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Portada de la novela Hasta que vuelvas a mi

Hasta que vuelvas a mi

Megan y Gabriel forjaron un vínculo ideal desde sus días universitarios. Tras la boda, ella abandonó sus metas profesionales para cuidar de sus dos hijos y del hogar, cumpliendo las expectativas de su marido. No obstante, la armonía se quiebra cuando sale a la luz la infidelidad de Gabriel. El hombre afectuoso se esfuma, convirtiendo la unión en un tormento insoportable. Megan ahora encara la verdad: su perfecta vida familiar no era más que un espejismo.
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Capítulo 1

Hace siete años contraje matrimonio, a la edad de veintiún año, con el amor de mi vida, después de tres años noviazgo, mi primer novio, mi primera vez, mi primer amor.

La vida juntos era una maravilla, al menos eso podía decir antes. Acordamos tener hijos luego de que yo terminara mi carrera de Periodismo.

A la edad de veinticuatro años tuve mi primer hijo junto a Gabriel. Un niño, su nombre fue Samuel, un hermoso y adorable niño. Cuando Samuel nació, Gabriel me dijo que valorara la posibilidad de no ejercer mi carrera, para dedicar tiempo a nuestro hijo y al hogar, para que lo hiciera su madre y no otra persona. He de decir que yo no era una mujer muy hogareña, yo era mas de salir de casa, conocer lugares, quedar con los amigos y viajar. Pero ahora no solo era una esposa, era madre.

Dejé de lado mi carrera, sin ejercerla y me convertí en ama de casa, aprendiendo infinitas cosas de las que no tenía la más mínima idea, pero que ahora era una experta.

Cuando estaba por cumplir mis veintiséis años, volví a quedar embarazada, esta vez de una niña, una hermosa niña, a la que llamamos Aura. Era hermosa.

El matrimonio se volvió ajetreado con dos niños, menos vida social, más familiar y demasiadas cosas que hacer.

Gabriel, por su parte, iba ascendiendo de manera impresionante en su trabajo, era contable. Y en estos últimos años nuestra economía había mejorado a una escala asombrosa, increíble y para nada realista. Habíamos pasado de ser, ¿cómo decirlo? Una familia trabajadora, de esas que si dejan de trabajar se funden los ahorros, a una familia con lujos y nada de qué preocuparse. Todo gracias al esfuerzo de mi esposo.

Pero mientras las cosas mejoraban, nuestro matrimonio iba en decadencia.

A mis veintiocho años, con un niño de cuatro años y una niña de dos años, con un esposo de treinta y cinco años, apuesto, hermoso y muy carismático, mi vida sexual estaba por los suelos.

Llegaba la noche y con ello la esperanza de que Gabriel no llegara muy cansado, para ver si así podíamos intimar. Los besos, eran muy simples, nunca sentía el roce de su lengua o sus labios humedecer los míos, solo juntábamos los labios por unos segundos y ya nos habíamos besado, me abrazaba en las noches y nada mas.

Creo que… hace un mes que no me tocaba.

—Gabri.—toqué sus brazos que eran lo más cercano a mi.—¿Estás muy cansado?

Aquella era la típica pregunta que hacía cada noche, obteniendo la misma respuesta con algunas variantes.

Mi esposo me atraía, me excitaba y probaba deseos en mi, pero creo que yo ya no hacía lo mismo y eso me perturbaba cada noche en la que solo me calentaban las sábanas con las que cubría mi cuerpo lujurioso.

—Si, he trabajado mucho hoy.—como cada día.—¿Qué pasa?

—Nada.—respondí con desilusión —Solo quería pedirte un beso antes de que me durmiera.

—Claro.—se acercó y unió sus labios a los míos por un par de segundos, ya con eso había cumplido.—Descansa.

Y después de eso, me llegaba la culpa. Es decir, era un buen hombre, ponía el plato en nuestra mesa cada día gracias a su trabajo, no teníamos que preocuparnos por nada, teníamos buenos ahorros y nuestra familia estaba sana.

Yo no tenía ningún derecho a levantar la más mínima queja. ¿O sí?

Dieron las siete de la mañana.

Mi cuerpo ya se levantaba sin necesidad del despertador, lo mas común era que mis ojos estuvieran abiertos antes de que este sonara.

Buscar la ropa de los niños, vestirlos, preparar el desayuno, asegurarme de que no ensuciaran su ropa durante el desayuno, hacerle el café a Gabri, junto con sus tostadas de cada uno y a las siete y cuarenta salir con los niños, Samuel al colegio hasta las dos y Aura a la guardería hasta las doce.

Siempre me iba primero que Gabri. Tomaba las llaves del coche, a los niños y me acercaba para darle un beso mientras él comía su tostada.

—Buenos días, Patty.—saludé a mi vecina, yo llevaba a su niña al colegio, puesto que iba al mismo que Samuel y eso no me costaba, ella tenía que trabajar.—Ah, se me ha quedado el móvil dentro, ve entrando a Alma al coche, ya regreso.

—Aquí te espero, Megan.

Corrí hacia la casa y abrí la puerta, yendo para el salón, quizás mi móvil estaba allí o en la habitación de los niños.

—Mi amor, iré esta tarde hasta la noche.—escuché hablar a Gabri y casi respondo, creyendo que se refería a mi, pero estaba al teléfono. Caminé en silencio cerca de la cocina, escuchando su conversación. Mi corazón iba muy deprisa y cubría mi boca para no gritar del dolor que esto me causaba.—No te preocupes. Te tengo un regalo. Será sorpresa. ¿Recuerdas ese vestido color vino tan sexi y provocador? Póntelo esta noche, quiero vértelo, para poder quitártelo.

Gabriel Martínez me estaba siendo infiel.

Pegué mi cuerpo a la pared, haciéndole frente a esta horrible sensación que recorría mi cuerpo, guié mis pasos hacia la puerta y salí despacio.

Ya era tarde.

Primero llevé a Samuel y Alma al colegio, luego pasé por la guardería a dejar a Aura.

Mi mente estaba perturbada y no encontraba como asimilar el hecho de descubrir que mi esposo no me tocaba porque tenía una amante.

¿Cuanto tiempo llevaba en eso? ¿Por qué nunca lo pensé? ¿Cómo es que no me di cuenta? ¿Quién era esa mujer?

Tantas preguntas rodeaban mi mente que no me podía concentrar en una sola.

¡Qué diablos!

¡Mi esposo tenía una amante!

¿Eso cómo se afronta? ¿Se habla? ¿Se calla? ¿Se revela o se ignora?

No tenía la más mínima idea.

Regresé a casa y comencé a buscar mi móvil, tenía que hablarlo con alguien o me iba a secar y consumir de tanto llorar.

Encontré el celular en el baño y llamé a Camila, mi amiga, la única de muchas que antes tenía, que fui perdiendo por estar sumergida en la vida de casados o de padres.

Ahora me ponían los cuernos.

—Camila.—dije entre lloriqueos.—Camila.

—¿Pero qué pasa, Megan? Cálmate y dime. ¿Estás bien? ¿Los niños estan bien? ¿Gabriel está bien?—seguí llorando en la llamada. —¡Me asustas! Por favor, dime algo antes de que tome un vuelo hacia allá.

—Lo siento, lo siento. No quise asustarte. Todos están bien, Gabri mas que nada. La que está mal soy yo.

—¿Qué ha pasado? Deja de llorar y cuéntame ya. Me muero de la angustia.

—Gabri me está siendo infiel.—ella se quedó en silencio, dándome tiempo para que yo me controlara y siguiera hablando.—Lo escuché hablar hace una hora sobre vestidos sexi, desvestir, salir, regalos y no sé qué mas.

—¡Maldito infeliz! ¿Qué vas hacer?

—Te llamo porque no sé que hacer. No lo sé. Quiero llamarlo y gritarle que lo sé, pero también quiero calmarme. Quiero pensar. Solo quería decírselo a alguien.

—Gracias por contarme, Megan. No sé que decirte que hagas, no he tenido esa experiencia. Pero creo que es certero pensar y calmarte. Quizás confrontarlo sea lo mejor, pero con más pruebas. Pero no solo eso, si lo vas a confrontar, debes de saber qué harás después.

—Todo es tan confuso. No me lo puedo ni creer, me siento desbastada.

—Me lo imagino, pero eres fuerte. Podrás con esto, piénsalo y luego actúa. No actúes sin antes pensar.

Terminé de hablar con Camila y me senté a pensar.

¿Qué hago ahora?

Seguro confrontarlo, pero ¿qué hacer después de confrontarlo?

Tenía que pensar en eso.

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