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Portada de la novela Esposa En Alquiler

Esposa En Alquiler

Tras el despido de su padre como chofer de los Radley, Eveline deja sus estudios universitarios para trabajar en la cafetería de Aidan. Él es un hombre soberbio y atormentado por su pasado, pero ella no puede evitar sentirse atraída. La situación se complica con la aparición de Luke, el hermano de Aidan, quien compite por el afecto de la joven. En medio de este triángulo amoroso, deberán superar duros desafíos para proteger sus sentimientos.
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Capítulo 3

La joven despierta sobresaltada al escuchar los golpes en la puerta, se incorpora de la cama y va hacia la sala mientras estruja sus ojos con pesadez. Al abrir, maldice mentalmente por estar en esas fachas y que el dueño del piso donde vive la repase con una mirada extraña, que la pone incómoda.

—Dígame —dice la chica haciendo un esfuerzo sobrehumano para no cerrarle la puerta en la cara al viejo.

—Vengo por el dinero, ya hoy es último de este mes —le recuerda el hombre de ojos quisquillosos.

—Bueno, verá señor Farrell. Hoy me fue terrible en el trabajo, y me ha sido imposible conseguir el dinero. Pero le aseguro que si me da dos días más puedo pagarle lo que le debo —suplica la joven reteniendo el aire que tiene atorado en el pecho.

—Dos días —recalca el dueño del piso—. De lo contrario deberás buscar otro sitio donde vivir.

Willow suspira aliviada.

—Vale, muchas gracias señor Farrell. Le prometo que tendrá su dinero —el hombre asiente y se marcha escaleras abajo.

La chica cierra la puerta y toma asiento en el incómodo sofá oscuro que debe de cambiar pronto si no quiere quedarse sin su trasero. Aunque comprar un sofá nuevo le costaría seis meses de su sueldo, y tomando en cuenta que ha perdido su empleo, eso es un poco imposible en este momento.

Oreo se acerca a la joven y frota su cuerpo en las piernas de la chica. Willow la carga entre sus brazos mientras se dirige a su dormitorio.

—No sé qué será de nosotras si no llego a conseguir ese empleo, cariño —comenta acariciando la cabeza de la gatita que la mira desinteresadamente.

La joven decide cambiarse de ropa para salir a la calle, necesita buscar cuanto antes un empleo. Y quedarse en casa de brazos cruzados mientras espera a que suceda un milagro, eso no resolvería nada.

Se enfunde en unos vaqueros desgastados y su suéter de lana para cubrirse un poco del frío que ha causado la lluvia. Se coloca sus botas oscuras y sale del apartamento no sin antes traer un paraguas consigo. No iba a arriesgarse de nuevo, odiaba coger un resfriado, con lo difícil que se le hacía en ese instante comprar medicamentos.

Las calles de Brooklyn están desoladas, a exención del señor Joshua que se encuentra en la banca de la pequeña plaza. Es el que más visita ese sitio puesto que alimenta a las palomas que invaden la fuente. La joven al pasar cerca de él, sacude su mano saludando al agradable señor que le sonríe en respuesta.

Continúa su marcha en dirección a su antiguo trabajo, pasará a buscar su gabardina, esa que lleva tiempo conservando con ella y por alguna extraña razón no puede tirar a la basura o perderla. Llega en menos de cinco minutos al local del señor Hanks, este al verla no refleja ninguna expresión en su arrugado rostro.

—Vengo por mi gabardina —anuncia cortésmente.

—Willow —la llama el señor Hanks.

—Dígame.

—Imagino que aún no has podido encontrar empleo —la joven Willow se encoge de hombros—. Conozco a alguien que está buscando una chica para hacer los quehaceres de la casa, aquí está su dirección por si estás interesada.

Le tiende un papel doblado cuidadosamente, la chica lo toma sin dudarlo.

—Vale, le agradezco —le regala una sonrisa de boca cerrada y se dirige al depósito por su gabardina.

Al salir de la tienda, decide ir por una tarta, así que emprende camino a la cafetería que suele recurrir. Las calles están en completa tranquilidad, apenas y se oye el murmullo de las pocas personas en la plaza. Pero el silencio no dura para siempre, ya que al ir adentrándose al barrio de Brooklyn, el sonido del claxon de los autos es bastante ensordecedor para la joven Willow que detesta el ruido.

La cafetería se encuentra semi vacía, algo que le resulta muy extraño a la chica, puesto que es el sitio con más clientes.

—Oliver —saluda al muchacho de piel oscura que ordena algunos dulces en la vitrina.

—¡Willow! —emite dibujando una sonrisa en su labios—. Estabas perdida.

—No había tenido tiempo de pasar por estos lares —dice tomando asiento en la barra.

—Ya veo —hace una mueca en respuesta —. Hablando de ello, ¿Cómo te va en el trabajo?

Willow baja la mirada a sus botas oscuras y muerde su labio inferior, reprimiendo las enormes ganas que tiene de llorar. Sin embargo, traga el nudo en su garganta y simula que no le afecta estar desempleada.

—Bueno, ya no trabajo con el señor Hanks.

Oliver alza la cejas.

—¿Renunciaste?—la joven niega con la cabeza.

—Más bien me ha despedido —suelta una risita seca—. La verdad me da igual, aunque me hubiera gustado que no hubiera sido por culpa del idiota de Dylan.

—¿Dylan regresó? —pregunta juntando sus cejas.

—Sí, desgraciadamente —bufa haciendo soplar los mechones de su cabello cobrizo.

—Tengo unos minutos.

Willow le relata a Oliver todo lo que sucedió en la mañana, desde su despido y la manera cómo su ex novio intentó invitarla a salir de nuevo. El muchacho de piel oscura la escucha atentamente mientras le sirve una porción del pastel de manzana recién horneado.

Oliver se había vuelto el amigo más cercano de la joven, y aunque este le llevaba cinco años, la diferencia de edades nunca había sido impedimento para que ambos se volvieran últimamente inseparables.

—Sigue estando tan guapo que me odié por fijarme en sus facciones más marcadas. No entiendo por qué debe ser tan...

De pronto su voz se apaga al observar un hombre extremadamente apuesto ingresar a la cafetería. Oliver desvía su vista hacia la misma dirección y frunce el ceño.

—Willow.

La llama, pero la joven no despega la vista de aquel hombre con un cuerpo privilegiado y escultórico enfundado en un traje de corte italiano color negro, color que resalta su tez bronceada. Debe medir al menos un metro noventa, piensa la joven mientras lo escudriña sin ningún disimulo, pero de repente su profunda mirada de ojos azules se posan en los de la chica.

Sin embargo es solo eso, una mirada furtiva que se aparta rápidamente. No dura siquiera un minuto, pero aún así logra dejar anonadada a la joven.

—¿Hola? tierra llamando a Willow —la voz de Oliver la trae de vuelta.

—¿Eh?

—Estuve a poco de buscar una cubeta —comenta su amigo reprimiendo la risa que amenaza con brotar.

Willow rueda los ojos.

—No exageres, tampoco es para tanto —miente ladeando la cabeza en dirección al hombre que se ha sentado en una de las primeras mesas de la cafetería—. ¿Es nuevo?

Oliver dirige su vista hacia el hombre y achica los ojos mirando ahora a su amiga.

—¿Y eso cómo por qué te interesa? —inquiere tomando la libreta y un bolígrafo.

Para luego ir hasta la mesa del hombre imponente que se ha robado más de una mirada de sus compañeras de trabajo. Incluyendo a Willow que se ha quedado estática en la barra.

La joven ha sentido un extraño hormigueo en su interior, quizás se trate de hambre, puesto que no ha comido bien, solo el pedazo de pastel que acaba de devorar. Piensa la chica. Pero sabe que no es por hambre, ya que la sensación es diferente y es primera vez que se siente de esa manera al ver a un hombre como él, es tan apuesto, que parece sacado de una de las revistas Vogue. Emana una seguridad que no todos poseen, y un aura indecifrable que le gustaría descubrir.

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