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Portada de la novela Frederick Becker

Frederick Becker

Después de sacrificar su apasionado e ilícito romance, Frederick Becker se enfoca en el bienestar de su hijo Enzo y en Yara Owen, su eterno amor. Dedicado por completo a sus negocios y al cuidado de sus mellizas, el empresario cree haber cerrado las puertas al corazón definitivamente. No obstante, una serie de crisis inesperadas y retos personales sacudirán su mundo, obligándolo a enfrentar deseos latentes que amenazan con desmoronar su estabilidad.
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Capítulo 2

Frederick

(Hace 4 años)

Estando a pocos metros del altar sentí una presión muy fuerte en mi pecho, no sé si era miedo a terminar de perderla o era la felicidad que sentía al entregarla al gran amor de su vida.

No quiero parecer egoísta, pero hubiera preferido mil veces ser yo quien se encontrara esperándola al pie del altar. Pero ese pensamiento se desvaneció al fijarme en su mirada y la forma en que ambos se veían. Definitivamente, son el uno para el otro y mi amor por ella seguirá viviendo en lo más profundo de mi corazón y estará presente cada día de mi vida queriendo, amando y cuidando de mi familia. Disfrutando de las dos hermosas princesas que fueron fruto de ese amor.

Tal vez mi tiempo de amar y compartir con alguien a mi lado ha caducado, pero como me dijo mi madre “Hijo mío, a la tercera va la vencida”. Por ahora solo me voy a dedicar a cuidar a mi familia y si el destino pone a alguien en mi camino y me da esa nueva oportunidad, la voy a recibir con todo el gusto del mundo.

Comienza a sonar la marcha nupcial e inmediatamente empezamos el recorrido al altar, mi nieto es quien nos va guiando haciendo un camino con pétalos de rosas. Al llegar al final le hago entrega a mi hijo del amor de su vida. Me acerco a él y susurro a su oído para que nada más él pueda escuchar.

—Espero que la hagas muy feliz, ya que yo no lo pude hacer. —digo estas palabras con un profundo dolor en mi corazón.

—De eso no te quepa la menor duda, papá, la amaré más que a mi vida. —espeta mi hijo con una voz llena de mucho amor.

Una vez todos estamos en nuestros puestos comienzan a oficiar la misa. Entre mis brazos tengo a mis pequeños tesoros quienes aplauden y sonríen iluminando mi ser. Con tan solo 11 meses son la locura y felicidad de la casa. No quiero llegar a imaginar los desastres y travesuras que van a desatar estando más grandes.

Al finalizar la ceremonia todos nos unimos para felicitar a los novios. Nos unimos para tomar una gran foto familiar. Todos estamos muy felices y para muestra de ello empezamos con la celebración.

—Hijo mío, no estés triste, sabes que ella también te amó a su manera —coloca su mano sobre mi hombro—. Para muestra de ello tienes dos hermosas princesas fruto de ese amor.

—Lo sé madre, de eso estoy completamente seguro —beso su frente—. Les deseo la mayor felicidad del mundo, sé que se merecen ser felices después de haber pasado, por tanto.

La celebración sigue y disfrutamos de ella, recordamos esos momentos que fueron tan especiales para cada uno de nosotros. Dentro de eso también compartimos las anécdotas del nacimiento de las mellizas, desde días de nacidas dieron a conocer lo traviesas que van a ser en un futuro. 

Sé que se preguntaran cómo escogimos sus nombres, pues les cuento que fue de la manera poco convencional. Mi madre al principio dijo que era una locura, pero a su vez aceptó que era una buena idea.

A la escritora se le ocurrió la idea de hacer una dinámica en donde incluía la participación de los lectores y estos daban opciones de nombres para colocarles a las niñas. Pues se hicieron papelitos con cada nombre y los metimos en una bolsa, la mano inocente de Ethan sacó dos papelitos, los cuales contenían los nombres de sus hermanas y terminaron siendo Dara y Danna. 

«Tremenda locura»

Horas más tarde los pequeños ya estaban dormidos y junto a mi madre subimos para acostarlos. Las primeras son las mellizas, mi madre se queda con ellas en su habitación para colocarles sus pijamas, yo voy con Ethan hasta su cuarto para cambiarlo también.

Él es tan independiente, le gusta hacer sus cosas por sí solo y pide ayuda cuando la necesita. Sé que será un gran hombre cuando este grande y también será un rompe corazones igual que su abuelo y su padre. Cuando termina de cambiarse se para frente a un estante de madera en donde tiene infinidad de cuentos. Me causa risa verlo con la mano puesta en la barbilla pensando cuál será el que me va a entregar para que lo lea. Después de un rato, cuando ya ha seleccionado el cuento, se gira para decirme cuál es.

—Abuelo cárgame para buscar el cuento que me vas a leer —lo alzo en brazos como me ha pedido—. Quiero este abuelo —señala con su dedo índice.

Cuando ya tengo entre mis manos el cuento de El enano saltarín lo bajo y va hasta su cama metiéndose entre las sábanas. Me siento a su lado y comienzo el relato del cuento.

“Había una vez un pobre molinero que quería asombrar al Rey y para ello, en una audiencia con su alteza real, le mintió diciéndole que su hija sabía hilar con tanta astucia que era capaz de convertir la paja en oro. El Rey sorprendido ante tal afirmación, le pidió venir al día siguiente a palacio acompañado de su hija para hacerle un encargo.

Al día siguiente, el pobre molinero y su hija se dirigieron a Palacio y el Rey, al verla, la llevó a una habitación llena de paja donde le ordenó convertir todo en oro, disponiendo sólo de una rueca y un carrete. En caso de no conseguirlo, la hija del molinero moriría”

No es mucho tiempo que el que demoro leyendo su cuento, por el cansancio se quedó dormido en un abrir y cerrar de ojos, niego con la cabeza de solo pensar lo que me va a esperar con mis pequeñas cuando pidan que les lea un cuento para dormir.

Me levanto con mucho cuidado y dejo el cuento sobre su mesa de noche, sé que mañana hay que seguir con el relato hasta llegar al final.

Paso por la habitación de mis pequeñas para darles un beso a cada una, una gran sonrisa se dibuja en mi rostro al ver a mis pequeños angelitos durmiendo en sus cunas. Lo que no me agrada mucho es que ambas se chupan el dedo mientras abrazan sus conejos. 

«Espero que pierdan esa manía, de lo contrario la ortodoncia va a salir muy costosa»

Las dejo dormir y bajo para unirme a la celebración. Tomamos, bailamos y disfrutamos hasta casi el amanecer. Los invitados se fueron retirando poco a poco hasta quedar en la casa Yara, Enzo, mi madre y yo.

Les tengo una sorpresa que no se imaginan, he comprado unos boletos de avión para que vayan a disfrutar de una luna de miel bien merecida en Egipto. A Yara siempre le causó curiosidad conocer ese hermoso lugar que alberga los más maravillosos misterios y por eso decidí complacerla. 

«Ya que no pude ser yo quien la llevará, por eso decidí hacerles ese regalo»

Conociéndola no va a querer, pero no va a poder negarse, el gasto ya está hecho, al igual que las reservas, todo está cancelado y no hay reembolso.

Conversamos un rato más y luego cada quien se va a sus respectivas habitaciones para descansar, por fortuna mañana es sábado y no hay que ir a trabajar.

***

La mañana empieza con buena actividad, las mellizas amanecieron con ganas de comerse al mundo y desde las 5:00 de la mañana comenzaron a llorar. Eso hizo que todo el mundo se levantara a la misma hora y comenzará con buen pie el fin de semana.

Mientras Yara ayuda a mi madre a preparar el desayuno entre Enzo y yo, nos encargamos de los pequeños, los ayudamos a cepillarse los dientes y a vestirlos. Bajamos hasta el comedor en dónde ya todo está listo para compartir el desayuno familiar.

Aprovecho la oportunidad para hacerles entrega de mi regalo de bodas para ellos y como era de esperar, Yara no quería aceptarlo. Eso nos costó un disgusto a todos y casi se daña el desayuno, su excusa fue que no era necesario hacer ese gasto porque no habría tiempo de ir de viaje un mes teniendo tanto trabajo en la empresa.

Entre Enzo y mi madre se encargaron de convencerla para que aceptara, era un regalo que le había hecho y que además tendría la oportunidad de conocer ese lugar que tanto anhelaba. Finalmente, aceptó y después de terminar de desayunar tuvieron que subir para alistar el equipaje, su vuelo salía hoy mismo y no tenían más tiempo que perder.

Horas más tarde nos encontramos en el aeropuerto toda la familia, cuando llegó la hora de abordar Yara estaba hecha un mar de lágrimas, era la primera vez que se iba a separar de sus hijos y en gran parte la entiendo.

Finalmente, entre besos, abrazos y muchas lágrimas, ya se encuentran abordando el avión para disfrutar de su luna de miel.

—Bueno hijo, ahora vamos a tener mucho trabajo por hacer —dice mi madre señalando a los pequeños—. Pero va a ser muy divertido, no vamos a tener tiempo libre.

—Eso lo puedes tener por seguro madre —la abrazo con todo el amor del mundo—. Solo espero no enloquecer a mitad de camino.

Ambos soltamos una gran carcajada, y con las últimas palabras de mi madre caminamos hasta el estacionamiento para subir al auto y regresar a casa. En el camino veo por el espejo retrovisor a mis tres tesoros imaginando lo que nos pueda deparar el futuro y el comienzo de una nueva historia…

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