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Portada de la novela Heredera renacida: El pacto de venganza del lobo

Heredera renacida: El pacto de venganza del lobo

Traicionada por su progenitor y envenenada por su propia sangre, una heredera perece en la indigencia. No obstante, el destino le otorga una segunda oportunidad al despertar cinco años antes, en su propia boda. Lejos de escapar de 'El Cetro', el feroz adversario de su linaje con quien comparte lecho, ella opta por un camino audaz. Para aniquilar a quienes la vendieron, le propone una alianza matrimonial inesperada. La hora de su implacable venganza ha llegado.
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Capítulo 1

La lluvia azotaba el cristal de la ventana del sanatorio, un tamborileo rítmico que sonaba como clavos sobre un ataúd.

Celeste Franco yacía paralizada sobre las sábanas rígidas y blancas.

Sentía el cuerpo pesado, como si estuviera lleno de plomo en lugar de sangre.

Intentó levantar un dedo.

No pasó nada.

Sus músculos se habían atrofiado hacía meses, dejándola prisionera en su propia piel.

La puerta de su habitación privada se abrió con un crujido.

Su padre, Elmore Franco, entró.

No la miró a la cara.

Miró el portapapeles que tenía en la mano.

Miró el monitor cardíaco que emitía un pitido constante y monótono.

Ese sonido era lo único que demostraba que todavía estaba viva.

"Es la hora", dijo Elmore al aire.

Sacó un bolígrafo del bolsillo de su pecho.

El clic del bolígrafo resonó en la silenciosa habitación.

Firmó el papel en el portapapeles.

Orden de no reanimar.

Celeste quiso gritar.

Quiso retorcerse, suplicar, preguntar por qué.

Pero su garganta era una caverna seca, sus cuerdas vocales inútiles.

Ophelia, su madrastra, salió de detrás de Elmore.

Llevaba puesto el collar de perlas favorito de Celeste.

Ophelia se inclinó sobre la cama, su perfume empalagoso y dulce enmascaraba el olor a antiséptico.

"Pobrecita niña rica", susurró Ophelia.

Le apartó el pelo de la frente húmeda y fría.

"Realmente pensaste que fue el accidente automovilístico, ¿verdad?"

Los ojos de Celeste se abrieron de par en par, la única parte de ella que aún podía moverse.

"Fue el té, querida", murmuró Ophelia, sus labios rozando la oreja de Celeste. "Igual que tu madre. Un veneno lento e insípido. Imita a la perfección la insuficiencia cardíaca".

El corazón de Celeste martilleaba contra sus costillas.

El monitor comenzó a pitar más rápido.

Agudo.

Frenético.

Ophelia soltó una risita, un sonido bajo y cruel. "Y estabas tan ciega. Tan preocupada por tu boda con Bryce. ¿De verdad creíste que te sería fiel? El hijo de Daniela ya tiene siete años. Y esa cuenta en el extranjero que Bryce abrió con la ayuda de tu padre... tu herencia pagó por su nidito de amor en las Caimán. Tú pagaste por todo, estúpida, estúpida niña".

Las palabras fueron como ácido, disolviendo la última de sus ilusiones. Un hijo. Un hijo de dos años. El lavado de dinero. Todo la aplastó de repente.

"Detén ese ruido", espetó Elmore.

Extendió la mano y arrancó el cable de la pared.

Los pitidos cesaron.

El silencio irrumpió, pesado y sofocante.

La visión de Celeste comenzó a nublarse por los bordes.

Puntos negros danzaban ante sus ojos.

Sus pulmones ardían por un aire que no llegaba.

El pánico, frío y agudo, atravesó su conciencia que se desvanecía.

Mataron a su madre.

La estaban matando a ella.

La oscuridad la tragó por completo.

Y entonces, jadeó.

El aire se precipitó en sus pulmones, violento y repentino.

Celeste se incorporó de golpe en la cama, con el pecho agitado.

Se arañó la garganta, esperando sentir el tubo fantasma, la sequedad de la muerte.

Su piel estaba cálida.

Su garganta estaba lisa.

No estaba en la estéril habitación blanca.

Estaba rodeada de sábanas de seda.

Sobre ella colgaba un candelabro de cristal, capturando la luz de la mañana en mil prismas.

Esto era una habitación de hotel.

Una habitación de hotel muy cara.

Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo en sus oídos.

Se miró las manos.

No estaban consumidas y delgadas.

Estaban cuidadas, la piel rebosante de vida.

Un teléfono vibró en la mesita de noche.

Lo agarró, sus dedos temblaban tanto que casi se le cae.

La pantalla se iluminó.

12 de septiembre.

Cinco años atrás.

El día de su boda.

Celeste se quedó mirando la fecha, con la respiración contenida en la garganta.

No estaba muerta.

Estaba de vuelta.

Un gemido bajo provino del otro lado de la enorme cama.

Celeste se quedó helada.

Su sangre se convirtió en hielo.

Giró la cabeza lentamente, las vértebras de su cuello crujieron.

Un hombre yacía a su lado.

Estaba tumbado boca abajo, con la sábana recogida en su cintura.

Su espalda era un paisaje de músculo y tinta, un gran tatuaje de un lobo que abarcaba su omóplato.

Se movió, girando sobre su espalda.

Basile Delgado.

El enemigo de la familia Franco.

El hombre que destruiría la compañía de su padre en tres años.

El hombre al que todos llamaban el Lobo de Wall Street.

Recuerdos de su vida pasada —su primera vida— se estrellaron en su mente.

La noche antes de su boda.

La habían drogado en su despedida de soltera.

Se había despertado aquí.

Había gritado.

Había salido corriendo al pasillo envuelta en una sábana, directamente hacia un muro de paparazzi.

El escándalo la había despojado de su herencia.

Fue la primera ficha de dominó en la fila que la llevó a su muerte en aquel sanatorio.

Basile abrió los ojos.

Eran de un gris tormenta, agudos e instantáneamente despiertos.

No había somnolencia en su mirada, solo una evaluación fría y depredadora.

La miró como si fuera una intrusa.

"Fuera", dijo.

Su voz era un murmullo profundo, áspero por el sueño.

"Fuera, señorita Franco".

Celeste se mordió el labio.

Se lo mordió con fuerza, hasta que sintió el sabor metálico de la sangre.

El dolor la anclaba a la realidad.

Era real.

Esta vez no iba a huir.

Pensó en Elmore desconectando el enchufe.

Pensó en el susurro de Ophelia.

El miedo era un lujo que ya no podía permitirse.

Se subió la sábana de seda hasta la clavícula, cubriendo su desnudez.

Enfrentó la mirada de Basile.

No se inmutó.

"No", dijo Celeste.

Su voz era ronca, pero no tembló.

"No me voy, Basile".

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