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Portada de la novela Exesposo, conoce a mi verdadero yo

Exesposo, conoce a mi verdadero yo

Diana soportó tres años de desprecio y frialdad matrimonial junto a César, pero decide divorciarse cuando él intenta coartar sus sueños profesionales. Al recuperar su soltería, resurge como la poderosa heredera de un imperio médico global. Aunque su exmarido pretende recuperarla, ella ya no es la mujer sumisa de antes. Respaldada por su influyente familia y su éxito personal, Diana cautiva incluso a su rival más soberbio con su imponente y renovada identidad.
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Capítulo 2

"César, ¿de qué estás hablando?", murmuró Diana, aturdida por sus palabras.

Desde hacía mucho tiempo, sabía que él nunca se pondría de su lado. Pero aun así, siempre creyó que al menos intentaría ser justo con ella. Nunca pensó que solo escucharía la versión de Giovanna sin tomarse un momento para entender lo que realmente había sucedido.

Ahora esa idea se desmoronaba ante sus ojos.

Diana bajó la mirada y una leve sonrisa autocrítica se dibujó en sus labios.

Este era el hombre al que había amado con todo su corazón. Era el hombre con el que había insistido en casarse incluso cuando su padre le advirtió que no lo hiciera.

Durante los últimos tres años, había visto con claridad que el corazón de César siempre había pertenecido a Giovanna: habían crecido juntos y su historia era larga y enrevesada. Pero como la otra ya estaba casada con Andrés, Diana se convenció de que él acabaría tomándole cariño.

Así que cuando él le propuso matrimonio a cambio de que ella cuidara a Giovanna durante su enfermedad, dudó solo por un instante antes de aceptar.

Nunca imaginó que tres años más tarde le pediría el divorcio con tanta facilidad.

Diana levantó la mirada hacia César, que una vez más se puso de parte de Giovanna sin dudarlo.

Sus miradas se encontraron, y la de él estaba helada. Sus hermosos rasgos eran inescrutables, y cuando su mirada se posó sobre ella, sintió que no era más que una extraña con la que se cruzaba por casualidad en un pasillo. Era igual que cuando estaban recién casados.

En ese momento comprendió lo mucho que se había engañado a sí misma. A él no le importaba ella, y nunca lo haría, por mucho que ella se esforzara.

"¡Diana! ¿No escuchaste a César? ¡Deja tu trabajo o acepta el divorcio!", exclamó Susana en voz alta, con una burla evidente en la voz mientras la miraba directamente.

Diana se enderezó. "Ya les dije, hice todo lo que estaba en mis manos. Si están convencidos de que hay un problema con la medicación, pídanle al equipo de inspección del hospital que lo revise. No estoy dispuesta a renunciar a la carrera por la que tanto me esforcé".

Golpeando la mesa con la palma de la mano, Susana señaló a su nuera con el dedo y soltó una risa aguda. "¿De verdad crees que nos engañarás? ¿Tienes el descaro de involucrar al equipo de inspección en esto? ¿Crees que no sé lo que tú y tus amigos del hospital están tramando? Giovanna me lo contó todo sobre cómo la maltrataste, y aun así intentó encubrirte".

Hizo una pausa antes de ordenar con dureza: "¡Muy bien! Si se niega a admitir su culpa, llévenla al sótano y enciérrenla. Saldrá cuando esté dispuesta a confesar. Como es tan terca, no se molesten en darle de comer. Solo asegúrense de que tenga suficiente agua para no morirse de sed".

Diana se quedó mirando incrédula. ¿De verdad estaba ocurriendo esto en pleno siglo XXI? ¿Cómo podían hablar de encerrarla en un sótano y de dejarla sin comer como si nada?

En lugar de discutir, se giró hacia César.

No pudo evitarlo. Una parte de ella seguía anhelando saber lo que él realmente pensaba.

Cuando César por fin la miró, su mirada era fría. "Tómate tu tiempo y piénsalo bien. Giovanna perdió a su hijo y tú tienes que pagar por ello".

"¿Para qué molestarse en discutir con ella, César? Solo tírala al sótano. Déjala sin comer durante tres días. Quizá entonces deja de ser tan testaruda". Cristina nunca intentó ocultar su aversión por su cuñada. Siempre pensó que César se había visto obligado a casarse con esa mujer. Desde que Diana se unió a la familia, Cristina se empeñó en hacerle la vida imposible.

Ignorando por completo a Cristina, Diana mantuvo la mirada fija en César. Las opiniones de su cuñada no significaban nada para ella. Solo le interesaba lo que dijera su esposo.

Con la esperanza brillando en su mirada, se enfrentó a él y le dijo: "César, yo nunca lastimaría a Giovanna. Soy doctora. Mi trabajo es cuidar a todos mis pacientes. Siempre hablas de ser razonable. ¿No puedes mostrarme la misma justicia en la que dices creer?".

La esperanza brillaba en los ojos de Diana mientras escudriñaba su rostro.

No le suplicaba recibir un trato especial. Todo lo que deseaba era simplemente que hiciera justicia. Quería que alguien examinara los hechos y le dijera la verdad detrás de todo.

Era lo único que le había pedido a él.

Aun así, al final la decepcionó.

Arrastrada de vuelta a la mansión por el mayordomo de la familia, Diana fue llevada directamente al sótano.

La puerta se cerró de golpe, separándola de César y aislándola del mundo.

Se le aceleró el pulso y el pánico se apoderó de ella. A través de una estrecha rendija, vislumbró por última vez la mirada distante de su esposo. No había nada en sus ojos, ni calidez ni arrepentimiento.

La fría mirada que le dirigió hizo que Diana se quedara paralizada. El corazón le latía con fuerza mientras lo veía irse por la puerta.

El tiempo perdió todo sentido mientras permanecía sentada en la habitación completamente a oscuras.

Lo único que podía percibir era que el suelo se sentía húmedo bajo sus manos y que el aire la oprimía con un peso agobiante.

De vez en cuando, algo pequeño pasaba corriendo, haciendo que el silencio fuera aún más difícil de soportar.

Pasó de sentirse desconsolada a no sentir nada en absoluto. En algún momento, se acomodó en el frío suelo, y su corazón renunció poco a poco al hombre al que una vez amó.

No podía adivinar cuántas horas o días habían pasado en la oscuridad.

Por fin, la puerta del sótano se abrió con un chirrido y la luz del sol se derramó por el suelo, obligándola a protegerse los ojos.

De pie bajo el resplandor, César preguntó con rotundidad: "¿Ya admitiste lo que hiciste mal?".

Si respondía que sí, él la enviaría de vuelta al hospital para que cuidara a Giovanna.

Pero después de que Diana lo oyera decir eso, cualquier amor que aún le quedara desapareció por fin.

Sin embargo, se negó a soltarlo, aferrándose a algo que no podía nombrar del todo. Tal vez era el peso de haber pasado tres años juntos. Tal vez era la esperanza de que César por fin la valorara.

"Nunca maltraté a Giovanna. Hice todo lo que pude para ayudarla. Si me dejas, iré al hospital y descubriré la verdad. Lo único que te pido es una última oportunidad, César. ¿No es lo justo?", suplicó Diana con ojos esperanzados.

"¿Una última oportunidad?". Los ojos de César brillaron con una fría diversión. "¿Te refieres a darte más tiempo para ocultar lo que hiciste?".

Ella seguía desconsolada, aunque había intentado prepararse para este momento.

Levantándose con dificultad del suelo, miró a los ojos a su esposo y le preguntó: "Después de todo lo que hemos pasado, ¿alguna vez sentiste algo por mí?".

Por un breve segundo, César vaciló. Luego se le escapó una risa baja y sin humor.

Ese sonido la golpeó más fuerte que cualquier golpe. Le dijo que se había aferrado a una esperanza que nunca existió.

"Así que eso significa que nunca", murmuró con el rostro fantasmal. "De verdad me estaba engañando a mí misma".

Se le escapó una risita amarga. "En ese caso, acabemos con esto. Divorciémonos".

César se quedó paralizado, mirándola como si hubiera dicho algo imposible. Frunció el ceño y su mirada se volvió más fría.

Esperaba que confesara su culpabilidad después de una noche en el sótano. Supuso que se doblegaría, dejaría su puesto en el hospital y agacharía la cabeza como siempre había hecho.

Nunca imaginó que sería ella quien le pediría el divorcio.

Para él, su negativa a doblegarse parecía ridícula, incluso desafiante en todos los sentidos equivocados.

Al ver cómo cambiaba su expresión, Diana sintió que una risa hueca se elevaba en su pecho mientras bajaba la cabeza.

Su sorpresa tenía sentido. Llevaba tres años siguiendo cada palabra que él pronunciaba.

Respiró hondo, lo miró a los ojos y volvió a decir: "César, quiero el divorcio".

Con esas palabras, se dio la vuelta y salió del sótano.

Sus pasos eran lentos. La fiebre del día anterior se aferraba a ella, y cada moretón palpitaba bajo su piel. El recuerdo de aquellas pequeñas alimañas rozando sus dedos la hizo estremecerse de nuevo.

Pero siguió avanzando.

Decidió dejar atrás aquella casa, alejarse de la familia Dixon y poner fin al matrimonio que una vez creyó que conservaría por el resto de su vida.

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