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Portada de la novela Esposa falsa

Esposa falsa

La vida de Serena, una novicia a punto de culminar su formación religiosa, da un giro radical tras conocer a Ricardo Marroquín. Este influyente magnate la contrata inicialmente como niñera, pero pronto le propone un trato inesperado: fingir un matrimonio para asegurar el éxito de sus negocios corporativos. Serena acepta convertirse en su esposa falsa ante el mundo, aunque impone una condición innegociable para formalizar este pacto de conveniencia.
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Capítulo 3

El bullicio del Salón Comunitario Esperanza retumba como un enjambre. Serena acaba de ordenar una pila de mantas cuando un estruendo de voces la obliga a detenerse. No sabe qué ocurre, solo percibe una tensión extraña, como electricidad en el aire.

Una niña pequeña —Luz— aparece lloriqueando entre las mesas repletas de ropa donada. Serena se agacha, la toma de la mano con cuidado y procura calmarla. La niña solloza algo sobre "no encontrar la puerta correcta". Serena intenta guiarla hacia la mesa de informes.

Y entonces todo se desarma.

Un hombre irrumpe en el salón, abriendo paso como si el lugar le perteneciera. Sus zapatos brillan demasiado para un evento benéfico; su traje oscuro contrasta con las paredes descoloridas. Su presencia parece empujar al silencio a todos a su alrededor.

—¿Dónde está mi hija? —gruñe, con un tono que corta el aire.

No mira a la gente. Busca un blanco. Y ese blanco termina siendo Serena.

Antes de entender qué ocurre, un guardia la sujeta del brazo con brusquedad. Su piel arde donde lo toca. Varias personas murmuran, algunas la observan con sospecha.

—Esa mujer estaba llevándose a mi hija —sentencia el hombre—. Que nadie la deje salir. Llamen a seguridad. O mejor, a la policía.

Serena queda congelada.

¿Secuestro?

La palabra resuena como un golpe metálico.

Pero Luz, al verlo, corre hacia él de inmediato.

—¡Papi! —chilla, abrazándose a su cuello mientras él la levanta del suelo.

Serena siente cómo la sangre le vuelve al cuerpo, pero no la calma. Todo el salón está mirando. Todo el salón cree lo peor.

El hombre le dice algo al oído a la niña. Ella mueve la cabeza con fuerza. Él parpadea sorprendido, como si no esperara esa respuesta.

Su severidad se resquebraja por un instante.

Solo un instante.

Camina hacia Serena.

—Suéltela —le dice al guardia con un tono que suena a orden militar.

Serena queda libre.

Él respira hondo, como si buscara paciencia.

—Mi hija… —empieza, y vuelve a callar. Mira al suelo. Luego la mira a ella. Ese contacto dura apenas un latido, pero la sacude por dentro. Hay algo magnético, una intensidad que no debería existir.

—Fue un malentendido —admite—, pero la próxima vez, lleve a la niña directo al personal. No improvisen.

No improvisen.

Ni una disculpa.

Ni una pizca de humildad.

Serena siente que las palabras le golpean el pecho. Quiere decir algo, pero su garganta está cerrada.

—¿Qué sucede aquí? —pregunta la hermana Lucía, apareciendo justo detrás del hombre.

Él gira la cabeza. Serena aprovecha y se aleja rápido, casi huyendo. El aire afuera es frío, mucho más real que el del salón sofocante.

Se apoya contra la camioneta estacionada.

Y rompe a llorar.

No debería llorar. No por él. No por un desconocido arrogante que la señaló sin pensar.

Pero no llora por la acusación.

Llora porque, pese a todo, su cuerpo reaccionó a él.

Porque su presencia la perturbó, la confundió, la… atrajo.

Y eso la asusta más que el resto.

Cuando la hermana Lucía por fin sale, acompañada por un voluntario que lleva dos cajas enormes, Serena ya ha limpiado su rostro. Ayuda en silencio, sin que nadie pregunte demasiado.

En el camino de vuelta, la hermana Lucía mira el retrovisor con un interés inusual.

—¿Te presentaste con él? —pregunta.

—No.

—¿Le hablaste?

—No.

—¿Te dijo algo más?

Serena aprieta los dientes.

—Entregué a la niña. Me mareé. Salí. Nada más.

La hermana Lucía la mira un segundo más, como si sospechara de algo que ni Serena misma entiende del todo.

El resto de la tarde se vuelve una sucesión borrosa de tareas: doblar ropa, clasificar donaciones, ayudar en la cocina. Pero el nombre del hombre vuelve una y otra vez, golpeando su mente como un tambor.

Ricardo Marroquín.

Eso escuchó.

Eso recuerda.

Eso no puede olvidar.

Esa noche, Serena entra en la pequeña ducha del convento y deja que el agua tibia le recorra la espalda. El vapor empaña el espejo, pero aun así se ve reflejada en él: un rostro que no reconoce del todo.

Los pensamientos la recorren como un pulso tibio que se enciende sin aviso. La tensión del día se acumula en el pecho, en el estómago… más abajo también. No es algo físico. Es una corriente que la recorre y no le pide permiso, solo avanza.

La imagen del hombre aparece sin que ella quiera:

sus ojos grises, su voz, su manera de moverse.

Esa mezcla de seguridad y furia.

Cuando se acuesta, el cuerpo sigue despierto.

Las sábanas rozan su piel caliente y cada roce amplifica ese hormigueo extraño. Serena respira hondo, intentando calmarse, pero el aire entra agitado. Se estremece sin entender si es miedo, deseo o ambas cosas.

Algo dentro de ella se enciende.

Un calor profundo, nuevo, prohibido.

Una pulsación suave que sube y baja como una ola lenta.

Un suspiro se le escapa, involuntario.

Cuando esa ola final se extingue, se queda quieta, con el corazón acelerado y un miedo dulce latiendo en las piernas.

No quiere pensarlo.

No quiere analizarlo.

No quiere admitir que fue su imagen lo que detonó todo.

Se levanta, respira hondo, se ducha otra vez.

Necesita su diario. Necesita escribir lo que siente para no volverse loca.

Pero cuando abre el armario… no está.

Revisa su bolso… nada.

Debajo de la cama… vacío.

Un frío intenso le recorre la columna cuando la memoria por fin encaja.

El diario quedó en el Salón Comunitario.

Entre las cajas.

Entre la ropa.

Entre la gente.

Entre posibles manos ajenas.

¿Entre las manos de él?

Su corazón late como si quisiera escapar de su pecho.

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