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Portada de la novela Idols

Idols

La vida de Laura cambia drásticamente cuando un viaje de negocios a Corea la sitúa en el centro del fenómeno K-pop. Lo que inició como una tarea laboral se convierte en un encuentro inesperado con famosos Idols, desencadenando un romance intenso y lleno de pasión. Esta narrativa explora un vínculo afectivo único dentro de la vibrante industria musical coreana, ofreciendo una historia cautivadora donde los sentimientos desafían cualquier plan profesional.
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Capítulo 3

Un día me dijo que se iba de tour con su banda a Japón y que estaría dos semanas fuera. Le deseé todo el éxito del mundo y nos despedimos, por supuesto con sexo.

Durante esas dos semanas chateamos bastante y conversábamos por cámara en las noches donde nos desnudábamos y nos masturbábamos juntos.

Cuando terminaba mi jornada laboral me iba directo a mi casa a descansar y esperaba con ansias su llamada nocturna.

Una tarde me llamó y dijo que iba a salir a cenar con sus miembros de banda por lo que nuestra llamada nocturna se cancelaba. En realidad, yo estaba tan cansada que no le di mucha importancia, aunque debo reconocer que algo me decepcionó.

Al día siguiente en el trabajo todo el mundo hablaba de su grupo, con noticias de la banda cenando y saliendo de juerga a un club nocturno en Tokio. En realidad, no eran todos los de la banda que se fueron de juerga, pero sí estaba mi adonis con dos miembros más. La noticia hacía énfasis en él abrazado con una japonesa, bailando y gozando la noche en esa discoteca. Para ser sincera, la foto no era comprometedora ni tan íntima, pero sentí que me partía en dos.

Moría de celos, me lo imaginaba haciendo con la japonesa lo mismo que hacía conmigo y me retorcía de rabia.

Lloré acostada en mi cama, no sé por qué me dolió tanto si las cosas habían quedado super claras entre nosotros.

Al día siguiente cuando desperté, decidí que no iba a morirme ni deprimirme por él.

Le escribí por chat a un compañero de trabajo que me cortejaba hace mucho tiempo, pero yo, siempre cortésmente le decía que no.

Era un coreano de aproximadamente treinta y cinco años, bastante guapo y soltero. Él siempre me invitaba a salir y todas las veces lo rechacé argumentando que no quería problemas en el trabajo.

Tenía tanta rabia y sed de venganza, que yo misma lo invité y aunque transgredía mi regla de no salir con compañeros de trabajo, no me importó. Sentía la necesidad imperiosa de no sentirme menos que él, que yo también podía salir con otros hombres, tal como él hacía con otras mujeres. Me sentía ridícula por hacer eso, pero no lo podía evitar. Yo nunca fui de hacer ese tipo de cosas, al contrario, siempre sensata y racional, nunca me había dejado llevar por ese tipo de sentimientos o arrebatos. ¿celos? Creo que nunca los había sentido. ¿Será que era muy segura de mi misma y ahora ya no tanto?

Le pregunté a mi compañero si estaba libre esa noche y me contestó que sí. Le pregunté si quería ir conmigo a cenar y al cine a ver alguna película. Él quedó muy sorprendido, pero dijo que sí inmediatamente.

Fuimos al cine primero y luego a cenar. Debo reconocer que tomé bastante soju en la cena y sentía la necesidad de demostrarme que mi adonis no me importaba tanto y que podía divertirme con otras personas. Después de cenar lo invité a bailar a la salsoteca donde siempre iba y se entusiasmó mucho con la idea latina.

Llegamos allá y estaba lleno de gente, muchos coreanos. La música sonaba fuerte. Acto seguido nos pusimos a bailar reguetón, luego traté de enseñarle merengue, pero mi compañero no tenía tanto ritmo en la sangre como sí lo tenía mi adonis, que bailaba bien todo y que además era muy sensual para bailar. No pude evitar compararlos y recordar el sexo maravilloso que teníamos después de nuestras clases de bachata.

Me sentí estúpida por un segundo, pero no me permití esos pensamientos y después de dos vasos de soju, lo intentamos nuevamente, esta vez con una bachata y la experiencia no fue tan mala, por lo menos seguía bien los pasos.

Estábamos bailando cuando sentí que me apretaba más de la cuenta y se pegaba mucho a mí, me molestó, pero justo cuando iba a separarlo y mandarlo a su buena parte, vi a mi adonis en el vip, alguien le estaba hablando.

Estaba todo vestido de negro y llevaba un sombrero que le tapaba gran parte de la cara, pero sabía que era él, lo reconocí de inmediato.

El no vio que yo lo vi, disimulé e hice como que no lo había visto y aproveché el abrazo de mi compañero para coquetear con él y bailar muy sensualmente. Así estuvimos bailando dos canciones más, sintiendo la mirada de mi adonis que me quemaba entera.

Mi compañero me insinuó irme con él a su casa, pero le dije que no, que hasta ahí llegaba la diversión. Se ofreció a llevarme a mi casa y accedí. Cuando llegamos, se bajó del vehículo para dejarme en la entrada del edificio y trató de besarme, pero se lo impedí y le dije que no complicara las cosas. Me sentí culpable por haberlo utilizado, pero mi necesidad de venganza había sido más grande.

Mi compañero se fue y subí a mi departamento, me saqué la ropa y me puse mi bata para ir a darme un baño y luego acostarme, cuando sonó el timbre de mi departamento. Abrí la puerta y mi adonis estaba parado mirándome con cara de pocos amigos y un brillo en los ojos que no pude descifrar, era deseo, pero también había algo más.

Me sorprendí mucho al verlo.

- ¿Cuándo llegaste? Pregunté. Hoy en la mañana respondió. ¿Como estuvo el tour, el viaje? Pregunté nuevamente. - Quien es ese que te vino a dejar, que intentó besarte y se acaba de ir, gruñó.

Debo reconocer que sentí alivio y un pequeño sabor dulce de venganza.

Ah dije, un compañero de trabajo, pero sin darle mayor importancia y lo hice pasar.

El entró y estaba muy callado y caminaba de un lado al otro como león enjaulado. Estuvo así unos minutos hasta que le dije que justo antes que llegara estaba por darme un baño así que, si quería, tomara algo mientras yo me duchaba.

Entré a la ducha sintiendo un deseo enorme por él, pero por, sobre todo, una sensación de triunfo.

Estaba duchándome cuando abrió la puerta de la ducha y se metió desnudo y me miró con ojos de deseo y anhelo.

Me miró, me acarició el cabello y me besó tiernamente, luego me miró nuevamente y volvió a besarme ahora con fuerza y deseo. Tuvimos sexo desenfrenado y brutal y mientras me penetraba me mordía los labios y hablaba en coreano y luego me dijo al oído, estoy que muero de celos, pero no tengo derecho a reprocharte nada. Dio sus últimas estocadas y acabó. Yo que para ese momento estaba llegando al clímax, sus palabras fueron como miel para mis sentidos y tuve un orgasmo maravilloso, me sentía importante para él y no sé por qué, eso me importaba tanto.

Cuando estuvimos afuera del baño, le propuse que habláramos y aclaráramos la situación. Le dije que en efecto él no tenía derecho a reprocharme nada, tal como yo tampoco le podía reprochar que saliera con otras mujeres. Nuestro acuerdo había sido solo sexo y disfrute y no habíamos dejado en claro si hubiera o no exclusividad, pero como él lo había estado pasando bien en Japón con otra mujer, no veía por qué yo no podía hacer lo mismo.

Comenzó a explicarse y a decirme que solo había sido fiesta y nada más.

Por supuesto le dije que eso a mí no me constaba, que tenía treinta y seis años, no era una niña y que esa era la excusa más usada por los hombres, que no le creía, pero que me daba lo mismo, pues solo éramos amigos con derecho y ninguno podía reprocharle nada al otro.

Me dijo que, aunque tenía claro todo eso, igual sintió celos y que una sensación de posesividad se había instalado en él.

Me preguntó que había sentido yo al verlo con otra mujer. No sé si fue mi instinto de supervivencia, mi orgullo o no sé, pero le dije que, si bien me había sorprendido verlo con otra mujer, no me había molestado tanto, pues no tenía derecho a sentirme celosa o enojada con él, ya que no me había traicionado ni mentido y que las reglas estaban claras y que tanto él como yo éramos libres y sin ataduras.

Le dije de todas maneras, que, al verlo con otra mujer, me había quedado claro que no podía haber exclusividad de mi parte y no podía centrarme solo en él, si lo que yo quería era algún día formar una familia, tenía que salir con otros hombres y darme la oportunidad de conocer a otras personas, que él estaba consumiendo todas mis energías y mis días.

Me preguntó que hacíamos entonces, le dije que no sabía, ya que, si bien me encantaba, que digo, me fascinaba, no era mi tipo de hombre para formar una relación. La diferencia de edad jugaba en contra, el hecho que fuera famoso y no poder llevar una vida normal sin tener que estar escondiéndose de la gente. El que fuera guapo y muchas mujeres quisieran tenerlo para él y tener que vivir siempre con celos y desconfianza, no lo hacía mi tipo ideal. Bueno dijo él, tampoco eres el tipo de mujer para mi… eres extranjera, eres mayor que yo, eres muy liberal para los estándares de Corea, disfrutas el sexo sin tapujos, y si bien son cosas que me encantan de ti y que te hacen diferente al resto, probablemente serías cuestionada en todos mis círculos, incluso en mi familia, pero como no tengo interés en casarme y hago lo que yo quiero, eso no es un problema por ahora.

De repente se acercó a mí, me abrazó y me dijo: sigamos juntos y veamos que nos depara el destino, me gustas mucho, me encanta estar contigo, me entretengo, me divierto, me rio mucho, me excitas. Calmas mi ansiedad, me siento seguro contigo, confío en ti, pero quiero exclusividad.

Yo no pude responder nada, solo asentir, lo besé e hicimos el amor en la cama, digo hicimos el amor y no tuvimos sexo, porque esta vez, fue diferente, hubo caricias, pero con ternura, hubo mimos y pasión. Cuando estaba a punto de llegar al éxtasis me miró y me pidió que no dejara de mirarlo mientras acabábamos. Fue una experiencia sublime y en ese momento me di cuenta de que estaba enamorada de él.

Me asusté mucho y vi sufrimiento en mi futuro, pero no tenía escapatoria, ya estaba metida hasta el fondo y mis sentimientos ya eran suyos.

Ese día por primera vez dormimos juntos y fue maravilloso despertar con él.

Buen día me dijo y yo solo pude abrazarlo y besarlo y no pude emitir palabra alguna. Me preguntó si tenía hambre y nos vestimos para salir a comer. Fuimos a un restaurante que era de un amigo suyo, comimos en un privado, así que no tuvimos problemas en tener que escondernos de nadie, luego volvimos a mi casa y estuvimos todo el día en la cama, ya sea amándonos o viendo películas y durmiendo. Llegada la noche se despidió y me dijo que durante ese mes nos íbamos a ver muy poco, pues estaban preparando un concierto que darían en Seúl, pero que trataría de verme lo más que su agenda lo permitiese.

Así transcurrió ese mes, viéndonos menos de lo que yo quería, pero él se hacía el tiempo y se escapaba para juntarnos.

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