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Portada de la novela Un multimillonario desalmado: nunca debió haberla dejado ir

Un multimillonario desalmado: nunca debió haberla dejado ir

Brandon y Millie disfrutaban de una intensa pasión hasta que un diagnóstico médico alteró su destino. Creyendo que a su amante le quedaba poco tiempo, él forzó el divorcio mediante un engaño. Sorprendido por la gélida aceptación de Millie, él no imagina que ella abortó en secreto antes de huir. Ahora, hundido en la miseria tras su error, el magnate la busca incansablemente, suplicando el perdón de la mujer que despreció y que hoy desea recuperar.
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Capítulo 2

Al día siguiente, Brandon esperaba dentro de su Maybach frente al juzgado, tamborileando los dedos de la mano izquierda sobre el volante mientras revisaba el reloj por quinta vez.

La voz de una mujer mayor sonó a través del altavoz del celular: "Brandon, Millie y tú ya llevan un año de casados, ¿no crees que es hora de que piensen en tener un bebé?".

El rostro de Brandon se suavizó. A pesar de la punzada de frustración que sintió, su tono se mantuvo paciente.

"Abuela, todavía somos jóvenes, no hay ninguna prisa. Ustedes concéntrense en su salud. El estado de mi abuelo…".

"¿Cómo que no hay prisa?", lo interrumpió su abuela, con evidente molestia en la voz. "Puede que tu abuelo esté mejor, pero nosotros nos hacemos viejos. No sabemos cuánto tiempo nos queda".

"Abuela…", murmuró él, intentando aplacarla.

"¡No me cambies el tema! He oído cosas, Brandon. Pase lo que pase entre ustedes, trata bien a Millie".

Un silencio de varios segundos flotó en la línea.

"Brandon, ¿me estás escuchando?", insistió.

Brandon se frotó la frente, en un gesto de frustración. "Sí, abuela, entendido".

Intercambiaron unas pocas palabras más antes de que él colgara.

Brandon reanudó el tamborileo sobre el volante, pero con un ritmo más lento, ausente. Fijó la vista en el edificio del registro civil a través del parabrisas y apretó la mandíbula.

Abrió la mensajería en su teléfono.

Su pulgar se detuvo sobre una foto de perfil familiar: una sencilla imagen de flores con el nombre "Mi Amor". La ignoró y abrió la conversación con Millie.

El último mensaje que le había enviado era un escueto recordatorio de la hora y el lugar para formalizar el divorcio.

Ella todavía no había llegado.

Con el ceño fruncido, Brandon envió un nuevo mensaje: "¿Dónde estás?".

Un golpe en la ventanilla sonó casi al instante. Se giró y vio a Millie de pie afuera, con el rostro pálido.

Ella abrió la puerta y se deslizó en el asiento del copiloto. Lo miró, con el rostro desprovisto de toda expresión.

Él no se había cambiado de ropa desde el día anterior; llevaba el mismo atuendo que ella le había elegido.

Durante años, siempre fue Millie quien escogía sus corbatas, seleccionaba su perfume y organizaba cada detalle, hasta el ajuste de sus camisas y trajes hechos a medida.

"¿Por qué llegas tarde?", preguntó Brandon.

Millie desvió la mirada.

"No llego tarde", dijo en voz baja.

Simplemente ya no era esa mujer que solía llegar antes solo para esperarlo.

Brandon dejó de tamborilear. La observó, entrecerrando los ojos.

Estaba pálida; quizá por una noche en vela después de que él mencionara el divorcio la noche anterior.

Aun así, parecía estar bien.

"Mi abuela llamó antes", dijo Brandon sin mirarla. "No les digas nada del divorcio. Son demasiado mayores para soportar un disgusto así".

Millie no respondió de inmediato. En lugar de eso, preguntó: "¿Qué te dijo tu abuela?".

"Quiere que tengamos un bebé", respondió Brandon secamente, con un matiz de irritación en la voz.

El silencio se instaló en el auto.

Tras un momento, Millie soltó una risa suave, contenida.

Brandon apretó el puño y giró el rostro hacia la ventanilla.

Hubo un tiempo en que había imaginado cómo sería su hijo.

Recordaba abrazarla por la espalda, posar una mano con delicadeza sobre su vientre y susurrarle: "Millie, ¿cuándo me vas a dar un bebé?".

Pero nunca ocurrió.

De todos modos, siempre podrían volver a casarse en seis meses y empezar a planearlo. Todavía habría tiempo.

Vivian, en cambio, no tenía ese lujo. Le quedaban solo seis meses de vida.

Afuera, los peatones seguían su rutina, ajenos al mundo que se desmoronaba dentro del auto.

Entonces, Millie rompió el silencio. "Una vez más, Brandon. ¿Estás completamente seguro de que quieres seguir adelante con esto?".

"¿Te estás arrepintiendo?", espetó él, visiblemente alterado.

Vivian lo esperaba en su estudio.

Ante su tácita confirmación, Millie no dijo una palabra más. Sacó un documento de su bolso y se lo entregó.

Él lo tomó y, con el ceño fruncido, hojeó las páginas. Era un acuerdo de separación de bienes.

"Si vamos a divorciarnos, debemos dejar todo claro", prosiguió con voz firme. "Solo tomaré lo que me corresponde de la familia Watson. De ahora en adelante, los ingresos que genere cada uno serán exclusivamente propios".

Luego, Millie sacó un bolígrafo y lo dejó a su lado.

"Si estás de acuerdo, fírmalo".

La mirada de Brandon permaneció fija en el documento, su ceño frunciéndose aún más a medida que leía.

El acuerdo era sorprendentemente simple. En realidad, no pedía casi nada. Y la firma de ella ya estaba allí.

No lo entendía.

¿Qué pretendía con esto? Al final, solo era un divorcio temporal.

Vivian tenía los días contados, y él planeaba acompañarla en ese tiempo. Después, volvería con Millie. Nadie tenía por qué saber que se habían divorciado.

Para él, Millie siempre había sido incondicionalmente leal.

Brandon nunca la había considerado una persona con orgullo o límites.

Hubo un tiempo en que, aburrido, la empujó deliberadamente a hacer cosas que herían su orgullo.

Pero Millie nunca se negaba.

Siempre volvía con una sonrisa amable, mostrándole el resultado como si fuera un trofeo. "Brandon, mira, lo conseguí. ¿No es genial?".

Era una buena esposa. Sumisa. Siempre dispuesta. Durante siete años, él había sido testigo de lo mismo una y otra vez.

Si no fuera por Vivian, su matrimonio probablemente habría continuado igual.

Pero…

Un recuerdo fugaz le dio una punzada en el pecho: Vivian, débil, tosiendo sangre, pero aun así intentando sonreír. El dolor era agudo, imposible de ignorar.

Brandon volvió la vista hacia la ventanilla.

El reflejo de Millie le devolvió la mirada: un rostro vacío, carente de emoción.

¿Era esa su forma de amenazarlo?

Después de todo, ya una vez había falsificado mensajes para inculpar a Vivian.

La odiaba.

Con una risa seca, Brandon tomó el bolígrafo y estampó su firma en el documento.

Nadie podía obligarlo. Ni siquiera ella.

Había dos copias del acuerdo.

Millie tomó la suya con calma después de que él firmó ambas.

Ambos bajaron del coche y entraron en el juzgado. Juntos, iniciaron los trámites del divorcio.

La próxima vez que volvieran sería para finalizar el proceso y recoger el acta de divorcio.

Una vez concluidos los trámites, salieron juntos del edificio.

El sol picaba con fuerza y el calor se sentía sobre la piel de Millie.

Brandon observó a la gente que iba y venía.

No era difícil distinguir a las parejas que entraban para casarse de las que salían ya divorciadas. Algunos elegían el juzgado para casarse.

Unos novios pasaron a su lado, tomados de la mano.

La sonrisa de la mujer le recordó a Brandon la expresión de Millie el día de su boda, un año atrás.

Miró a su esposa, pero ella mantenía una expresión inescrutable.

"Seguiré transfiriendo dinero a tu cuenta durante los próximos seis meses", dijo él. "Y no les digas nada a mis abuelos".

No esperó su respuesta. Se dio la vuelta y se marchó sin más.

Millie se quedó inmóvil, en silencio, observando cómo el auto de Brandon desaparecía al doblar la esquina.

Su taxi llegó poco después.

Y así, cada vehículo tomó una dirección opuesta.

Uno se dirigió a la floristería Vivian Floral Design; el otro, al Hospital Crobert.

...

Brandon entró en el estudio de Vivian, quien lo recibió con una sonrisa amable.

"Ya está hecho", le dijo él. "No hizo ninguna escena".

Mientras tanto, Millie entró en el consultorio de ginecología y se sentó en silencio frente a la doctora.

Esta se inclinó y corrió la cortina que los separaba.

"Millie…", comenzó su mejor amiga y doctora, Alexia Hussain, mirándola con preocupación. "¿Estás segura de que quieres interrumpir el embarazo? Estabas tan decidida a tener este bebé. Te esforzaste tanto para prepararte para concebir…".

Millie sacó de su bolso el resguardo de la solicitud de divorcio y lo deslizó sobre el escritorio.

"Sí", respondió con una calma gélida. "Vamos a interrumpirlo. Ya no lo quiero".

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