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Portada de la novela Esposa Virgen del Millonario

Esposa Virgen del Millonario

El poderoso magnate Rashid, cuya riqueza siempre le ha garantizado el control, encuentra un desafío inédito en la inquebrantable Victoria. Él le propone un acuerdo comercial implacable: comprar su pureza a cambio de que ella conciba a su futuro heredero. Victoria accede al pacto, pero la convivencia forzada transforma el contrato en un peligroso juego de atracción. Entre el deber y el deseo, ambos lucharán por no rendirse ante un amor imprevisto.
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Capítulo 2

...

Rashid suspiró, no había tenido un día "perfecto" de hecho había ido bien, pero dentro de lo que siempre esperaba, no podría considerarlo así, solo irregular. Esa joven frente a él, parecía algo cohibida. Le resultaba raro que alguien así pudiera atreverse a estar con alguien a cambio de dinero. Tampoco le interesaba. Solo quería cumplir sus objetivos, por eso debía ganársela a como de lugar.

Pestañeó sobre ella, curioso hasta la médula. No sería solo cosa de una noche y ya, ella era la escogida para que llevara a su primogénito. Era bonita y con eso le bastaba para darle el privilegio de traer al mundo su heredero.

¿Qué más daba?

—Victoria, tengo una propuesta para ti.

—¿Qué? Es decir, sé que estoy al tanto de todo y usted también, ¿de qué habla?

—Tuteame, por favor. Y no, no lo sabes todo, tengo una propuesta para ti, sé que no la dejarás escapar, créeme, es una oportunidad para ti, para mí. —soltó dejándola anonadada.

—¿De qué va todo esto señor... Rashid? —corrigió, le urgía saber.

Se le quedó viendo y esbozó una sonrisa ligera. Ella pasó saliva con dificultad y mantuvo el aire dentro, sin inhalar más, luego lo necesitó. Sus ojos volaron a esa carpeta abierta que miraba Rashid. Claro, tenía que ser algún documento que validara el pago, lo que ella daba. En ese preciso instante sintió que no valía nada. ¿Cómo podría si estaba vendiendo su cuerpo por dinero? Ella no era una cualquiera, pero se sentía como una y sabía que el resabio se quedaría por mucho tiempo en ella.

—¿Estás bien?

—S-si... Solo un poco nerviosa —tras emitir la admisión se arrepintió.

—Es normal, pero no deberías, no soy un desquiciado, y seré bueno, lo prometo. De lo que quiero platicar es un asunto que debe quedarse entre nosotros. ¿Comprendes?

—No, aún no me dices a qué vas —confesó turbada, esa forma en la que la miraba le causaba cierto temor. Y él lo sabía. Tomaba ventaja del impacto que tenía en la muchacha, lo ponía a su favor, y lo convencía de que podría persuadirla para que aceptara.

—Lo sé, escucha, Victoria —empezó, juntado sus palmas sobre el escritorio, posición que dejaba ver quién mandaba allí, lo escuchó atenta —. No solo quiero desvirgarte, busco algo más, y creo que eres la correcta para ello.

—Por favor, vaya al grano de una vez, se lo suplico.

—Increíble la prisa que tienes, está bien, entonces seré directo, quiero que seas la madre de mi hijo, te pagaré más, no te imaginas cuánto.

Ahora que cortó el suspenso, se quedó como una piedra. Sus ojos se abrieron de par en par y creyó por un segundo que ese hombre la tomaba del pelo. No era una broma, lo confirmó al ver su seriedad, una que fue peor de lo que esperaba.

—No, no, no, yo no haré tal cosa, soy muy joven aún, ¿por qué me pide esto? —brusca, se puso en pies y se tapó la cara, parecía preocupada, una violenta inquietud que se movía por todo su ser y la apresaba.

No era para menos. Ese árabe le pedía un imposible.

—Porque desde que te vi en una fotografía, te escogí, sé que eres la adecuada para darme un hijo. No debes tomar una decisión ahora, pero quiero una respuesta lo antes posible. Porque así solo sería suficiente estar juntos una vez.

Su mente sé amuralló, una maraña de pensamientos la ocuparon. ¿En su primera vez quedaría embarazada? Es que no podía aceptar eso.

—Temo que voy a rechazar su oferta, es algo que no estoy dispuesta a hacer —insistió perturbada con la situación. No lo sostenía siquiera en su cabeza.

—Es una propuesta interesante, te voy a recompensar por ello, piénsalo, en nueve o quizá ocho meses me darás un hijo, obtendrás tu pago y todo habrá acabado. ¿Qué dices?

—Lo dice cómo si fuera algo fácil, soy yo quién debe asumir estar encinta, tener un bebé y enfrentarme a una etapa que aún no quiero vivir. Es que no puedo aceptar, yo solo he venido...

—Sé a que has venido Victoria —le recordó, elevando una ceja.

—Entonces no me pida que haga esto, no es lo que quiero —expresó, era obvio que estaba asustada.

—Es lo que yo quiero, pero te dejo pensarlo dos días, ¿bien?

—No, mi respuesta es no —repitió, con la valentía casi extinta.

—Te he dado dos días, Victoria. Sé de tu situación, he investigado sobre ti, así que estoy al corriente de lo mucho que te urge el dinero. El banco se quedará con tu casa, ¿en donde vivirás con tu madre? Dime, ¿crees que será suficiente lo que te daré a cambio de estar contigo?

—Sí.

Le dolía pensar en la realidad.

—Vale, ahora piensa en multiplicar esa cifra. Seré más conciso, te daré diez millones de dólares si aceptas.

No tenía sentido para la muchacha. La verdad es que para eso habían agencias de vientre en alquiler. Y aunque no conocía mucho del asunto, no creía que allí tendría que pagar diez millones de dólares.

—Es mucho dinero, no entiendo nada.

—¿Qué no comprendes? Soy un hombre adinerado, eso no es nada para mí, pero sé que lo es todo para ti, solo quiero ayudarte y yo también gano —expresó sincero.

A ella le seguía pareciendo una locura.

Ciertamente necesitaba el dinero, así muchas deudas se acabarían y podría cumplir sus metas. Incluso objetivos que nunca imaginó realizar. Al darse cuenta de que ya estaba dándole vueltas a la posiblidad, batió la cabeza.

—Está bien, voy a pensarlo, es algo que aún proceso. Te daré una respuesta en dos días.

—Perfecto, piénsalo bien, es algo bueno, y eres afortunada.

—No sé si sentirme así, puede pedirle esto a alguien más, incluso recurrir a una agencia de...

—Ni lo digas —clavó sus orbes verde grisáceos en ella, con profundidad y ella se cohibió —. Quiero que sea todo lo más discreto posible, puedo confiar en ti, ¿no es así?

—Por supuesto. Entonces me lo pide a mí para que sea todo en secreto, porque supongo que la prensa siempre quiere conseguir entrar en su vida y saberlo todo sobre usted, ¿no?

—Estás en lo correcto, por eso lo hago de este modo, y tú eres una candidata idónea.

—¿Quiénes son las otras? —le interesó saber.

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