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Portada de la novela Habla Con Mi Marido

Habla Con Mi Marido

Después de fallecer en un siniestro junto a Ricardo, regreso misteriosamente diez años al pasado. Decidida a cambiar mi destino, me convierto en una arquitecta de éxito y corto lazos con su toxicidad. Sin embargo, en una reunión escolar, él y Jimena intentan humillarme llamándome fracasada. Su arrogancia se desmorona cuando Alejandro Castillo, un poderoso magnate, aparece junto a nuestro hijo para buscarme, revelando ante todos mi imponente realidad.
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Capítulo 2

El aire acondicionado del salón de eventos apenas podía contra el calor húmedo de la noche y el bullicio de tantas personas juntas. Llevábamos cinco años de habernos graduado de la carrera de arquitectura, y a alguien se le había ocurrido organizar una reunión de generación. Una idea terrible.

Me sentía fuera de lugar, con mi vestido sencillo y mi maquillaje discreto. Miraba a mis excompañeros, ahora convertidos en extraños que presumían sus logros, sus viajes y sus familias perfectas.

Para mí, este reencuentro era un eco de una vida que ya no existía, una que había terminado abruptamente en el rechinido de llantas y el estruendo de metal retorciéndose.

Un recuerdo fugaz cruzó mi mente: la lluvia torrencial, los faros de un camión viniendo de frente, y la mano de Ricardo apretando la mía con fuerza antes de que todo se volviera negro.

Cuando desperté, no estaba en un hospital. Estaba en mi antiguo cuarto de la residencia estudiantil, con el sol de la mañana entrando por la ventana y el calendario en la pared marcando una fecha de diez años en el pasado. Un día antes de conocer a Ricardo por primera vez.

El pánico inicial dio paso a una extraña calma. El universo, o lo que fuera, me había dado una segunda oportunidad. Y no pensaba desperdiciarla.

En esa vida anterior, yo lo había dado todo por Ricardo. Había abandonado mis propios sueños de ser una gran arquitecta para apoyarlo en su carrera musical. Trabajé en empleos mediocres para pagar las cuentas, el estudio de grabación, sus guitarras. Soporté su frustración, sus malos humores, su egoísmo. Todo para que al final, cuando su carrera no despegó, me culpara a mí. Me dijo que yo era un ancla, que por mi culpa no había triunfado. Y cuando le supliqué que tuviéramos un hijo, se rio en mi cara. Dijo que un hijo sería el último clavo en el ataúd de sus sueños.

Ese desprecio, esa humillación, fue lo que finalmente rompió algo dentro de mí. El accidente ocurrió poco después de nuestra separación.

Pero ahora, en esta nueva línea de tiempo, tomé una decisión.

Durante los últimos cinco años, evité a Ricardo como a la plaga. Me concentré en mis estudios, me gradué con honores, y entré a trabajar en una de las firmas de construcción más prestigiosas del país. Mi vida era tranquila, ordenada, y por primera vez en mucho tiempo, era mía.

De repente, un murmullo recorrió el salón. Las cabezas se giraron hacia la entrada.

Ahí estaba él.

Ricardo.

No se veía como el músico frustrado que yo recordaba. Vestía un traje caro, hecho a la medida, y una sonrisa arrogante adornaba su rostro. A su lado, colgada de su brazo, estaba Jimena. Su "amiga" de toda la vida. La misma que en nuestra vida pasada siempre estaba ahí para sembrar cizaña, para decirle al oído que yo no era suficiente para él.

"¡Es Ricardo!"

"¡Wow, se ve increíble!"

"Dicen que le va súper bien, que dejó la música y ahora es inversionista de bienes raíces. Está forrado en lana."

Las voces a mi alrededor confirmaban lo que mis ojos veían. Ricardo había triunfado en esta vida, pero por un camino completamente diferente. Y a su lado, Jimena, con un vestido de diseñador que gritaba "mírame", sonreía como la dueña del mundo. Y del brazo de Ricardo.

Se movían por el salón como la realeza, saludando a unos y a otros. Ricardo hablaba con seguridad, con un aire de superioridad que nunca tuvo como músico fracasado. El dinero le sentaba bien, o al menos, le daba la confianza que siempre anheló.

Los vi acercarse a un grupo cerca de mí. Alguien le preguntó por mí.

"Ah, Sofía", dijo Ricardo, con un tono de voz que intentaba sonar casual, pero que destilaba indiferencia. "Sí, creo que la vi por ahí. Éramos... algo, en la universidad. Ya saben, cosas de chavos."

Jimena soltó una risita calculada.

"Ay, Ricardo, no seas modesto. Tú siempre fuiste demasiado para ella."

Mi estómago se revolvió. Eran las mismas palabras, la misma manipulación. Nada había cambiado.

Finalmente, sus ojos se encontraron con los míos. La gente a mi alrededor se dio cuenta y empezaron los susurros.

"Mira, ahí está Sofía."

"Pobrecita, se ve tan... simple."

"Comparada con Jimena, pues sí. Se nota que a ella no le fue tan bien."

Ignoré los comentarios. Mantuve la barbilla en alto, observando cómo Ricardo y Jimena se acercaban, como dos depredadores que han localizado a su presa.

Ricardo me miró de arriba abajo, su expresión era una mezcla de lástima y arrogancia.

"Sofía. Qué milagro verte por aquí."

No respondí.

"Oye", continuó, bajando la voz como si me estuviera haciendo un gran favor. "¿Andas buscando chamba? Porque justo estoy expandiendo mi empresa. Te podría dar un puesto de asistente, algo sencillo. Para que te ayudes."

Para enfatizar su punto, metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un fajo de billetes. Lo puso sobre la mesa frente a mí.

"Toma. Para que te compres algo bonito. Se ve que te hace falta."

El murmullo a nuestro alrededor se intensificó. La humillación era pública, intencionada.

Miré el dinero sobre la mesa. Un torrente de recuerdos amargos me inundó. Recordé las veces que le había rogado por dinero para la despensa mientras él se compraba una guitarra nueva. Recordé haber vendido en secreto los bocetos de mis proyectos de la universidad para poder pagar la renta del departamento que compartíamos. Recordé el hambre, la angustia, el sacrificio.

Todo ese dolor, toda esa rabia, se concentró en una sola idea, clara y afilada.

Nunca más.

Levanté la vista y lo miré directamente a los ojos. Mi voz, cuando hablé, fue tranquila, pero firme.

"Guárdate tu dinero, Ricardo."

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