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Portada de la novela Me diste dos años de indiferencia; yo te daré una eternidad de soledad

Me diste dos años de indiferencia; yo te daré una eternidad de soledad

Nora ha soportado dos años de un matrimonio marcado por el desprecio y la infidelidad de Ethan, quien la culpa injustamente por una tragedia del pasado. Él confiesa que su unión fue solo un plan de venganza y castigo. Tras hallar a su esposo con la hermana de su antigua pareja, el dolor de Nora se transforma en fortaleza. Cuando Ethan intenta usar el divorcio como una amenaza para controlarla, ella decide aceptar su libertad y enfrentar su arrogancia.
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Capítulo 1

En la noche de su tercer aniversario de bodas, Nora Payne y Ethan Stanley terminaron en la comisaría.

Él había estado de fiesta con mujeres en un club hasta pasada la medianoche, y Nora lo agarró en el acto.

Dentro de la sala de mediación, los labios de la mujer temblaban. "Ethan, ¿te importo aunque sea un poco?".

El hombre se reclinó, con el cuello manchado de marcas de lápiz labial. "Después de todos estos años, ¿aún no sabes qué tipo de persona soy?".

A Nora se le enrojecieron los ojos. Claro que lo sabía.

En los círculos sociales de la capital, él tenía fama de ser un mujeriego empedernido, que cambiaba de mujeres día y noche. Ninguna familia respetable quería que su hija se casara con un hombre con tan poca moral.

Sin embargo, el Ethan que ella había conocido no era así. Ella había sido testigo del profundo amor que él había sentido por otra mujer.

Incluso después de que esa mujer muriera y Nora se convirtiera en su esposa, él la trató con cortesía, otorgándole toda la dignidad que merecía como la señora Stanley.

Luego, en el segundo año de matrimonio, él repentinamente comenzó a entregarse a sus caprichos, volviéndose indiferente hacia Nora. Ella suplicó, discutió y se enfureció, pero nada hizo que él cambiara.

El recuerdo de la ternura de antes mantenía viva una pequeña esperanza dentro de ella de que él pudiera cambiar.

Un día abandonó el montón de autos de lujo que tenía en su garaje y comenzó a tomar el autobús de la ciudad para ir al trabajo.

Antes de que pudiera alegrarse, recibió fotografías de este y la conductora entrelazados en el asiento trasero.

Cuando miró de cerca, la mujer la sorprendió; tenía un parecido asombroso con su primer amor. Esa mujer había muerto hacía años, pero seguía ocupando un lugar en su corazón. Su nombre era Rosalyn Harper.

"Ethan, ¡bájate de ese autobús!". Nora se paró frente al parabrisas y la luz del sol ardiente no era nada comparada con el dolor de verlo apretado contra otra mujer. "Baja o te denunciaré por mal uso de la propiedad pública".

La puerta se abrió con un sonido y Ethan, desaliñado, bajó mientras su habitual sonrisa descuidada desaparecía y sus labios se apretaban en una línea recta.

Sus ojos almendrados se estrecharon con ira contenida. "¡Nora! Si quieres morir, al menos no lo hagas delante de mí. Compré este autobús. Aquí no tienes ninguna autoridad". Nora intentó mirar adentro, pero él la agarró por el cuello y la apartó.

La impaciencia brilló en su mirada mientras le decía:

"Si sigues así, haré que te arresten". El vehículo estaba vacío excepto por la conductora, que se ajustaba el uniforme disponiéndose a bajar.

Por primera vez, Nora vio claramente el rostro de la mujer.

El pánico relampagueó en ella, pero lo reprimió. "Ethan, contrólate. ¡Ella no es Rosalyn!".

La conductora, Lilah Harper, con los ojos abiertos de par en par, señaló a Nora. "Ethan, ¿es esa la señorita Payne? Recuerdo que mi hermana se encontró con ella el día que saltó del edificio".

Con esas palabras, los ojos de Ethan se llenaron de sangre. La miró como una bestia enloquecida.

"¡Así que fuiste tú!".

La conmoción invadió a Nora y toda su furia colapsó volviéndose un amargo dolor. Durante años el nombre de Rosalyn había sido prohibido, sin embargo él la condenó con una sola frase. Su voz se quebró. "¿Le crees porque ella se parece a Rosalyn?

¡Ella lleva diez años muerta!".

La bofetada resonó como un disparo.

La palma de Ethan la hizo caer y su cabeza golpeó la puerta de metal con un sonido hueco. El golpe destrozó cada pizca del orgullo que aún tenía.

Nunca le había levantado la mano, sin importar cuán feroz fuera su pelea.

Pero ese día lo hizo, con nada más que una acusación salvaje.

Nora se acurrucó en el suelo, el dolor drenaba su fuerza y su consciencia se desvanecía.

Escuchó sirenas, y en la neblina recordó el pasado.

Ella y Ethan habían crecido juntos.

Él era el heredero que la familia Stanley había preparado, brillante y deslumbrante, mientras que ella, criada por una madrastra, había sido mimada e ingenua.

En ese entonces lo encontraba frío y aburrido, pero un secuestro lo cambió todo.

Cuando los secuestradores los amenazaron, Nora lloró de terror, pero Ethan se mantuvo calmado e incluso la consoló: "No tengas miedo. Te sacaré de aquí".

Más tarde la cargó en su espalda a través de la noche helada, protegiéndola del viento.

Una chica puede enamorarse fácilmente.

Cuando cumplió dieciocho años, superó su timidez, le presentó un pastel hecho en casa y le entregó una carta de amor.

Por un instante, él pareció sorprendido y luego respondió con una cortesía distante. "Lo siento, ya tengo novia".

Las palabras apuñalaron su orgullo.

Nunca había visto a otra chica a su lado, por eso creía que la sonrisa que le daba era única.

Las lágrimas nublaron su visión y el pastel cayó al suelo. "Ethan, no te molestaré. No inventes excusas para alejarme".

Huyó, llorando desconsoladamente.

Después de semanas de investigación, finalmente vio a la chica de la que él hablaba.

Aunque la veía con ojos de una mujer celosa, tenía que admitir que cuando Rosalyn Harper sonreía, parecía que la luz de las estrellas se acumulaba en sus ojos.

Él, por su parte, la miraba con una ternura que Nora nunca había recibido.

La garganta de la chica ardía; se dio la vuelta y se alejó tambaleándose.

Justo cuando se preparaba para enterrar lo que sentía por él, Rosalyn saltó desde la azotea de la universidad.

Algunos decían que era por depresión y otros que era por problemas familiares.

Desde ese día, Ethan parecía una sombra de sí mismo y un fantasma viviente.

Durante diez años, Nora lo siguió y acompañó en silencio.

Cuando la familia Stanley propuso un matrimonio, creyó que su devoción lo había conmovido y aceptó de inmediato.

Después de la boda, él se mantuvo contenido, pero le otorgó todos los privilegios de su nombre.

Ella se decía a sí misma que él simplemente era así, y que era suficiente con que él pudiera quedarse a su lado.

Sim embargo, de la noche a la mañana todo cambió. Se volvió frío como el hielo, exhibía su desprecio y cambiaba de amante constantemente.

El dolor de amar sin ser amada la carcomía hasta que dudó del valor de su persistencia.

En ese instante, mientras los paramédicos la levantaban en una camilla, Nora levantó su dolorida cabeza.

Ethan sostenía a la mujer de blanco en sus brazos, sin dedicarle ni una sola mirada a ella.

El dolor inundó sus venas, y se desmayó de inmediato.

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