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Portada de la novela Eso que llamamos casualidades

Eso que llamamos casualidades

Adrián Ramírez, un baterista desempleado, toca fondo mientras lidia con sus adicciones, deudas asfixiantes y un corazón roto. Convencido de su mala suerte, su perspectiva cambia radicalmente tras una entrevista de trabajo desastrosa al descubrir a un bebé abandonado entre los desechos. Este suceso imprevisto lo empuja a enfrentar su destino, revelándole que sus tragedias previas eran solo una dura preparación para aprender a salvarse a sí mismo.
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Capítulo 3

Resulta que no era nada fácil cuidar a un bebé, mucho menos a uno desnudo y hambriento. Déjame ponerlo de este modo: cuando subí al tren, con dirección a la casa de mi madre —¿Alguien dijo nunca «pisotear el orgullo»?—, yo lucía como la mierda y olía incluso peor. Bueno, yo no tanto, pero ella... Todos los ojos se fijaron en mí de inmediato, como si fuera algún terrorista salido de una de esas series extranjeras. Ya sabes: hombre malo sube al tren con un paquete, grita algo en una lengua que nadie entiende y pum, volamos en miles de pedacitos sangrientos. Encantador. Una mujer gorda y bajita arrugó la nariz y otra miró al bebé en mis brazos como si sintiera pena.

Nervioso, me senté junto a un hombre de traje y corbata que se levantó como si yo tuviera la peste. Viéndome desde arriba, él hizo una mueca. Yo suspiré. Estaba cansado y moría de hambre, por lo que traté de ignorarlo. No estaba de humor para esto y seguro que si me provocaba le saltaría encima. Bebé o no, le patearía el culo hasta que mi zapato se enterrara en él.

Estuve en la estación de Propatria en al menos media hora. Subí las escaleras y me quedé mirando... nada en específico. ¿Qué hacía yo ahí? Oh, vamos. No veía a mamá desde Navidad, cuando discutimos como de costumbre y yo le grité que se fuera a la mierda. Más específicamente, maldije a su propia madre, mi pobre abuela, ella me lanzó un vaso de vidrio que se estrelló contra la pared y... «Debería irme», pensé. Hice el intento de devolverme, pero la niña en mis brazos me detuvo. No podía continuar siendo orgulloso ni egoísta. Ella tenía hambre y necesitaba cosas de bebés sobre las que yo no tenía ni una miserable idea.

Quisiera o no, tendría que hacerlo.

Dando un suspiro, comencé a caminar hasta llegar a su casa. Era mediana, pintada de blanco y verde y con rejas negras. La motocicleta de mi hermano, estacionada al frente, me dijo que él estaba ahí. «Lo que me faltaba». De todas las persona en Venezuela era el único que no quería ver. No ahora, en esta situación al menos. Pero maldita mi suerte, fue Maykol —no, no es un error. Sí, ese es su nombre. Sí, es de esta forma como se escribe— quien me vio antes de que tocara el timbre siquiera. Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia el bebé que continuaba llorando y luego a mí. Pasando de uno al otro, permaneció inmóvil y sin camisa en la ventana.

—¿Vas a abrirme o echo raíces aquí, marico? Tú dime.

Maykol me dejó pasar. Mi madre estaba en el sofá, viendo una de esas telenovelas cutre a las que les prestó más atención que a mí a lo largo de su vida. Como de costumbre, no se percató de mi presencia hasta que me aclaré la garganta; solo entonces levantó la mirada y... bingo. Sus pequeños ojos marrones parecían querer salírsele de las cuencas. Una imagen divertida, si me lo preguntan.

—¿Y esa carajita ?

—Me la robé, pa’ sacrificársela al Gran-Señor-Oscuro. —Me burlé—. Hola, Amarilis, estoy bien. Gracias por preguntar. Tan amable como siempre.

—Deja esa vaina del sarcasmo, Adrián, que no estoy de humor. ¿Cuándo parió Gabriela?

El solo hecho de oír el nombre de mi ex me derrumbó. Como una patada en el estómago que dejó sin aire, débil, sin ánimos.

Negué.

—No es mía. Me la conseguí en Chacaíto, en la basura, por ahí. Alguna puta la botó.

—Ah-ha, y yo soy gafo , pues. —Maykol me dio una mirada despectiva—. ¿Dónde dónde la sacaste?

Bufé. Ah, sí, las bondades de tener una familia disfuncional. Tanta paz, amor, solidaridad y etcétera.

—No, tú eres un pajúo —respondí de mala gana y me concentré en mi madre—. ¿Tienes leche, papilla o una vaina de esas?

Ella asintió.

—En la cocina.

—Gracias. ¿Te la quedas mientras le hago algo?

Mi madre movió la cabeza, con los ojos en la televisión. Dejé a la niña en sus brazos y me fui a preparar algo de comer... para ella y para mí. Sí, bueno, a esas alturas ya no me quedaba ni un poco de orgullo. No después de mi fallida entrevista de trabajo. En realidad, creo que lo perdí todo al suplicarle a Gabriela que no me dejase.

¿Alguna vez has intentado darle de comer a un bebé de... dos meses quizá, sin un biberón? Es el infierno. Jodida y aterradoramente absurdo. Traté con todo: pajillas, botellas de soda, jeringas... Imposible. A final, mi madre se hartó debido a sus gritos e hizo magia: alimentó a la niña con un biberón improvisado. No me preguntes cómo, no lo sé. Incluso le sacó los gases antes de entregármela con sus cara de voy-a-cortarte-en-pedacitos que solo me ponía a mí.

Pude haberle hecho un altar en ese preciso instante o besado, pero mi madre y yo no éramos precisamente afectivos. Se nos daba mejor gritarnos y lanzarnos objetos peligrosos.

—¿Qué harás con eso? —La señaló.

Y sí: esa era mamá. Tan dulce como siempre. Todo amor y ternura.

—¿Es muy tarde para abortarla, uh?

Ella entrecerró los ojos sobre mí. Todo el ambiente se volvió tenso y gritó «peligro». Pero jodida mierda, yo era suicida.

—¿Vas a seguir con la vaina? Supéralo y ya.

Síp, claro. «La vaina» era nada más y nada menos que el aborto casero que le hizo a mi hermana de dieciséis años. Por eso habíamos discutido durante las fiestas navideñas. Puede que no parezca gran cosa, pero permíteme ponerlo en contexto: estábamos cenando y bebiendo. Casi parecíamos una familia real, feliz, de esas que ves en la televisión. Y de repente, pum, la bomba: «Tuve que sacarle el muchacho a Rocío». Así de simple. Y todo a mi alrededor pareció congelarse por un momento.

Ah, mierda, lo admito: no esperaba que fuera virgen. Eso ni en mis mejores fantasías, pero al menos que no se acostase con medio barrio. Y de todos modos, si iba a hacerlo, que se cuidara. Que mi madre lo hiciera, ¿era mucho pedir? Porque lo que menos me preocupaba era un embarazo no deseado, en realidad, sino las infecciones. Cuando traté de reclamarle a Rocío, me recordó que no éramos nada más que medios hermanos y que yo no podía sermonearla siendo un drogadicto de mierda, alcohólico y fracasado.

Al parecer ella también olvidó quién pagó su vida de niña rica hasta que se declaró en bancarrota. ¿No adivinan? Yo. Que conste en el acta.

—Me la voy a quedar —respondí a su pregunta—. Pero no sé un carajo sobre chamitos .

Mi madre alzó un hombro, como si no le importase.

—Solo hacen tres o cuatro cosas: comer, cagar, llorar y dormir. No en ese orden, pero da igual.

Cuánto amor. Tanta ternura me conmovía.

—Sí, ah-ha. ¿Y cómo la baño, le doy la comida y esa vaina?

—Agua tibia, pruébala con el codo. Que no te queme. Más fría que caliente. La comida, con el tetero , pues. Lo demás, lo aprendes solo. A mí nadie me enseñó a ser mamá.

Por supuesto que no, y le había salido de maravilla. Se merecía un premio.

—Gracias —refunfuñé—. ¿Y cómo sé si está enferma?

—Fiebre. Llanto... —Me dio una mirada que me hizo sentir como un deficiente mental—. Llévate la leche y lo que necesites.

Dando un suspiro, asentí.

—Gracias.

La niña ya no lloraba en ese momento, en realidad estaba dormida. Teniendo cuidado de no despertarla, la envolví en una manta que me ofreció mi madre y salí ignorando la sonrisa burlona de mi hermano mayor.

Ah, mierda, ¿en qué problemas me metía? Esta era una mala idea, pésima. Horrible. Sin embargo, yo sabía que no me quedaba opciones. No la dejaría en la calle y seguro como el infierno, tampoco la llevaría con la policía. Había oído historias, una más terrorífica que la otra, sobre lo que le hacían a los niños en los albergues.

Con ella no sería igual. Me encargaría de cuidarla, de algún modo, y resolvería las cosas.

Le di una mirada y tomé aire antes de volver a ingresar al Metro. Todas las personas necesitaban un nombre. ¿Tenía que ponerle uno?

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