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Portada de la novela Fruta Prohibida.

Fruta Prohibida.

Descubre una cautivadora antología de relatos eróticos modernos que explora el deseo humano y los sentidos. Esta recopilación presenta una serie de encuentros cargados de pasión y momentos de gran intensidad, diseñados para atrapar al lector por completo. Cada historia ofrece una narrativa envolvente y provocativa que no deja nada a la imaginación, resultando ideal para quienes buscan sumergirse en una lectura ardiente, directa y profundamente sugerente.
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Capítulo 3

- Tú estás loca. – sabía que diría eso.

Me levante de mi cama y me acerque a la ventana para hablarle y no estar a los gritos.

- No seas tonto. – dije en confianza y él dejó de tocarse el miembro para ponerse de pie y . . . ¿regañarme?

- No me faltes el respeto. – me dice y yo no puedo contener la risa.

- ¿respeto? – en momentos como estos certifico que estamos a años luz de los hombres. – mira lo que estamos haciendo y tú hablas de respeto? – Y rompo en carcajadas con lo cual quizás se sintió ofendido porque enseguida se acomodó el pantalón y bajó la cortina, que como adelanté e igual a la mía era casi transparente. - ¡NO ME IMPORTA, SEGUIRÉ CON LO QUE ESTABAMOS HACIENDO! – grité tan fuerte que él corrió violentamente la cortina y me miró con sus ojos, negros pero esta vez de enojo. Bueno, de ambos, enojo y excitación.

- Deja de gritar, los vecinos se van a enterar. – me dice y yo me encojo de hombros. – eres terrible. – y ante ese calificativo le mostré mi dedo índice y comencé a negar utilizándolo.

- ¿terrible? – pregunto y niego. – no, simplemente que estábamos pasándola bien y me saliste con algo que nada que ver. ¿respeto? Ángel, nos deseamos desde hace mucho y luego de lo que está pasando y pasará entre los dos el respeto es lo que menos hay ni habrá entre tú y yo. – no me dice nada porque sabe que tengo razón y suavizo mi trato y tomó mi sillón para acercarlo a la ventana. – si tu quieres quedarte ahí, por mí esta bien. Pero si lo que quieres es venir hasta aquí mucho mejor.

No me hizo caso y bajó la cortina, pero sé perfectamente que cederá a mis caprichos y en poco tiempo lo tendré encima de mi cuerpo penetrándome con muchas ganas.

Me senté sobre el sillón de cuerina color rosa, acomodé mis piernas en los apoya brazos, corrí mi pelvis hacia delante y sin esperar a que salga comencé a jugar con mi cuerpo.

Mis manos me recorren apretando mis carnes, clavándome las uñas en mis pechos, pellizcando con mucha fuerza mis pezones.

- Ahhhh . . . – un gemido se escapa de mi boca que callo mordiéndome el labio.

Continúo recorriéndome completa. Con las palmas de mis manos acaricio mis pies, mis piernas, mis muslos, la cara interna de los mismos. Lo hago una y otra vez sin dejar de mirar hacía la ventana de mi vecino, a sabiendas de que él espía, todo lo que hago, detrás de la fina tela traslucida.

- Ahhh . . . – dejo escapar otro cuando rozo mis partes íntimas con la yema de mis dedos – dios, qué placer. – digo lo suficientemente fuerte como para que pueda escucharme y aunque no levante la cortina, veo perfectamente que se encuentra observándome con su mano, de nuevo, en su polla y yo me pregunto ¿en qué momento la volvió a sacar? Pero no me detengo a pensar mucho en ello ya que me encuentro muy entretenida dándome placer.

Separo los labios de mi vagina para poder jugar con mi clítoris y para que él pudiera ver muy bien lo que se ha estado perdiendo en todo este tiempo y perderá si no se anima a dar el paso. Los separo de modo tal en que el rosa de mi interior quede totalmente al descubierto y enseguida mi dedo índice comienza a hacer pequeños círculos sobre aquel pedacito de carne sensible provocando que mi cuerpo tiemble.

- ¡Ay, dios! – exclamo mientras no dejo de acariciarme y hacerme vibrar. – ohhh siii . . . – digo al introducir un dedo dentro mío. – ahhh . . . ahhh . . . – gimo tan fuerte como mi garganta me permite y en ese momento él abre bruscamente la cortina.

- ¡deja de gemir así! – se queja, pero yo estoy tan excitada que no soy capaz de oír lo que me dice. - ¡te estoy hablando, Denisse.! – se queja, pero aún así, no puedo dejar de tocarme.

No voy a mentir al decir que nunca lo he hecho, porque lo cierto es que lo hago a diario par mí misma. Siempre he dicho que no está mal hacerlo, que los que en cierto modo nos cohíbe y nos hace sentir culpa, sucias es el echo de que, para la sociedad, en su mayoría es ser promiscuas, por no decir otra palabra más ofensiva y en verdad no tiene nada de malo tocarnos. Que nuestras manos nos toquen con entusiasmo, que nos robemos gemidos a nosotras mismas, que nos regalemos, un poco de placer. Hacernos el amor a nosotras mismas, dejando a un lado los prejuicios de personas que creen que quererse a uno mismo en la intimidad está mal.

- Ahhh . . . ahhh . . . –

- ¡dios, dejá de hacer eso! – suplicaba.

Mi cabeza erguida, mis pechos desnudos, mis pezones duros haciéndolo desear, muriendo de ganas por pasarme la lengua, morderme y estirarlo. Que grite de placer bajo sus manos, sintiendo su miembro y no importa que lo calle, porque su cuerpo me lo expresa a gritos.

Dos dedos entran y salen de mi cuerpo mientras que la otra mano aprieta el seno izquierdo en tanto uno de mis dedos es delicadamente degustado con mi lengua.

- Ohhh, que rico lo haces. – susurra mientras su boca queda formando una exquisita O.

Me mira. La tela casi transparente a un lado y nuestras miradas devorando al otro.

Sus ojos no dejan de recorrer mí cuerpo desnudo, en tanto los míos no dejan de mirar los suyos.

Llevo ambas manos a mis senos y los aprieto con tanta fuerza que debo emitir un pequeño grito de dolor, él se muerde el labio inferior. Mantengo mis piernas abiertas para queme mire. Me gusta saber que se le hace agua la boca por estar arrodillado ante mí y devorarme completa.

Aprieto, pellizco y estiro mis duros pezones en tanto reclamo mis labios. Me siento guarra y lo disfruto.

Me fascina mostrarme ante él, que me vea abierta, tocarme mientras hace lo mismo. Me fascina saber que soy capaz de volverlo completamente desquiciado por tenerme.

Él no dice nada, simplemente recarga su cuerpo en el marco de la ventana mientras se masturba igual que yo. La oleada de placer, que soy capaz de provocarme a mí misma, m hace perder el control de mis actos, de mis capacidades cerebrales. Me olvido de los vecinos, me olvido que no solo Ángel me está viendo sino que cualquier transeúnte puede hacerlo. Me olvido de los tanques, de los prejuicios, de la vergüenza de hacerme el amor a mí misma, me olvido de todo.

El sonido de mis gemidos y de mis propios fluidos no hacen más que endulzarme los oídos. Me llevo los dedos a la boca para poder saborearme, para degustar mí exquisito sabor ¿Y saben qué? Me encanta.

Aprieto, pellizco y estiro mis duros pezones en tanto reclamo mis labios. Me siento guarra y lo disfruto.

Me fascina mostrarme ante él, que me vea abierta, tocarme mientras hace lo mismo. Me fascina saber que soy capaz de volverlo completamente desquiciado por tenerme.

Él no dice nada, simplemente recarga su cuerpo en el marco de la ventana mientras se masturba igual que yo. La oleada de placer, que soy capaz de provocarme a mí misma, m hace perder el control de mis actos, de mis capacidades cerebrales. Me olvido de los vecinos, me olvido que no solo Ángel me está viendo sino que cualquier transeúnte puede hacerlo. Me olvido de los tanques, de los prejuicios, de la vergüenza de hacerme el amor a mí misma, me olvido de todo.

El sonido de mis gemidos y de mis propios fluidos no hacen más que endulzarme los oídos. Me llevo los dedos a la boca para poder saborearme, para degustar mí exquisito sabor ¿Y saben qué? Me encanta.

Me fascina saber que mí espectador estar tan o más excitado que yo.

- Ahhh . . . Ohh dios, ohh dios. –

Me conozco tan bien que puedo hasta contar los segundos antes de correrme.

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