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Portada de la novela Hija Subastada, Esposa Destrozada

Hija Subastada, Esposa Destrozada

Eugenio, un poderoso magnate, traiciona a su familia al subastar a su hija Juliana ante élites corruptas. Tras obligarla a abandonar su carrera, el desprecio del hombre no se detiene: permite que su amante deje a la joven en coma y humilla a su esposa ante todos. La tragedia estalla con la muerte de su madre y una crueldad extrema. Entre el dolor y las cenizas, ella decide alzarse contra su verdugo impulsada por una gélida sed de justicia.
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Capítulo 3

Un vacío se abrió en la mente de Carlota. Su corazón se detuvo. Todo se detuvo.

Entonces, un grito primario brotó de sus pulmones. Se debatió contra los guardias, una fiera de pura y absoluta agonía. Se liberó, gateando, cayendo, arrastrándose hacia la puerta.

Corrió. Por el pasillo, pasando junto a enfermeras y médicos atónitos, bajando las escaleras, sus piernas enredándose debajo de ella, haciéndola caer. Se levantó, su cuerpo una sinfonía de dolor, y siguió corriendo.

Salió al patio justo cuando los paramédicos levantaban un cuerpo pequeño y roto en una camilla.

Juliana.

La fuerza abandonó las extremidades de Carlota. Se derrumbó sobre el pavimento frío, el mundo inclinándose sobre su eje.

Entonces, la vio. A Karina Cantú. Vestida con uniforme quirúrgico, caminando con determinación hacia la entrada de urgencias a donde llevaban a Juliana.

"No", susurró Carlota. Una nueva y aterradora fuerza surgió a través de ella. Se puso de pie de un salto y corrió, agarrando el brazo de Karina.

"Aléjate de ella", gruñó Carlota, su voz un rugido bajo. "No tocarás a mi hija".

Karina la miró, su rostro una máscara de preocupación profesional, pero sus ojos contenían una chispa de triunfo. "Señora Garza, entiendo que esté alterada. Pero soy doctora aquí. Soy la especialista de trauma de guardia. Necesito llegar a mi paciente".

"¡Tú no eres cirujana! ¡Eres una investigadora! ¡No estás calificada para esto!", suplicó Carlota, volviéndose hacia Eugenio, que las había seguido. "Eugenio, por favor. No dejes que haga esto. Llama al Dr. Evans. Él es el mejor".

Eugenio dudó. Por una fracción de segundo, vio un destello del antiguo Eugenio, un fantasma del hombre que las había amado.

Pero entonces Karina se volvió hacia él, sus ojos llenándose de lágrimas de cocodrilo. "Eugenio, cariño, no confía en mí. Después de todo lo que has hecho por mí... por mi investigación... ¿cree que le haría daño a su propia hija?".

El destello se fue. Su rostro se endureció.

"Suéltala, Carlota", dijo, su voz plana y final. Apartó a Carlota, su mano áspera sobre su brazo magullado.

Él y Karina entraron en la sala de urgencias, las puertas cerrándose detrás de ellos, dejando a Carlota sola en el pasillo estéril, la luz roja sobre la puerta un ojo malévolo y palpitante.

Recordó cómo Eugenio había ayudado a Juliana con sus solicitudes para la escuela de arte, quedándose despierto hasta tarde para revisar su portafolio, diciéndole que era la artista más talentosa que había conocido. Había estado tan orgulloso.

¿Cómo podía ser este el mismo hombre?

La espera fue una eternidad. Cada tic-tac del reloj era un martillazo en su corazón. Finalmente, la luz se apagó. Las puertas se abrieron.

Karina salió, quitándose los guantes ensangrentados con un aire practicado de cansada competencia. Eugenio estaba justo detrás de ella.

"Está viva", anunció Karina, una sonrisita de suficiencia jugando en sus labios. "Pero el daño fue extenso. Trauma espinal y craneal severo. Vivirá, pero... estará en un estado vegetativo permanente".

"¿Qué?". La palabra fue un jadeo ahogado. "No. Eso no es posible. La caída no fue desde tan alto".

"¿Estás cuestionando mi diagnóstico profesional?", preguntó Karina, su voz afilada. "Ya no eres cirujana, Carlota. ¿Recuerdas? Renunciaste".

Carlota la miró, sin palabras. Buscó a otros médicos, antiguos colegas que todavía la miraban con lástima. Revisaron los expedientes, las tomografías. Todos lo confirmaron. La cirugía había salvado la vida de Juliana, pero hubo... complicaciones. Daños sutiles e irreversibles. Su hija se había ido, una cáscara que respiraba dejada en su lugar.

Bárbara estaba despierta cuando Carlota regresó a su habitación. El rostro de la mujer mayor era una máscara de dolor.

"Es mi culpa", lloró Carlota, su cuerpo finalmente temblando con sollozos. "Debería haberla protegido. Yo lo traje a nuestras vidas". Se clavó las uñas en sus propios brazos, queriendo sentir dolor, cualquier dolor, para distraerse del abismo en su alma.

"No", dijo Bárbara, su voz débil pero firme. Agarró la mano de Carlota, deteniendo la autolesión. "Esto no es tu culpa. Es de él".

Los ojos de Bárbara, generalmente tan cálidos, eran duros como el pedernal. "Tenemos que irnos, Carlota. Tenemos que alejarnos de él".

"No podemos", susurró Carlota. "Nos encontrará. Él controla todo".

"Tu padre... era diplomático. Tenía contactos", dijo Bárbara, su voz baja y urgente. "Siempre tuvo planes de contingencia. Para nosotras. Hay una salida. Te lo prometo. Nos sacaré de aquí".

Una pequeña y frágil semilla de esperanza echó raíces en el páramo desolado del corazón de Carlota.

Mientras ayudaba a Bárbara a empacar una pequeña bolsa, escuchó a dos enfermeras susurrando en el pasillo.

"¿Oíste sobre la cirugía de Cantú? ¿La de antes de la chica Garza?".

"¿La que le perforó la arteria esplénica? Sí. El paciente casi se desangra en la mesa. Dijeron que fue imprudente. Entró en pánico".

El mundo se detuvo. Karina no solo no estaba calificada. Era incompetente. Era peligrosa.

Y Eugenio la había dejado operar a su hija.

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