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Portada de la novela Infieles

Infieles

Un diseñador de élite y una dedicada enfermera se ven envueltos en un romance clandestino que ignora la razón. Aunque ambos tienen compromisos previos, la química electrizante que comparten en cada cruce fortuito vuelve su realidad insostenible. Él ve su mundo tambalearse mientras ella sucumbe ante su magnetismo. Pese al peligro de ser descubiertos por sus parejas, la atracción los empuja sin remedio hacia una traición que no pueden evitar.
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Capítulo 3

Máximo

Delfina caminaba lejos de mí a pasos apresurados sobre la nieve, se soltó de mi agarre con brusquedad, no le importó no disimular cuando una pareja nipona nos pidieron tomarle una foto. Uno de mis escoltas lo hizo por mí, alcancé a Delfina dentro de la estación. Estábamos en Cerro catedral en Bariloche. La vista me distrajo un momento de mi misión de ir por mi mujer. Seguí y la halle sentada en el centro del lugar buscando calor.

—¡Delfina!

—¿Por qué querías venir aquí?—gritó con el rostro tenso y rojo.

—Me apetecía esquiar.

—Hubiésemos ido a los Alpes franceses. Estamos en Bariloche, se suponía que recorreríamos todo, que sería algo romántico, que intentaríamos...

—¡Basta!—la interrumpí—, tenemos muchos días, y Cerro Catedral está en Bariloche, aquí está, forma parte del recorrido que querías hacer.

—No, fuimos a Cerro Otto, fue suficiente.

—Yo quería venir a Cerro Catedral—insistí.

—Querías ganar tiempo fuera de la cama—susurró con amargura, venenosa pero con cuidado de no ser oída por extraños.

Me eché a reír.

—Sí, ahora odio el sexo—ironicé.

—Sabes Máximo, sabes que no quieres darme hijos, dices que sí pero no me los das.

—No sé de qué hablas, hemos tenido sexo.

—No me acabas adentro—dijo entre dientes, entornando los ojos y con su mandíbula tensa. Cubrí su boca con mi mano y abrí los ojos mandándola a hacer silencio.

—Grítalo Delfina ¿Qué te pasa?

—Sabes lo que me hace el frio, me duele la cabeza, no soporto la presión, tengo nauseas...

—Toma lo que se toma para eso. No seas exagerada. No lo hice apropósito, en todo el lugar hay frio, lo elegiste tú.

Se giró, solo veía su cabello negro liso largo atado en una cola y su delgado cuerpo de espaldas a mí. La rodee con mis brazos y hundía la cabeza en su cuello en esa posición, cerré los ojos y dejé pequeños besos en su cuello. Se ponía insoportable con el tema de los hijos, que yo no quería y ella moría por tener, no era valiente lo suficiente para decirlo, así que la evadía, era una tarea titánica de todos los días.

—Te amo, dame tiempo, deja de pensar en conspiraciones de mis soldaditos—dije en su oído susurrando, ella se estremeció y rio.

—Max, estoy molesta.

—Mejor para mí, no me exprimirás como máquina de sexo hoy.

Se sacudió y se alejó de mí.

—Ve a esquiar—dijo con burla.

Me iba a divertir, tener experiencias, ya estaba allí y eran las únicas vacaciones que tendría antes de lanzar la próxima colección. Así que de forma casi insensible ignoré sus pataletas y fui a esquiar, pero la mala suerte y el destino se confabulan para armar eso que Chopra llamó sincrodestino. Esas coincidencias que ocurren una detrás de la otra para que algo más definitivo ocurra ocultando un significado místico para que los milagros ocurran. No sé si ocurrió un milagro pero la caída que me di me ocasionó múltiple facturas y casi la muerte.

Algo me impactó y perdí el control, caí cuando descendía, choqué contra algo y por la velocidad con la que iba el impacto de la caída fue mayor, me fracturé un brazo y una pierna, costillas, y por poco me desnuco. El dolor era insoportable, me socorrieron a tiempo.

Desperté en un hospital local, con Delfina llorando a mi lado mientras tomaba mi mano. No sé si fue sincrodestino, quizás solo fue el odio intenso que me lanzó Delfina antes de que se me ocurriera pasear por la montaña nevada en lugar de follarla sin cesar en un hotel en Bariloche, como si fuera mágico el lugar y así quedaría encinta.

Dudaba de que estuviera llorando por mi estado, lloraba porque no podría follarla y llenarla de mi semilla para embarazarse, ni esa noche ni muchas en adelante, pensé que la muy retorcida aprovecharía mi situación para sacar mi producto y hacerse inseminar.

—¡Gracias a Dios despertaste! Los muchachos están coordinando todo para salir de aquí, nuestro avión nos espera en Buenos Aires.

—Lamento arruinar tus vacaciones, no fue apropósito, por si lo piensas.

Bufó y soltó mi mano.

—Ni convaleciente dejas de atormentarme. Deja tu impertinencia—dijo y se alejó.

—Lo siento Delfina—dije, estaba adolorido.

—No tienes lesiones internas. Necesitarás mucho reposo si quieres estar al ciento por ciento para la preparación de la próxima colección. Contrataremos una enfermera que te cuide las veinticuatro horas, mejor dos.

—Ahora más que nunca necesito que consigamos contratar a Saro Bertucelli.

—No pienses en trabajo ahora Máximo, descansa.

Al llegar a casa me encontré con mi familia, mi madre y mi padre se mostraron preocupados. Ya una enfermera y un enfermero me esperaban en mi habitación. Dormí al llegar y pensé que después de todo sería un descanso forzado pero necesario de mi trabajo, de mi familia, de mi vida y sobre todo de Delfina.

No fue fácil estar inmovilizado en cama, ser atendido hasta para bañarme, la enfermera de cabellos castaños y rostro coqueto me hacía caritas seductoras, su sonrisa se interrumpió abruptamente cuando mi mujer le ordenó al chico que fuera quien me bañara y se ocupara de llevarme al baño. Lo agradecí, me daría menos vergüenza delante del chico estar tan vulnerable, por eso casi me dio un infarto cuando Camilo fue a visitarme y propuso un horror: contratar a su cuñada. La de los pechos grandes y rostro inocente, la sexi y tierna, tentadora Irene.

—Camilo, es excelente idea. Sí necesitamos una enfermera más. Deben turnarse, y ella es de confianza, es familia de Ada, su hermana, es decir es perfecta, no sabía que era enfermera.

—Lo dijo a la mesa pero seguramente solo oíste la parte en la que decía que preparaba banquetes—recordó Camilo.

Mi hermanito menor era de los que hablaba poco pero cuando hablaba decía lo justo, lo preciso, lo necesario.

Delfina rio afirmando.

—Eso fue, lo recuerdo ahora. Qué pena, pensará que no la quisimos contratar como primera opción, no la recordaba—se excusó Delfina.

«Yo sí, mucho».

—Te aseguro que tiene tiempo, no está cubriendo muchas horas—explicó Camilo.

—Le caerán bien estás horas atendiendo a mi marido entonces, listo Camilo, que se presente aquí y ya está. Ni la entrevistaré.

No podía dejar que esa contratación ocurriera, los coqueteos y miradas indiscretas de la enfermera castaña me divertían pero tener a Irene cerca sería diferente, había algo en ella que no me permitía apartar la mirada de su rostro o su cuerpo. La incomodidad cobraría un nuevo significado. Debía impedirlo.

—¿Para qué otra enfermera Delfina?

Se volvió a verme con extrema sorpresa.

—Creí que dormías. Los enfermeros son seres humanos, quiero atención veinticuatro horas para ti y los chicos deben descansar, un turno más le sentará bien a todos.

—No hace faltad Delfina, en turno entre media mañana y media tarde, sobra. No contrates a esa chica, la harás perder tiempo.

—No, nada que ver. Está decidido.

No hubo cosa que dijera, argumento que usara y fuera confesable que hiciera que Delfina cambiara de opinión así fue como la contratación de la sexi y tierna Irene se selló. Me resigné a que debía solo disfrutar la tentadora vista.

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