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Portada de la novela Hilos del Destino

Hilos del Destino

Tras un incendio que borra sus huellas, un niño huérfano es acogido por Adam Delacroix, un poderoso empresario que siente una conexión inexplicable con él. Para su cuidado, Adam recurre a Celine, una mujer marcada por el dolor tras perder a su hijo y tener un pasado traumático con los Delacroix. Sin saberlo, el destino los une en el mismo hogar. Cuando los secretos salgan a la luz, el amor y el perdón serán el único camino para sanar sus vidas.
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Capítulo 2

Leo había dormido por momentos en el asiento trasero del auto. Aquel hombre —ese tal Adam Delacroix— no le hablaba mucho, pero al menos no parecía querer devolverlo. El niño no entendía por qué lo había recogido, ni por qué ahora iba rumbo a una casa que parecía más una fortaleza que un hogar.

Cuando llegaron a la mansión, Leo bajó del coche con pasos cortos, torpes. Levantó la mirada y lo único que pudo pensar fue que esa casa no era para alguien como él. Las puertas eran más altas que cualquier edificio que hubiera visto. Las columnas, blancas y frías. La entrada, silenciosa como un templo.

Una empleada lo condujo al interior sin decir mucho, y Adam los siguió a paso lento. Observaba todo desde atrás, en silencio, como si intentara entender algo que no se atrevía a nombrar. Desde que vio al niño, sintió una incomodidad extraña, como si lo conociera de otro tiempo, de otra vida. Una conexión absurda. Irracional. Pero poderosa.

La habitación que le asignaron a Leo era amplia, con una cama nueva, una estantería llena de libros infantiles y una alfombra suave. Había juguetes, ropa limpia, hasta una lámpara con forma de cohete. Todo era demasiado. Leo apenas cruzó el umbral y se quedó de pie, sin saber qué hacer.

—Es tu cuarto —dijo Adam, sin saber por qué le costaba tanto hablarle—. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.

El niño no respondió. Solo bajó la cabeza y se acercó lentamente a la cama, tocándola como si no creyera que era real.

Horas después, Adam estaba en su despacho, con un vaso de whisky en la mano. No podía dejar de preguntarse qué lo había llevado a actuar así. ¿Impulso? ¿Culpa? ¿Soledad? ¿O simplemente el vacío de una vida que había alcanzado todas sus metas… menos las humanas?

Marcó el número de su abogado.

—Quiero que lo formalices cuanto antes —ordenó—. No quiero que nadie pueda venir a reclamar al niño.

—No hay nada que temer —respondió el abogado al otro lado de la línea—. Con el incendio en los archivos del registro civil, no hay ningún documento que indique quiénes fueron sus padres. Está completamente desvinculado. Es como empezar de cero.

Esa frase… "como empezar de cero". Le pareció cruel.

Pero tenía razón. Leo no tenía pasado. Solo futuro.

Y Adam acababa de asumir la responsabilidad de dárselo.

A la mañana siguiente, llegó la niñera.

Celine Marchand.

Veintiséis años, con experiencia en cuidado infantil, una carrera prometedora interrumpida por años de sombras que nadie conocía. La agencia había hablado bien de ella, y Adam no se detuvo a revisar demasiado. Solo necesitaba a alguien confiable. Ella parecía tener todo bajo control.

—Señor Delacroix —saludó con amabilidad al llegar—. Gracias por la oportunidad.

Él apenas le dirigió una mirada. Celine era discreta, de presencia suave. Vestía de forma sencilla, con el cabello recogido y unos ojos de un color poco común: verde grisáceo, con destellos metálicos. Algo hipnótico.

Adam parpadeó. Por alguna razón, esa mirada le resultó… familiar.

Pero no dijo nada.

—Él está en el jardín trasero —le indicó—. No habla mucho, pero es observador. Tal vez usted tenga más suerte que yo.

Celine asintió y fue al encuentro del niño.

Lo encontró sentado bajo un árbol, con la mirada fija en el cielo. Tenía un cuaderno en las rodillas, y un lápiz en la mano. Dibujaba líneas suaves, como si le diera forma a pensamientos que no podía decir.

—Hola —dijo ella, con una sonrisa cálida—. Soy Celine. Voy a estar contigo a partir de hoy.

Leo no respondió. Solo giró el rostro hacia ella… y sus miradas se encontraron.

Celine sintió que se le paralizaba el pecho.

Los ojos.

Ese tono exacto. Verde con matices grisáceos. No era un color común. Nunca había visto a nadie más con esa misma tonalidad. Nadie, excepto… ella misma.

Su garganta se secó. El corazón le latía con fuerza, pero no por miedo, sino por algo que no entendía. Una angustia en el centro del pecho. ¿Qué era eso? ¿Por qué sentía…?

—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó con voz apenas audible.

Leo asintió apenas.

Ella se sentó a su lado y lo observó dibujar.

No sabía por qué, pero algo dentro de ella se había quebrado. Una herida que nunca sanó… acababa de sangrar de nuevo. Y lo peor era que no sabía por qué. Solo… lo sentía. Algo en ese niño despertaba un recuerdo que no podía ver, una verdad enterrada demasiado hondo.

Celine se tocó el pecho, justo sobre el corazón.

No podía ser.

No… no era posible.

Pero esa sensación no desapareció.

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