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Portada de la novela Fürsten

Fürsten

Nacidos como un milagro de la corona, los príncipes gemelos destacan por su intelecto y un vínculo inquebrantable. Su destino cambia drásticamente al descubrir que deben compartir a la misma Luna. Esta revelación pondrá a prueba su temperamento y lealtad mientras enfrentan peligros externos. En una travesía llena de acción e instintos, los hermanos lucharán por proteger lo que aman bajo un mismo sino, enfrentando amenazas que acechan su futuro y su unión.
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Capítulo 2

OLIVIA

El reflejo en el espejo me aprieta el corazón, han pasado dos días de la paliza que me dió mi padre y los hematomas morados aún adorna mi labio y pomulo.

Al ser omega mi curación no es tan efectiva o rapida como un lobo normal, lo que a ellos les tardaría horas en sanar yo demoro al menos dos días. Y con la cantidad de golpes que tuve, estaré al menos una semana con las marcas y dolores aún en mi cuerpo.

El sonido de la puerta siendo abierta y un suspiro abandona mis labios cuando salgo del baño acercándome al cuarto. La figura de Pamela aparece junto a una bandeja que coloca sobre el velador y el aroma a comida inunda mis fosas nasales. 

–Te traje comida –dice volteando a verme–. No deberias estar de pie.

La ignoro y camino hacia el colchón dejandome caer con cuidado y haciendo una mueca cuando mis costillas tiran ante el esfuerzo. 

–Gracias –digo tomando el plato de patatas con pollo.

–¿Has tomado algo para el dolor? –el avispo de preocupacion me hace fruncir el ceño y verla–. No puedes estar tantos días fuera, debes trabajar.

Me rió bajito y llevo una cucharada a mi boca.

–No tengo nada para tomar así que...

Me encojo de hombros masticando lentamente con mis papilas gustativas disfrutando del sabor de la comida, solo me han dado comida una vez al día y agradezco que al menos la racion sea grande. 

Las costillas ya comienzan a marcarse en mi pecho y las claviculas igual, así que al menos así no disminuiré tan drasticamente de peso.

–¿Has estado sintiendo dolor estos ultimos dos días? –el mismo tono preocupado me hace alzar la vista y un deje de compasion se ve en sus ojos –. Pero...

–Está bien –sigo comiendo–. Ya estoy acostumbrada.

Asintió no muy segura sin quitarme los ojos de encima mientras terminaba de comer, deje mi plato sobre la bandeja y tomé el bajo de jugo comenzando a beberlo, iba a mitad de él cuando un carraspeo de Pamela llama mi atencion y veo como saca una tira de pastillas de su delantal. 

–Quizas me meta en problemas si alguien se entera, pero aquí nadie lo sabrá –me lo ofrece–. Jamás te lo dí y si preguntan mentiré y te culparé.

Recoge la bandeja y sale de mi habitacion dando un leve portazo, miro la banda de medicamento en mi mano y tomo uno junto al jugo que me queda. No sé que será la verdad y quizas sea algo malo, pero confiaré. 

Me acomodo nuevamente en el colchón tapandome con las mantas y el sueño comienza a pesar en mis ojos, quizas el medicamento está haciendo efecto y sin pensarlo mucho me dejo llevar por los efectos. 

...

Acomodo mi uniforme por última vez y salgo de mi cuarto en camino hacia la cocina, dos días más pasaron y las marcas en mi cuerpo ya son casi invisibles y el dolor es solo un susurro. 

Los medicamentos que me dio Pamela aumentó mi sanación y logré ponerme en pie antes lo cual agradezco, porque pese al trato que recibo aquí me estaba volviendo loca encerrada en mis cuatro paredes.  

Las voces de la cocina se hacen más fuertes y escucho como las cocineras conversan suavemente. 

–Te lo juro eso escuché –dice una de ellas–. Los Alphas dijeron que la familia real vendrá dentro de una semana. 

–¿La familia real? –dijo otra con sorpresa–. ¿A qué vendrían a aquí?

–Creo que son las visitas rutinarias que hacen cada cierta cantidad de tiempo, asegurándose que cada manada esté en equilibrio.

–Las cosas se pondran tensas entonces –se quejó–. Los jefes querrán que todo sea perfecto.

–Mantener la cabeza baja y hacer caso solamente. 

La conversacion se detuvo y aproveché para entrar en la cocina, ambas me miraron y detuvieron su conversar. Segui de largo hacia el comedor donde Pamela acomodaba la mesa para el almuerzo y me miró con el ceño fruncido.

–¿Segura que estás lista para volver a trabajar?

–Sí –aseguré acercandome y ayudándola a colocar la mesa–. Ya estoy bien.

–Bien, terminemos aquí y me acompañaras a la feria. 

–Okey. 

Continuamos en silencio ordenando y dejando todo perfecto, en breve todos entrarían en el comedor y mi corazón latió con fuerza. No veía a mi familia desde la golpiza y pese a que cada vez esperaba que fuera distinto, ninguno de ellos bajó a ver como estaba.

Yo creo que podría haber muerto y tampoco les hubiera interesado. 

Quizas hasta se alegraban de quitar la mugre de su linaje.

Las voces se hicieron presentes cuando terminabamos de colocar el ultimo plato en la mesa y Pamela me miró con seriedad.

–Ve a la cocina y busca el carrito de la feria –se enderezó acomodando su uniforme–. Nos encontramos en la salida.

Asentí y caminé hacia la cocina cuando las voces a mi espalda se hicieron más fuertes. Me adentré ignorandolos y busqué lo que me encargaron y salí por la puerta de servicio. 

El sol estaba en lo alto del cielo y cerré los ojos alzando mi cabeza para absorber sus rayos calentando mi piel. 

Muchos días sin sentir el viento o el calor del sol en mi cuerpo, porque siempre me mantengo dentro de la mansion o en mi habitacion donde nadie puede verme o molestar y nunca entra mucha luz por la ventana.

–Aquí estás –la voz de Pamela me saca de mi trance y camino rapidamente hacia ella–. Vamos, debemos comprar varias cosas.

Asentí y caminé en silencio junto a ella mientras nos adentramos en la ciudad, la gente nos dejaba pasar sin molestar ya que nuestros uniformes indican que eramos de la mansion de los Alphas. 

Quizas seríamos simples empleadas, pero al ser de la mansion nos daba igualmente cierto estatus. 

Podia sentir como la gente me miraba y susurraba a mis espaldas, claramente intrigados con mi vestimenta. No los culpaba, hace años que deje de ser vista en las calles como antes cuando era más joven y pocas veces y vuelto a salir a la ciudad, además nunca se supo la verdadera razón del porque mi desaparición. 

Los supresores se encargan de ocultar mi lado omega así que la gente tampoco sabe sobre eso.

–Vamos –Pamela caminó más rapido–. Debemos alcanzar las mejores verduras. 

Aceleré el paso arrastrando el carrito conmigo mientras nos adentrabamos en la fería de la ciudad, donde las familias granjeras traian sus verduras cosechadas por ellos mismos una vez a la semana. 

Pasamos puesto por puesto hasta que nuestro carrito se fue llenando y pesando cada vez más, pero no me quejé. 

Aguantaría cualquier cosa con tal de poder salir de la mansion y poder andar en la calle observando a la gente. Olfateando los diversos aromas que rondaban por la feria y escuchando voces distintas junto a los pajaros y autos rondando cerca. 

Extrañaba salir y sentirme levemente normal, dentro de todo el calvario que significa mi vida. 

–Tenemos suerte que la visita de los Alphas reales será el día siguiente de la fería la proxima semana –murmuró Pamela eligiendo tomates–. Así tendremos todo fresco para ofrecerles lo mejor. 

–¿Se sabe por qué vienen? –pregunté suavemente olfateando el aire nuevamente.

–Visitas anuales a manadas, nada de qué preocuparse. 

–Entiendo –asentí tocando una albahaca con la yema de los dedos.

Su aroma rapidamente me llegó al ser tocada y sonreí levemente ante su esencia. 

–Debes comportarte y no generar problemas en la casa –me dijo viendome fijamente–. Sabes que siempre intentan culparte de cosas e intentar que te castiguen, mantente lejos así podrás al menos ver a la familia real de cerca.

Asentí no muy convencida, recordando todas las otras visitas que me perdí por entrar encerrada en mi cuarto debido a los golpes que tenía en el cuerpo, ignoré el recuerdo y tomé una naranja.

–¿Podemos llevarla? –pregunté esperando una negativa.

Pero me sorprendí cuando asintió y le pagó al dueño del puesto. 

–Comela antes de volver, no podemos llegar solo con una.

Asentí y comencé a pelar mi naranja mientras ella me quitaba el carrito y continuabamos nuestro recorrido, ya faltaban pocas cosas por comprar.

La gente seguía observandome y susurrando, pero me dediqué a ignorarlos todo el recorrido disfrutando mi deliciosa naranja. 

–Ya tenemos todo –dijo ella mientras comía la última rodaja–. Volvamos.

Tomé el carrito de su mano y comencé a llevarlo yo misma. Caminamos en silencio de vuelta a la mansion, disfrutando de mis ultimos momentos fuera del estres y de los ultimos rayos de sol en mi cuerpo, llenandome de calidez y paz.

Pero poco me duró aquella felicidad cuando al llegar a la mansion mi madre se encontraba en las escaleras de entrada con los brazos cruzados esperandonos. 

–¿Quién te dio permiso de salir de la mansion engendro? –preguntó con desprecio logrando que mi sangre se helara. 

–Y-yo acomapañe a Pamela a la feria –susurré sintiendo como se devolvia mi naranja. 

–No me interesa si acompañaste al mismo Rey –escupío–. Tienes prohibido ser vista en el pueblo. 

–Lo lamento señora, pero no tenía nadie más que me acompañara –dijo Pamela protegiéndome levemente con su cuerpo.

Mi madre entrecerró los ojos levemente viendome fijamente y se giro entrando en la casa.

–No te preocupes, entremos a guardar todo y luego puedes ayudar en la cocina. 

Asentí levemente sorprendida por la actitud que ella estaba teniendo conmigo y entramos por la salida de servicio comenzando a organizar todas las compras. 

El resto del día continuó tranquilo, pero la incomodidad en mi cuerpo se mantenía ante aquella discusión con mi madre. La hora de la cena llegó y otra de las chicas fue asignada a servir el comedor mientras yo lavaba los platos, lo cual agradecí. 

Cuando terminamos de ordear y limpiar todo cada una de nosotras se fue a su respectivo cuarto, fui al baño a asearme el día y caminé a la habitacion con mi toalla envolviendo mi cuerpo. 

Me acerqué a la comoda para sacar un pijama nuevo, cuando los vellos de mi nuca vibraron logrando que me girara rapidamente con el panico fluyendo en mi cuerpo cuando vi a mi madre en la esquina de mi habitacion a oscuras. 

–¿M-madre? –abracé la toalla en mi cuerpo–. ¿Sucedió algo?

Vi como la hebilla del cinturón en su mano brillaba con la poca luz que entraba desde la ventana y mis ojos comenzaron a lagrimear ante el sucesó que sabía vendría a continuacion. 

–Nunca aprendes –susurró acercnadose a mí–. Debo diciplinarte para que lo hagas.

–M-adre por favor...

–Girate y acepta tu castigo –gruñó–. Solo nos averguenzas engendro.

Su brazos agarró con fuerza el mía volteandome y pegandome a la comoda logrando que mis manos soltaran la toalla y las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas mucho antes de que el primer golpe llegara a mi espalda.

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