habló con su esposa. No podía permitir que la joven fuera sola a ese lugar. Pero Rosalidia molesta también le iba impedir a él acompañarla.

— Si te largas con ella... ¡Será mejor que te olvides de mí y de Mariano!

— ¡Ellos me necesitan mujer...!

— ¡Tu hijo y yo también te necesitamos!

— ¡Pero ustedes están a salvo y ellos no!

— ¡No vas a ir Octaviano...!

— En cuanto vea que ellos están seguros regresaré... Toma— dijo entregándole unas monedas—. No es mucho pero les alcanzará mientras vuelvo.

La mujer tomando el dinero y guardándolo en su sostén, se dio la media vuelta.

Justo cuando Inspiración llegó al camino que iba a la hacienda, Octaviano la alcanzó en su caballo.

— De esta manera no llegará nunca señorita —dijo bajándose del animal.

—No necesito que me ayude usted... Vuelva con su familia. Ande —dijo molesta.

—¿Por qué está tan enmuinada conmigo?

—¡Porqué quiero...!

—Esa no es una respuesta... Venga la llevaré en mi caballo.

—¡No! — dijo ella y continuó caminando—. ¡No quiero nada de usted!

— Pues así molesta y todo y aunque no quiera la voy a cuidar, y la voy a acompañar.

— ¿Pero que no entiende...? ¡Aléjese de mí! ¡Qué no ve que no lo soporto!

— Yo tampoco a usted, así que estamos a mano. Y más le vale que suba al caballo.

— ¿Y la carreta? ¿Dónde la dejó? ¡Ese carruaje debe ser de mi tío! Se lo quiere quedar ¿verdad? No si luego luego a hacer leña del árbol caído...

—No podemos ir en la carreta, llamaríamos la atención... Suba ya — dijo el hombre subiendo al caballo para luego extenderle su mano—. Venga.

— ¡No quiero que me ayude! ¡Y deje de mirarme así...!

—¡Ah chirrión! ¿Pos así como?

—Pues así como si...

—¿Como si qué?

—Como si yo le gustara... Usted es ca—sa—do. Y tampoco me hable con tanta autoridad.

— ¿Qué dice?

— No quiero que la gente piense que usted y yo pues tenemos algo.

— Ya veo porque no deja que le ayude. Ya sé que es lo que le molesta tanto de mí. Es sólo porque se enteró que soy... casado ¿no?

— ¡No me haga reír! ¡Sépase que su vida no me importa ni tantitito así y...!

— ¡Deje de comportarse como una niña berrinchuda! — gritó Octaviano —. Si la ayudo no es por usted, téngalo por seguro... Le prometí a don Jacobo cuidarla.

Entonces Inspiración resignada subió a las ancas del animal.

— Yo en caballo... y con este clima...

—¡Y agárreme fuerte! — dijo Octaviano sujetando con una mano la rienda, y con la otra las dos manos de la joven, que lo rodeaban por su cintura.

Al estar tan cerca, a ambos les agradó la sensación de sentir el cuerpo del otro. Mientras él dirigía al caballo, ella lo observaba discretamente; y fue allí mismo que en su estómago una sensación extraña comenzó a revolotear. Y él por su parte, al sentir las manos de ella aferradas a él, sonrió y las apretó cálidamente contra su pecho.

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