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Portada de la novela Esposa Olvidada En La Frigorífica

Esposa Olvidada En La Frigorífica

Sofía lo dio todo por Mateo: salvó su empresa y cuidó de su familia hasta arruinar su propia salud. Tras tres años de entrega, la respuesta de él es la traición, regresando con su exnovia y exigiendo que Sofía atienda el embarazo de su amante. El desprecio alcanza su punto máximo cuando, estando encinta, ella es encerrada en una cámara fría. Tras sobrevivir a la crueldad, Sofía decide romper sus cadenas y desaparecer para siempre de su vida.
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Capítulo 3

Sofía intentó levantarse.

Sus piernas no respondían, el frío del suelo de mármol se había filtrado hasta sus huesos. La habían arrojado al suelo como a un animal, y el dolor agudo en sus rodillas era un recordatorio constante de la humillación. Pero no era ese dolor lo que la aterrorizaba.

Era el bebé. Su bebé.

Con la mano temblorosa, se tocó el vientre. No había dolor, no había calambres. Una ola de alivio la recorrió, un alivio tan intenso que casi la hizo llorar de nuevo. Por un momento, el mundo exterior desapareció. Solo existían ella y la pequeña vida que crecía en su interior.

"¿Estás loca, Sofía?", la voz de Mateo la devolvió a la cruda realidad. Estaba de pie frente a ella, mirándola desde arriba, su rostro una máscara de ira y desprecio. "¿Puedes cuidarme a mí y a mis padres, pero no a Camila? ¿Qué te crees?"

Las empleadas cuchicheaban en la puerta, sus miradas llenas de burla. Una de ellas, la que sostenía el tazón de arándanos que Mateo había pedido especialmente para Camila, sonreía abiertamente. No solo se reían las empleadas; Sofía sentía que el universo entero se estaba riendo de ella. Se sentía como un chiste, una parodia de mujer.

Con un esfuerzo sobrehumano, se apoyó en los codos y luego en las manos, logrando ponerse de pie. Se tambaleó, pero se mantuvo firme. Sus ojos se encontraron con los de Mateo.

"¿Qué soy para ti, Mateo?", preguntó, su voz ronca por el nudo en su garganta.

Él la miró, su ceño fruncido con genuina perplejidad. No entendía. Realmente no entendía lo que ella le estaba reclamando.

"¿Qué soy?", repitió ella, su voz ganando fuerza. "¿Soy la tonta que usó todos sus ahorros para mantenerte y pagar tus deudas cuando eras un don nadie? ¿La idiota que te rescató de la miseria mientras tu amor de juventud te exigía que te arrastraras como un perro por mil pesos?"

Los recuerdos de ese día la inundaron. Camila, hermosa y cruel, arrojando un billete al suelo. Mateo, con la cabeza gacha, a punto de arrodillarse. Y ella, Sofía, corriendo para entregarle a Camila todo el dinero que tenía, solo para salvar un poco de la dignidad de Mateo.

"¿O soy la enfermera gratuita que cuidó día y noche a tus padres en el hospital? ¿La que limpiaba su vómito y sus excrementos con más dedicación que tú, su propio hijo? ¿La que soportó sus insultos y desprecios en silencio?"

"¿O quizás soy la mujer que sacrificó a su primer hijo por agotamiento, cuidando de tu familia, para que tú pudieras concentrarte en tu carrera y volver a ser el gran Mateo que eres hoy?"

La mención del bebé perdido fue un desliz, un grito de su alma herida que no pudo contener. Sabía que él no entendería, que ni siquiera recordaría la llamada en la que ella, entre sollozos, le dijo que había tenido "un pequeño problema de salud".

Mateo frunció aún más el ceño, su confusión convirtiéndose en fastidio.

"¿De qué demonios estás hablando? ¿Qué bebé? Deja de decir tonterías".

Se pasó una mano por el cabello, irritado. "Mira, ¿cuidarla por tres meses está bien? Los primeros tres meses de embarazo de Camila son muy delicados. De todos modos, ¿qué son tres meses? No es para tanto".

Tres meses.

Una risa hueca y amarga escapó de los labios de Sofía. Le pareció que se estaba volviendo loca.

"Tienes razón, Mateo. No es para tanto".

Recordó la última vez en la empresa. Camila la había acusado falsamente de haberle tirado el café encima. Mateo la obligó a disculparse públicamente frente a todo el departamento. "Solo es una disculpa, Sofía, no seas infantil". Luego, Camila dijo que sus zapatos se habían manchado. Mateo le ordenó que se arrodillara y se los limpiara. "Solo es para que se calme, no exageres".

Una disculpa. Limpiar unos zapatos. Cuidar a su amante durante tres meses.

Siempre "solo era un poco". Y ella siempre cedía.

"Mateo, ceder una y otra vez... se siente horrible. Se siente como si te estuvieras muriendo por dentro, poco a poco".

Se dio la vuelta, ignorando la punzada en su pierna cortada, y volvió a su maleta.

"Hay muchísimas empleadas en esta casa. Cuando yo me vaya, podrás contratar a un ejército de mujeres para que cuiden de tu amada Camila y de su hijo".

Su voz era monótona, desprovista de emoción. Se sentía completamente vacía. Solo quería tomar su maleta, llevarse a su bebé y desaparecer para siempre. Quería encontrar un lugar donde nadie conociera su nombre, donde pudiera empezar de nuevo.

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