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Portada de la novela Hielo y Fuego en las Venas

Hielo y Fuego en las Venas

Vivian, una exitosa empresaria conocida por su frialdad y rechazo al compromiso, ha decidido cerrar su corazón al amor tras un pasado difícil. Sin embargo, su control se tambalea al cruzarse con Tyler Donovan, un magnate cuya intensa pasión le ha ganado el apodo de «el señor fuego». Entre ambos surge una química imparable que deriva en un feroz duelo de voluntades. En este choque de titanes, el deseo amenaza con derribar sus muros y cambiar sus vidas para siempre.
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Capítulo 3

Andrew, llegó a su casa sintiéndose en extremo agotado del día tan abrumador que tuvo, al día siguiente sería la reunión con aquel empresario tan importante. Según había dicho su secretaria tenía grandes propuestas para TRASNACIONALES WAY, y aunque se alegraba de que Vivian consiguiera nuevos clientes, aquello no hacía más que darle trabajo extra y por si ya fuese poco, tener tantos pendientes solo lograba ponerla de mal humor, y quien pagaba las consecuencias era siempre él.

Hoy se había negado a cualquier tipo de acercamiento, no hubo momentos de pasión, ni siquiera lo había mirado directamente, estaba completamente enfocada en preparar todo para la llegada de aquel nuevo cliente. Vivian. . .su  fría  Vivian. . . Aunque él intentara negarse siempre, que albergaba sentimientos hacia ella, lo cierto es que era imposible no amarla. Pocos entenderían su frialdad, y aunque él no conocía su historia, supo por su amiga Johanna, que había amado profundamente a un hombre, un hombre del cual se había separado, un hombre que había sido su primer y gran amor, pero que por desconocidas razones, habían finalizado separados. Vivian era la mujer más fría que había conocido, su helada mirada dejaba de una pieza a cualquiera, sus dominantes gestos y su indomable carácter te impedían acercarte a ella, a menos que contaras con su consentimiento. Tristemente él se había convertido en un amante del frío, un amante del hielo, pues sentía que no podría vivir sin ella, y aunque tenían poco tiempo durmiendo juntos. . . ¿durmiendo juntos?, pensó con ironía. Ellos no dormían juntos, ni siquiera hacían el amor, pues ella siempre le recalcaba que solo tenían sexo. Un espléndido sexo, vale acotar.

Lo cierto es que ellos nunca dormían junto, después de que Vivian obtenía el placer en sus brazos, sencillamente se marchaba a su casa. Una casa enorme, hermosa, y tan fría como ella. Una casa que solo compartía con las personas del servicio. En ocasiones se preguntaba si ella era realmente feliz con la vida, tan solitaria que llevaba. Ningún hombre tenía acceso a su corazón, y a su cuerpo lo tenía solo quien ella lo decidía.

Era codiciada por muchos, su indiferencia les atraía descontroladamente, pero ella se satisfacía de poder rechazarlos. Era envidiada por muchas mujeres, porque aunque no se le conocía muchos amantes, si debía reconocer que los que había tenido eran los más exitosos y atractivos de su entorno. Lo curioso es que hubiese querido tenerlo precisamente a él en su cama. Un empleado más. Si bien era cierto desde que llegara a trabajar en aquella empresa había fantaseado con ella, con su dura expresión, con sus fríos ojos, no es menos cierto que ella le había mantenido a distancia siempre, no le permitía ningún tipo de cercanía más allá de lo laboral. Todo eso había cambiado hacia unas tres semanas cuando lo había citado en su oficina y sin previo aviso le había besado apasionadamente, él muy gustoso la había estrechado contra su cuerpo y había respondido a su beso. Después de que ella lo culminara se acercó nuevamente a su escritorio y le tendió un papel con la dirección de un reconocido y lujoso hotel.

-Me interesa tu compañía Andrew, sería divertido poder mostrarte todo lo que puedo darte- aquello había sonado a promesa, pero el pronto descubrió que solo le ofrecía placer. . . placer y nada más. Habían quedado en verse en ese hotel y así lo hicieron, Andrew se sintió abrumado con la pasión de ella, pero respondió con la misma intensidad, lo que había traído como consecuencia el mejor encuentro sexual del que hubiese disfrutado en toda su vida. Luego de haber alcanzado el placer máximo, ella se había dirigido a la ducha y después de un baño se vistió.

-Podríamos quedarnos aquí, toda la noche- le había pedido entusiasmado, pero aquellos ojos que habían brillado de placer, volvían a ser fríos.-

Podríamos Andrew, pero no es mi estilo- y fue en ese momento cuando se dedicó a leerle la cartilla, por así decirlo. Le había dicho que había disfrutado mucho del encuentro, pero que si deseaba que siguiese repitiera, debía seguir sus reglas. ¡Esas malditas reglas las llevaba presente en cada instante de su vida desde ese momento!, Y aunque en ocasiones él quisiera saltárselas, ella sencillamente se las recordaba. Unas reglas que a su parecer eran absurdas, pero estaba dispuesto a seguirlas con tal de seguir disfrutando de su compañía.

Ella nunca dormía en una cama que no fuese la suya. . .Ella nunca metía a un hombre en su propia cama. . .Los encuentros serían en un hotel o en la casa de él, si así él lo quería. . .Ningún hombre dormía sobre sus sàbanas. . .Nunca se quedaba a dormir con nadie, ella amaba su soledad. . .En la oficina nada cambiaría, ella era la jefa y debía dirigirse a ella como señorita Way. . .No habrían besos, a menos que ella así lo quisiera. . .¡Era absurdo!,¡Todo era absurdo!, Pero era aceptarlo o alejarse de ella, y la respuesta era obvia. No estaba dispuesto a privarse del placer de su compañía, y conservaba la esperanza de que las cosas mejoraran entre ellos. ¡Tres semanas habían pasado y nada mejoraba!, ¡Comenzaba a sospechar que nunca lo harían!, ¡Ella siempre sería la señorita hielo, como solían llamarle los empleados a sus espaldas!

En ocasiones envidiaba a aquel hombre. . . aquel que había sido su primer amor. Según palabras de Johanna, él había disfrutado de una Vivian cariñosa, dulce, atenta, cargada de sueños y rebosante de risas. . . ¿dónde había quedado esa mujer?, Andrew daría la mitad de su vida por conocerla.

Su Vivian no era cariñosa, siempre era mordaz.

Nunca era dulce, por el contrario siempre era sarcástica.

Jamás era atenta, más bien era mandona y exigente.

No mostraba signos de conservar ningún sueño, ni siquiera estaba seguro de que los tuviera.

Y no era para nada rebosante de una hermosa risa; su risa siempre era burlona, y sus sonrisas eran cínicas e insolentes.

Nunca había conocido a esa dulce jovencita, pero a la que si conocía era a la mujer de hielo en la que se había convertido. Dura, fría, distante, calculadora, nada emocional, directa y práctica. Sin duda aquel hombre había conocido y se había llevado lo mejor de ella.

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