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Portada de la novela Herederos

Herederos

Emma y Deavid son obligados a casarse por imposición de sus progenitores, iniciando una relación marcada por el desprecio mutuo. No obstante, él desarrolla pronto una obsesión posesiva y un control asfixiante sobre ella. En medio de las intrigas palaciegas, ambos comprenden que el reinado es una condena devastadora. Este romance oscuro revela cómo la ambición y el poder real consumen a quienes portan la corona, exigiendo sacrificios que amenazan con destruirlos.
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Capítulo 2

—¡Aah!

me sobresalte y me incorpore con cuidado en la cama mientras intentaba regularizar mi respiración.

Otra vez la misma pesadilla

Mire la hora en el reloj digital que colgaba de mi pared.

06:18 a.m.

Me levanté con cuidado y caminé hasta el baño de mi habitación.

Me desnude y me metí en la ducha, deje que el agua fría corriera con fuerza sobre mí.

Necesitaba despertar, aun sentía que estaba hundida en esos recuerdos.

Los golpes y los gritos aun eran tan vividos, el respirar aún se me dificultaba.

Me vestí lentamente y me miré en el espejo frente a mí.

Suspire al verme con el uniforme.

Odio esto

Se suponía que el único que debía asistir a la academia es mi hermano mayor, me parecía irrazonable que yo, con tan solo 17 años tuviera que asistir solo por los malditos caprichos de Deavid.

Prefiero seguir estudiando desde casa que tener que ver su maldita cara todos los días.

Según las reglas todos los herederos al trono entran a la academia al cumplir los veinte años. Realizan dos años de entrenamiento en los diferentes campos en los que desarrollan sus habilidades e intelecto, para finalmente estar capacitados para ascender al trono.

Yo no era una heredera, la única cosa que heredaría sería tener un esposo imbécil para toda mi vida.

No era mi obligación asistir a la academia, podía hacerlo si se me antojaba, pero no estaba obligada a ello.

El problema es que Deavid se había negada a asistir si yo no estaba.

Y yo que pensé que me liberaría de él por dos años.

Al final fue Edward quien movió sus hilos para que pudiera entrar, y ahora con 17 años sería la estudiante más joven de la academia.

Pero el problema es que ni si quiera recibiré clases adecuadas, si no que más bien me darán clases de etiqueta.

(***)

Mire al chico frente a mí, su alta estatura no me dejaba más opción que estirar mi cuello para observarlo más detenidamente.

Su cabello castaño brillaba bajo la luz del sol, sus profundos ojos negros estaban fijos sobre mí. Tenía una mandíbula bien marcada y varios lunares por alrededor del rostro

Suspire. Lo aceptaba, es un tipo guapo.

De pronto las imágenes del sueño de anoche se reprodujeron por mi mente.

Aparte rápidamente la vista.

Después de aquella ocasión, no importaba cuanto Deavid intentara mejorara la relación, yo ya no quería saber más de él, el miedo aún seguía arraigado en lo profundo de mi mente, me parecía casi imposible el superarlo.

Aquel día fui llevada rápidamente al hospital, fue el mismo Deavid quien bajo conmigo en sus brazos luego de recuperar la razón. Por suerte no me rompió ningún hueso y no fueron más que algunos hematomas en el cuerpo.

Deavid por otro lado fue sometido a algunas pruebas y lo diagnosticaron con trastorno explosivo intermitente, desde entonces ha estado tomado medicamentos, así como también asistiendo a psicoterapia, aunque esta última parecía no funcionar.

Aquel día, aunque no fue el primer episodio que tuvo, si fue el más fuerte hasta ese entonces. Por lo que me explico su madre, la raíz del problema surgió en sus clases, no me dio muchos detalles, pero estaba más que nada enfocado en una chica que al parecer le gustaba.

Después de ello empezó a tomar clases particulares, negándose volver a su antigua academia, finalmente se terminó aislando y con las únicas personas con las que estuvo dispuesto a hablar eran sus padres y yo.

Me pidió disculpas aquella vez, pero aun así la sensación de sus golpes era un recuerdo que seguramente me perseguirán de por vida.

—Vamos— me llamo y apunto en dirección al avión.

Su mirada fría era persistente, no me quedo más que volver a retomar mi caminata.

Había aprendido a soportarlo con los años y ahora con 17 años de vida, en los cuales 10 años pase junto a él, había logrado aceptar que él era mi destino.

Un destino realmente deprimente.

Deavid era un chico despiadado, frío, bastante solitaria y muy amargado.

Me senté junto a él y esperé pacientemente el despegue del avión.

—¿llevas todo? — pregunto a lo que asentí — bien, no quiero que después te vengas a quejar de que algo se te olvidó ¿entendido? — pregunto y yo volví a asentir.

Minutos después termino por caer dormido y yo lo mire detenidamente.

Su cabello castaño estaba desaliñado y su boca ligeramente entreabierta, y a pesar de que estaba dormido aún mantenía el ceño fruncido.

Bufe y me acomode en mi asiento, Deavid para mí era como un laberinto que soy incapaz de resolver, tiene demasiadas encrucijadas y siempre me pierdo en él.

Él, quien decía odiarme tanto, es la misma persona que se niega a estar separado de mí.

Para el yo fui su ruina, pero también su nuevo amanecer.

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