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Portada de la novela Infierno de Amor Perdido

Infierno de Amor Perdido

Tras la quiebra de los Alcocer, Elena debe sacrificarse para proteger el patrimonio de su madre. La joven acepta un pacto despiadado: casarse con Damián Montenegro, el mayor rival de su progenitor. Movido por la sed de venganza, Damián la somete a humillaciones constantes, tratándola como a una empleada. Mientras sufre el desprecio de su marido y el abandono de su familia, Elena oculta una leucemia terminal, decidida a resistir hasta su último aliento.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, el sol entraba por la pequeña ventana de mi cuarto, pero no traía calor. Me puse el uniforme que me habían dejado sobre una silla, una falda gris y una blusa blanca, sencillas y ásperas. Era el uniforme de las sirvientas. Me sentía despojada de todo, incluso de mi nombre. Ya no era Elena Alcocer, ni siquiera Elena Montenegro. Era una sombra en una casa que no era mía.

Bajé las escaleras hacia la cocina. El personal de la casa me miraba con una mezcla de curiosidad y desprecio. La jefa de servicio, una mujer mayor llamada Martha, me recibió con una mirada dura. No había compasión en sus ojos.

"El señor ha dado órdenes estrictas", dijo, su voz cortante. "No tendrás privilegios. Tu primer trabajo es limpiar los baños del ala de invitados. Todos. Y quiero verlos relucientes".

Me entregó un balde con cepillos y productos de limpieza. El olor a cloro me mareó. Asentí en silencio y me dirigí a mi tarea. Los baños eran enormes, de mármol y con grifos dorados. Cada uno era más grande que mi dormitorio. Me arrodillé en el suelo frío, el olor de los químicos me revolvía el estómago, y empecé a fregar. El trabajo era agotador, humillante. Mis manos, acostumbradas a sostener pinceles y libros, se enrojecieron y dolieron.

Horas después, cuando terminaba el último baño, Damián apareció en la puerta. Estaba vestido con un traje impecable, listo para ir a su oficina. Me miró desde arriba, yo en el suelo, sucia y sudada. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

"Vaya, vaya. Parece que este es tu lugar natural, después de todo. De rodillas", dijo, su voz cargada de desprecio.

No respondí. Solo seguí fregando, ignorándolo. Mi silencio pareció enfurecerlo más. Se acercó y deliberadamente derramó el café que llevaba en la mano sobre el mármol recién limpiado.

"Ups. Qué torpe soy", dijo con falsa inocencia. "Límpialo".

Tomé un trapo del balde, pero él negó con la cabeza. Se agachó, su rostro a centímetros del mío. Pude oler su loción cara, una fragancia que siempre asociaría con el miedo.

"No con eso", ordenó en voz baja y letal. "Con la lengua".

El mundo se detuvo. El aire se volvió espeso. La humillación era tan intensa que se sentía física, un golpe en el estómago. Levanté la vista y lo miré a los ojos, buscando una pizca de humanidad, pero no encontré nada. Solo un vacío helado.

Y entonces, lo escuché de nuevo. El pensamiento dentro de mi cabeza, su voz mental. "Hazlo. Rómpete de una vez. Muéstrame el dolor que tu padre me causó. Quiero verte suplicar" .

Su mente era un torbellino de odio, pero había algo más debajo, una corriente de dolor tan profunda que casi me ahoga. Era confuso, aterrador. ¿Por qué su dolor se sentía tan... personal?

Cerré los ojos. Mi cuerpo temblaba. La enfermedad me debilitaba, la falta de comida me mareaba. Pero no le daría la satisfacción de verme rota. Lentamente, me incliné. El olor a café amargo llenó mis fosas nasales. Justo cuando mi lengua estaba a punto de tocar el suelo, él me agarró del pelo y me levantó bruscamente.

"Suficiente por hoy", gruñó, su voz tensa. "No quiero que manches mi suelo con tu asquerosa saliva. Lárgate de mi vista".

Me soltó y se fue, dejándome temblando en el suelo. Me quedé allí, arrodillada, tratando de recuperar el aliento. El dolor en mi cuero cabelludo era agudo, pero el dolor en mi alma era insoportable. Me abracé a mí misma, el cuerpo sacudido por temblores incontrolables. El esfuerzo, la humillación, la enfermedad… todo se acumulaba, una presión inmensa en mi pecho.

Luché por ponerme de pie, apoyándome en la pared. Cada músculo de mi cuerpo dolía. La cabeza me daba vueltas. Mientras caminaba por el pasillo, me pregunté si estaba volviéndome loca. Esas voces, esos pensamientos de Damián que parecían invadir mi mente... ¿Eran reales? ¿O eran un síntoma más de mi cuerpo rindiéndose, una alucinación producto de la fiebre y la debilidad?

Decidí que no importaba. Real o no, solo confirmaba una cosa: estaba en manos de un hombre cuyo único propósito era destruirme. Y yo tenía que sobrevivir, no por mí, sino por la promesa que le hice a mi madre en su lecho de muerte. Proteger su arte, su legado. Esa era mi única razón para seguir respirando.

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