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Portada de la novela ¡He Pecado!

¡He Pecado!

Tras quedarse sin empleo y sufrir la traición de su pareja y su mejor amiga, Ámbar Hobbs busca refugio en la fe. Sin embargo, su encuentro con el atractivo sacerdote Samuel Thompson despierta en ella una obsesión peligrosa. Decidida a seducirlo, Ámbar pone a prueba la devoción del clérigo, quien comienza a cuestionar sus votos ante un deseo irrefrenable. Entre sombras y confesiones, ambos se rinden a una pasión prohibida que amenaza con destruirlo todo.
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Capítulo 2

Samuel Thompson, terminaba su rutina matutina, asegurándose de que todo en el templo estaba listo, se encaminó al altar con la intensión de inclinarse y elevar plegarias de agradecimiento, cuando escuchó el sollozo de aquella mujer, se acercó lentamente a ella, su rostro cubierto por sus temblorosas manos, mientras su cuerpo se convulsionaba de llanto, aparentemente no lo estaba pasando nada bien.

Un alma quebrantada en busca de nuestro Señor.

Extendió su mano y la colocó en el hombro de la jóven.

—¿Necesitas ayuda, hija mía?— la mujer elevó su rostro y le miró, se conmovió, al ver las lágrimas cubriendo sus mejillas, aquellos lindos ojos color miel le miraron con confusión.

Ámbar, le miró confundida, tratando de comprender quién era aquel hombre... un sacerdote, obvio que un sacerdote, sus vestiduras así lo señalaban... ¡Rayos, pero era un sacerdote muy ardiente!, ¡perdóname Dios mío!—penso— Pero te has quedado uno de los mejores para ti; alto, muy alto, hermosos ojos verdes con un brillo especial en ellos, mandíbula marcada y una barba muy corta, bien cuidada, una nariz perfecta y unos labios... ¡demonios!, esos labios eran perfectos para ser besados.

En cuanto lo vió, sus múltiples problemas fueron lo último en lo que pensó, no paraba de llegar a ella una serie de pensamiento... de muy malos pensamientos, unos que escandalizarían al mismísimo Vaticano en pleno.

¡Perdóname Dios mío, me la has puesto difícil!

Recorrió las vestiduras del hombre, imaginando lo que se escondía debajo... ¡Maldit*s pensamientos lascivos!, todo era culpa de sus seis meses y trece días, que acumulaba sin sexo... si, demasiado tiempo, para alguien tan activa sexualmente.

¡Es un sacerdote, Ámbar, controla tus lujuriosos pensamientos, es un sacerdote!...

¡Uno muy ardiente!

¡Después ando llorando, sin comprender qué he hecho para enojar tanto a Dios!

¡PECADORA! se señaló a sí misma.

—¿Hija... está todo bien?

—Lo siento, padre... No, nada está bien— se secó las lágrimas — últimamente todo me sale mal—el hombre le regaló una tierna sonrisa, y aunque era la típica sonrisa de consuelo a un niño, a ella le había parecido muy sexy... el sacerdote en general era endiabladamente sexy....

—Pruebas del Señor, en ocasiones ocurren para que te acerques a él.— su voz era profunda, tierna, sin dudas una voz de doble filo, podría fácilmente imaginarselo consolando a un niño ó a cualquier semejante, pero podría igual de fácil imaginarselo en un ambiente más... intimo y sudoroso.

¡Perdón, Dios mío!

—Mis pruebas parecen castigos —sonrió—quizas me los merezco— lo miró a los ojos— no soy una buena hija después de todo.

—Aún así, tenemos un padre amoroso, que siempre nos da nuevas oportunidades— le colocó una mano nuevamente en el hombro, y de inmediato un escalofrío recorrió su espina dorsal.—¿Quieres confesarte?

¡DEBERÍA!

Gritó su interior, después de haber tenido esos pensamientos tan pecaminosos, debería hincarse de rodillas y clamar el perdón de Dios.

—No ahora, padre— negó sonriendo.—quizás, otro día.

—Dios nos abre los brazos todos los días, la decisión es nuestra— Ámbar asintió. —puedes venir cada vez que necesites refugio, hija mía, la casa del señor es para todas las almas abatidas.

—Gracias, padre—asintió.— quizás decida venir más seguido.

—Bienvenida serás siempre... ¿Cuál es tu nombre, hija?

—Ámbar, Ámbar Hobbs. ¿Y el suyo?

—Soy el sacerdote Samuel Thompson, pero no es adecuado llamarme por mi nombre, puedes llamarme Padre Samuel— le sonrió causándole nuevamente escalofríos.

—Samuel... cómo el profeta—el hombre sonrió complacido de su conocimiento.

—Como el profeta—asintió.— historias similares, mi madre no podía tener hijos, por más que lo había intentado no lograba quedar en embarazo, pero suplicó al señor la bendición de ser madre, y heme aquí, decidió llamarme Samuel.

—Y usted decidió honrar el nombre—asintió—¿ o fue decisión de su madre?

—Mi madre siempre ha sido una mujer religiosa, tiene un corazón bondadoso para el prójimo, y siempre me inculcó el amor al Señor y dejó bastante claro su deseo de que fuese un hombre de Dios, pero la decisión de ser sacerdote fue mía—sonrió— al igual que Samuel, seguí mi llamado.

—Interesante historia, padre. Debo irme—se puso en pie de un salto, no podía dejar de mirar aquellos verdes ojos que tanta inquietud le estaban causando.

—¿Sin decirme que te ha llevado a las lágrimas, hija mía?

—Me han despedido —señaló la caja con sus cosas— he perdido a mi novio, mi mejor amiga se mudo lejos, mis padres prefieren estar lejos de mi, viviendo la vida que según ellos les arrebaté, tengo un contacto casi nulo con mi hermano menor, una casa la cual compartía con mi novio, y con la que a penas podía cubrir los gastos, gastos que no podré seguir pagando si no encuentro un empleo pronto... la vida se me cae a tajos, padre. Entré a la iglesia buscando... un poco de paz, en un momento de desesperación.

—Ningun lugar mejor para buscar esa paz que necesitabas.

—Padre, ¿puedo darle un abrazo?— ¡Ay no!, ¿ en serio le había pedido un abrazo al sacerdote?, ¿ es que acaso quería asegurar su pase al infierno?, ¿o quería enojar aún más a Dios?.—es que... me siento tan sola.

—Claro, hija mía— ¡Dios, entiéndeme, él tampoco colabora mucho!, pensó antes de echarse a sus brazos. El sacerdote la abrazó con cariño—¡Todo estará bien, el Señor te dará la solución a todos tus males!— le dijo, y Ámbar cerró los ojos disfrutando del abrazo y permitiéndose aspirar el olor a jabón del cuello del hombre.

—Gracias, lo necesitaba— dijo retirándose. —volveré pronto, padre.

—Siempre serás bienvenida, vé con Dios.— Ámbar asintió, tomó la caja con sus cosas y salió a toda prisa, esos maldit*s pensamientos pecaminosos la instaban a quedarse abrazada a aquel hombre.

—¡No lo hagas Ámbar!— se susurró para sí, mientras salía de la iglesia—¡No puede interesarte un hombre de Dios!, ¡pecadora, lujuriosa!

Aquel hombre con aire prohibido e inocente, había despertado en ella un deseo nada religioso, meramente carnal y pecaminoso. Se giró devolviendo la vista al templo y un escalofrío la recorrió. Nunca le había pasado algo igual, ningún hombre había logrado despertar algo así, tan pronto, tan abrupto...

¡Pecadora, Ámbar Hobbs, pecadora!

Perdón Dios mío, he pecado...

Y aquellos malos pensamientos no serían sino el inicio de una larga cadena de pecados tan ardientes como las mismísimas llamas del infierno.

*********

Amores mío, cuéntenme ¿Qué les va pareciendo la historia?, dejen sus opiniones amo leerlos.

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