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Portada de la novela Hielo Y Fuego

Hielo Y Fuego

Traicionada el día de su boda, una influyente magnate renuncia al amor para erigir un imperio basado en la frialdad y el deseo efímero. Sin embargo, cuando un peligro acecha su legado, surge Stephan, un protector que desafía su coraza emocional. Rodeados de conspiraciones y riesgos constantes, ambos se sumergen en una trama de misterio donde la pasión renace. Ahora, deberán enfrentar oscuras verdades para salvar su futuro y lo que queda de sus corazones.
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Capítulo 3

Punto de vista de Stefan

Gabriela estaba sentada junto a la ventana disfrutando de su café. Solo vestía pijama y su cabello estaba atado en una cola de caballo suelta.

En el patio, Flor regaba los arbustos con rosas rojas, tarareando una canción. Era una mujer menuda de pelo gris y un poco gordita. No tuvo hijos y tampoco formó una familia, había dedicado toda su vida a ella. Detrás de Flor, miraba las rosas con asombro.

— A mí también me gustaría ver a la famosa Gabriela con la manguera en la mano— dijo riéndose.

— Cuando era pequeña, siempre lo hacía. Le encantaba jugar en el agua.

— La describes como alguien muy alegre, pero cuando la miro, realmente no veo eso. ¿Qué pasó realmente, Flor?

— Deberías preguntarle, no estoy en condiciones de decírtelo. Ahora, si me disculpas, tengo que terminar de regar las flores.

Desde que salió de prisión, vivía con ella. Tenían una semana más para averiguar quién envió esa carta y resolver la situación. Desde el día que supo que alguien lo había enviado para que la cuidara, no volvió a hablar con nadie. Se encerraba en su habitación y solo salía cuando tenía una reunión de negocios. A veces se sentaba a su lado, pero sin decir palabra, solo buscaban pistas. Ahora estaba acostada en la cama con la computadora portátil en sus brazos.

— ¡Gabriela abre la puerta! Estoy cansado de esta situación, sea lo que sea lo podemos resolver juntos. Abre o rompo la puerta y lo digo en serio.

La puerta se abrió lentamente y ella sonrió sutilmente invitándolo a pasar. La habitación estaba envuelta en la oscuridad y estaba en un desorden inusual.

— Tranquilo batman, todavía necesito esta puerta— dijo sentándose en la cama.

— Quiero que me cuentes todo, sé que así podrás liberarte. ¿Qué pasó con Orlando? Todo lo que sé es que murió, pero no conozco los detalles.

Los ojos de Gabriela se llenaron de lágrimas. No había hablado con nadie sobre este tema, todos lo evitaban. Giró la cabeza porque no quería que nadie viera sus lágrimas. Él le tocó lentamente la mejilla, girando su cabeza hacia él y mirándola a los ojos.

— Me lo puedes decir. Sé que no nos conocemos desde hace mucho tiempo y que probablemente pienses que soy un bicho raro porque entré en tu apartamento, pero siento que puedo confiar en ti. ¿Tu no sientes lo mismo?

— Te lo voy a decir, Dios, no puedo creer que lo voy a hacer. El día de nuestra boda, Orlando recibió una llamada telefónica para reunirse con un socio comercial. Se negó, diciéndole que era un día importante, pero yo insistí en que fuera porque sabía que volvería en media hora. Luego tuvo un accidente automovilístico muy grave, el auto se incendió. Ya ni siquiera podía reconocerlo... Espero que estés satisfecho ahora.

Miré a gabriela con tristeza visible en mis ojos. Ahora entendía por qué era tan fría y por qué había cambiado tanto. No se trataba solo de la muerte de su amor, ella se sentía culpable por lo que había pasado. Deseaba poder hacer más por ella, pero ahora era más importante averiguar quién quería matarla.

— Gracias por decírmelo y por abrirme tu alma. Prometo no decirle a nadie que la Reina de Nueva York puede llorar.

Ella sonrió y tomó otro sorbo de café.

XXX

Punto de vista de Gabriela

Fue bueno hablar con alguien.

Se había dado cuenta en ese momento que Stefan era el primer hombre en los últimos tiempos que quería como un simple amigo. El grave silencio fue interrumpido por golpes en la puerta y la voz de Flor.

— Señorita gabriela, alguien le envió un paquete— gritó la mujer, tratando de hacerse oír desde más allá de la enorme puerta de la habitación.

— Entra Flor y déjalo aquí— dijo mientras se levantaba y se sentaba frente al espejo.

La mujer entró en la habitación y se sorprendió al ver a Stefan allí, especialmente vestido. Descansó unos segundos para superar su asombro, luego colocó la caja sobre la cama y salió de la habitación. Ella se acercó de nuevo a la cama y le indicó a Stefan que abriera el paquete. Con cuidado el hombre lo abrió y se sintió aliviado al ver que no había ninguna bomba a punto de explotar ni nada que pudiera hacerles daño. Dentro había un mapa de Nueva York y una pequeña bolsa de terciopelo púrpura que contenía una llave. Ambos se miraron confundidos sin saber qué hacer.

De repente, se puso de pie y gritó:

— Dios mío, tengo una reunión de negocios y son casi las 12. Stefan, mira el mapa a ver qué pistas encuentras. Vamos "al campo" cuando llegue a casa.

Sin dejar que el hombre le respondiera, salió corriendo por la puerta directamente al baño. Con toda la confusión y las amenazas recientes, se olvidó por completo del nuevo negocio de moteles. Estaba pensando en abrir un motel en Brooklyn para que hasta las personas más humildes pudieran disfrutar de los servicios de su compañía. Se rizó el cabello y se puso un pantalón elegante y una camisa con un pequeño escote. Se maquilló con mucho cuidado como de costumbre y luego se puso sus imprescindibles tacones. Llamó a Max para que la esperara frente a la casa y rápidamente bajó las escaleras. El chofer, puntual como siempre, ya la estaba esperando.

— ¿A donde debo llevarla jovencita?— dijo con voz ronca.

— ¡A la empresa, por favor, y apúrate lo más que puedas porque llego tarde!— exclamó mientras se servía champán.

El conductor respetó los deseos de su jefa y presionó el acelerador para llegar a tiempo a la reunión de negocios. Ni siquiera terminó su copa de champán porque la limusina ya estaba frente al edificio en cuestión. Max volvió la cabeza hacia ella y luego salió del auto para abrirle la puerta. Tomó su maletín y corrió, olvidando qué tipo de zapatos llevaba puestos. No le importaba eso ahora porque le quedaba solo un minuto.

— Llegué, espero no llegar tarde— gritó mientras se apoyaba contra la puerta cometiendo un error.

— No llega tarde señorita— dijo Edwin.

Él era un hombre de cincuenta años con mucha experiencia en los negocios. Había sido amigo de su padre y siempre la ayudaba cuando tenía problemas o cuando llegaba tarde. Era el jefe de un gran consejo de empresarios y sabía cómo manipularlos hablando bien de su protegida. Era alto, de contextura atlética y se veía muy bien para su edad. Siempre vestía traje, emanando siempre un aire de elegancia.

Sin decir nada, se sentó junto a Edwin en su lugar. Sacó los documentos del maletín y comenzó a presentar su proyecto a los emprendedores. Después de dos horas de discusiones, todos acordaron que el plan era bueno y que valía la pena apoyarlo. Firmó todos los documentos y salieron de la habitación uno por uno. El último en hacerlo fue Edwin, no sin antes avisar a su protegida.

— Ten mucho cuidado con tu imagen últimamente— le dijo en tono serio— Sé que estás pasando por un mal momento, pero no es bueno que a una mujer famosa como tú siempre le den cotilleos sobre pasar cada noche con hombres diferentes. No dejes que el asiento del consejo se te escurra entre los dedos.

— Entiendo, señor, cuidaré mejor mi imagen— se sintió avergonzada, siempre se sentía así cuando la regañaba. Lo respetaba mucho y sabía que solo quería lo mejor para ella, también salió del edificio subiéndose a la limusina. El teléfono comenzó a vibrar y rápidamente lo sacó de su bolso.

— ¡¿Si?!

— Estudié el mapa y vi que un barrio de Brooklyn estaba rodeado por un círculo y que se habían pasado algunas coordenadas. Vine a verificar y encontré un departamento, probablemente la llave sea de él.

— Entiendo. Envíame un mensaje de texto con la ubicación para ir allí

Después de recibir la ubicación, le dijo a Max a dónde llevarla y le dijo nuevamente que se diera prisa. Tenía miedo de que algo le pasara a Stefan y que también fuera su culpa esta vez.

A través de la ventana, miraba los enormes edificios y los lujosos autos que pasaban a su lado.

Esas personas no se dan cuenta de la suerte que tienen

Observó cómo los edificios comenzaban a ser cada vez más pequeños y los autos cada vez menos lujosos en Brooklyn. Max detuvo el auto y quiso salir para abrir la puerta, pero ella le indicó que estaba bien. Dejó su maletín en el auto, toma solo su teléfono y se bajó. Varias ancianas estaban sentadas en el banco frente al apartamento y se preguntaban qué hacía una limusina aquí. Stefan le había escrito en un mensaje que subiera al último piso, así que sin pensarlo, entró, ignorando las miradas de los ancianos. Al llegar al último piso, lo ve parado frente a la puerta.

— ¿Está lista para ver lo que hay dentro?— dijo, sosteniendo en su mano la bolsa de terciopelo que contenía la llave.

— ¡Más preparada que nunca!

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