
Expondría la Verdad.
Capítulo 2
Mi relación con Javier llevaba casi cuatro años, construida sobre una mentira que yo había ayudado a levantar sin saberlo. Él, un estudiante de Derecho de un pueblo de Extremadura, siempre se presentó como un chico humilde, de valores tradicionales, y con una aversión casi patológica al gasto. Yo, estudiante de Historia del Arte en la Complutense, proyectaba la imagen de una chica de buena familia, con un estilo de vida que no parecía tener problemas económicos.
La verdad era que mi independencia venía de mi tienda online en Vinted. Vendía ropa vintage que encontraba en mercadillos y joyas que yo misma diseñaba. Era mi secreto, mi orgullo.
Javier, con su discurso de austeridad, me convenció para crear un "bote para el futuro". Usábamos una app, Splitwise, donde él ingresaba la mayor parte de su beca cada mes. Ese gesto, supuestamente noble, era su coartada perfecta. Con la excusa de que su dinero estaba "ahorrándose para nosotros", yo terminaba pagando todo, desde el alquiler y las facturas hasta sus caprichos más caros, que siempre pedía con una estudiada vergüenza.
Todo se rompió una tarde de martes.
Recibí una llamada de un número desconocido. Una voz nerviosa me informó que Javier había tenido un accidente de moto.
"Iba de camino a una tutoría", me explicó la voz, "dijo que era para poder comprarte un regalo de cumpleaños".
El corazón se me detuvo.
Corrí al hospital, con la mente en blanco. Lo encontré en una cama, con una pierna y un brazo escayolados. A su lado, una chica menuda, de ojos grandes y asustados, lloraba en silencio. Javier me la presentó como Lucía, su hermana pequeña.
Al día siguiente, el drama se trasladó a la facultad. Los compañeros de Javier, conmovidos por su historia, organizaron una colecta. Estaban todos en el patio principal cuando Lucía se acercó a mí. Sus ojos estaban rojos e hinchados.
Me agarró del brazo, su voz un susurro tembloroso que todos podían oír.
"Sofía, por favor. Los gastos del hospital son enormes. Tienes que usar el dinero del bote para el futuro. Es para una emergencia, ¿no?".
La miré, confundida. El bote estaba prácticamente vacío. Los gastos de Javier siempre superaban con creces sus ingresos.
"Lucía, ese dinero... ya no está. Se ha gastado".
El silencio que siguió fue pesado, denso. La cara de Lucía se transformó. La tristeza fue reemplazada por una indignación furiosa.
"¿Cómo que se ha gastado?", gritó, atrayendo la atención de todos los que nos rodeaban. "¡Mi hermano metía ahí casi toda su beca! ¡Ahorraba cada céntimo para vuestro futuro mientras tú te lo fundías en tus lujos!".
Me quedé helada. Antes de que pudiera reaccionar, Carlos, el compañero de piso de Javier, se unió al círculo.
"Es verdad", dijo con una convicción aplastante. "Yo lo he visto. Javier come pasta blanca casi todos los días. Lleva la misma sudadera rota desde hace dos años para no gastar. Todo para que ella pudiera vivir bien".
Las miradas de todos se clavaron en mí. Ya no eran de compasión, sino de puro desprecio. En ese instante, dejé de ser la novia preocupada y me convertí en la villana.
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