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Portada de la novela Feo amor

Feo amor

Otto Sayer, un magnate cuya fortuna contrasta con su aspecto, está listo para tomar las riendas de Sayer Corp. En el competitivo entorno del ballet, Fiona Hanx teme el ascenso de Elizabeth Zok. Bajo la influencia de su mentora, Fiona planea seducir a Otto para quitarle el rol estelar en la obra «Anastasia» a su enemiga. Esta red de mentiras por ambición profesional amenaza con destruir la nobleza de Otto, llevándolo hacia una espiral de rencor y venganza.
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Capítulo 2

Seis años antes

Su rostro se reflejó sobre el cristal de la puerta del edificio. Se observó, era muy alto, a su mente vino el mote de adolescencia «Gulliver». Sus manos temblaron y perdió el valor.

No era delgado, su peso era perfecto en cuanto a su estatura, pero la forma de su cuerpo no le parecía atractiva. Llevaba unos lentes gruesos, era miope desde la infancia, odiaba su nariz larga, aunque de perfil le sentaba bien. Su piel era muy blanca, su cabello lo peinaba con una raya en medio que recordaba a la forma de un libro. Su ropa era anticuada, con suéteres tejidos y pantalones acinturados.

Otto Sayer era feo, su único atractivo era su cuenta bancaria. Tenía veintisiete años. Estudió administración con notas sobresalientes, aunque intentó trabajar en grandes empresas no lo consiguió, tampoco hacía falta, su familia tenía una empresa que él debía dirigir.

Observó los rascacielos de Nueva York antes de entrar a la Sayer Corp.

Otto volvía a casa, pero no le agradaba la idea, Nueva York tenía demasiados recuerdos que arribaron a su mente. Rememoró la forma en que se fue del país, huyendo del colegio, dónde había golpeado a un compañero con tal fuerza, que el chico tuvo que hacerse una reconstrucción maxilar. Y es que, Otto se cansó de las burlas a las que lo sometían, armado de valor decidió enfrentar a los bravucones, jamás imaginó que su fuerza desmedida lastimaría sobremanera, después se sintió culpable, aunque seguía creyendo que lo merecía. Al final, su madre Bianca pagó el tratamiento de aquel joven, Otto siguió en el colegio por unas semanas más, no volvió a recibir burlas, pero todos lo miraron como si fuera un monstruo. Nunca supo que era peor, ser burlado o ser temido.

Entró al edificio, era su primer día de trabajo, sería el aprendiz del administrador general, quien pronto se retiraría por jubilación y Otto ocuparía el lugar, que le estaba destinado desde su infancia. Estaba ansioso, sus manos sudaban. Apretó el botón, llamando al elevador, cuando la puerta se abrió se encaminó mirando al suelo, con los hombros encorvados, sin querer tropezó con una joven, quien tiró al suelo su móvil. Otto, torpe, intentó levantarlo al mismo tiempo que ella y esta vez sus frentes chocaron. Ella se quejó, lanzando una risa natural que rompió el silencio. Otto levantó el móvil y lo entregó, satisfecho de que no se hubiese roto

—Lo siento tanto, soy muy torpe siempre —dijo ella sonriente, lo miró amable y Otto esperaba aquella mirada típica de rechazo, se inquietó cuando no apareció en su rostro

Ambos tomaron el elevador, las puertas se cerraron, ella oprimió el piso seis

—¿A que piso vas?

—Al diez —dijo Otto, la joven se apuró a oprimir el número

Un silencio envolvió el lugar, Otto la admiró a través del reflejo de la puerta de metal, era una joven de algunos veinte años; alta, tal vez unos veinte centímetros menos que él, delgada, de piel clara, ojos de un color verde aceituna, su cabello parecía los rayos de sol, liso y largo

—¿Y trabajas aquí? —preguntó provocando inquietud en Otto

—Me... ¿Me hablas a mí? —tartamudeó nervioso, ella esbozó una sonrisa preciosa

—Sí.

—Soy nuevo, es mi primer día de trabajo.

—¡Qué coincidencia! También es mi primer día, estoy nerviosa —dijo la rubia mordiéndose las uñas, Otto la miró incrédulo, sus uñas eran cortas, sin barniz. Era la primera mujer hermosa con uñas naturales.

—¿Por qué estás nerviosa? —aquellas palabras escaparon de su boca, se arrepintió pensando que la joven podría juzgarlo de inoportuno

—Ya sabes, siendo el nuevo debes agradar a otros, y me da miedo no caer bien, o que me vaya mal, soy muy insegura.

Otto alzó las cejas, consideraba ser el rey de la inseguridad, no podía creer que esa mujer hermosa de pies a cabeza dudara de sí misma. Viéndola bien, era la mujer más bella que había conocido

—Tú no tienes nervios, ¿Verdad? —asumió al verlo tranquilo—. Quisiera tener tu temple.

El elevador se abrió anunciando la llegada al piso seis

—Debo irme, te deseo buena suerte, por cierto me llamo Elizabeth Zok —señaló saliendo del elevador, agitó su mano diciendo adiós y dibujó una sonrisa blanca que Otto encontró adorable.

Cuando las puertas se cerraron el joven sonrió ilusionado.

Elizabeth caminó hasta llegar a un lobby, de un lado estaban los casilleros, una mujer se acercó a ella, presentándose como Rita, le indicó cuál sería su casillero. Ella colocó dentro su mochila, teléfono y abrigo, quedándose en leotardo y mallas, se apresuró a ponerse sus zapatillas, recogió su pelo dorado en una cebolla ayudada con pasadores.

Luego caminó al lado de Rita, dirigiéndose al salón de ensayos.

Pronto se encontraron con una mujer de algunos cincuenta años, de ojos verdes con rostro severo

—Buenos días, Alice.

—Buenos días, Rita —la mujer ni siquiera miró a Elizabeth

—Alice, ella es Elizabeth Zok, será nueva bailarina de Sayer.

Alice miró a la joven de arriba abajo, su mirada verde penetrante la examinó rigurosa, la joven contuvo el aliento

—Bienvenida —dijo seria, aun la observaba atenta—. Eres muy hermosa, dime, ¿Qué edad tienes y de dónde eres?

—Soy de San Petersburgo, Rusia, y tengo diecinueve años cumplidos en junio.

—Así que tenemos a la rusa, ¿Verdad? —preguntó Alice, sabía que esa chica era un furor en las redes sociales, por los concursos ganados, por ese motivo Bianca Sayer la había estado buscando, hasta conseguirla. Alice no ocultó el desagrado.

Pero, intentó calmarse, dirigió a la joven al salón de ensayos. Elizabeth se sentía temblorosa, deseaba que sus compañeros fueran buenos con ella

Entraron al salón de ensayos, ahí estaban los integrantes de la compañía, ocho mujeres y siete hombres. Elizabeth sintió sus orejas calientes cuando las miradas de todos se fijaron en ella con intriga

—Buenos días —dijo Alice y se puso en medio del salón, pronto todos formaron un círculo alrededor—. Como saben, el día de hoy nos indicarán sobre el concurso nacional, y también sobre el inicio de la nueva temporada de baile.

Las murmuraciones del resto de la gente se hicieron presentes, pero la instructora las calló implacable

—Les informo que a partir de hoy tendrán a una nueva integrante en el grupo Sayer —los compañeros dirigieron sus miradas a la rubia—. Señorita Elizabeth Zok, seguro de que la conocen o han escuchado de ella. Sí, es la señorita rusa, tiene millones de seguidores en sus redes sociales, además ha ganado demasiados títulos para exhibirlos aquí. Su talento la precede, pero, ¿Es talento real, o marketing de humo?

Elizabeth estaba incómoda, primero por los elogios, después por la duda, intentó lucir natural

—¡Muy bien, señorita Zok! Descubramos de qué está hecha, ¡Venga al centro y haga cincuenta piruetas! —Elizabeth sintió que temblaba, su corazón latió, sonrió tímida, pero obedeció, fue al centro. Su cuerpo estaba bien centrado, las caderas y los hombros se alinearon. Giró con los pies en punta, tenía gracia, estilo y elegancia. Alice abrió bien los ojos, y retorció la mueca, no podía negarse que esa chica tenía talento, demasiado, lanzó una mirada a Fiona que no podía quitar sus ojos de la joven, su rostro estaba pálido al borde del pánico y el vómito.

Cuando terminó las piruetas, los colegas aplaudieron al unísono. La joven alcanzó a sonreír con naturalidad

—Eso fue bueno, Elizabeth, sin embargo, sé que puedes hacerlo mucho mejor.

—Gracias, señorita Alice, aprenderé de usted y mejoraré.

—Eso espero —dijo la mujer recelosa. Luego Elizabeth tomó lugar al lado de los demás, Alice comenzó el calentamiento y después siguieron bailando.

Varias horas después detuvieron el ensayo, ya era hora del almuerzo, Elizabeth salió afuera.

Alice logró detener a Fiona, antes de que se fuera

—¿A dónde crees que vas?

—Pues, a almorzar como todos —dijo la joven

—Así que trajeron a la rusa y no te importa, ¿Vas a permitir qué te robe tu lugar?

—¿De qué hablas? —exclamó la chica entre la duda y el pánico—. Ella no es mejor que yo —dijo defensiva

—Vamos, Fiona, ¿Por qué crees que la han traído? ¡Mírala! Es hermosa, joven y baila muy bien. Descuídate y tú nombre no volverá a escucharse —dijo severa apuntándola con el dedo

—¡Yo también soy joven, bella y talentosa!

—Bella, sí, pero no más que ella, joven no, tienes veintitrés y sobre el talento, queda claro que no hubieses hecho ni la mitad de las piruetas —apuntó cruel

Los ojos de Fiona enloquecieron de inseguridad, respingó con la nariz

—¡Cállate, Alice!

—Asegura tu lugar, Fiona, o jamás triunfarás.

Fiona enmudeció y se fue bufando de coraje.

Fiona caminó muy rápido, estresada, su corazón latía, una arcada hizo que detuviera su paso. Pudo controlar las náuseas que sentía, después de todo sabía que no podía vomitar nada que no fuera agua, pues no había comido desde el almuerzo de ayer.

Se repuso y siguió su camino, entonces tropezó con un cuerpo fuerte, cayó al suelo por su debilidad. La joven estaba aturdida, alzó su vista para encontrar al causante de su desastre, parpadeó dos veces y rechazó que la tocara, ella pensó que era un adefesio, un monstruo enorme frente a ella, por un segundo tuvo temor, hizo un gesto de desagrado, provocando vergüenza en el hombre

—¡Qué feo eres! —exclamó Fiona

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