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Portada de la novela Eres mi prioridad

Eres mi prioridad

Tras descubrir que su relación era una completa mentira, Andrea decide romper con su pasado. En su camino aparece Fabio, un influyente heredero que consolidó el imperio de su padre tras su fallecimiento. Aunque la conexión entre ambos es inmediata, su romance se ve amenazado por peligrosas obsesiones e intrigas ocultas. Rodeados de misterio y pasión, los dos deberán aprender que establecer sus prioridades es vital para superar el caos que los acecha.
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Capítulo 3

Salí rumbo a la casa de mi madre, ya era tarde, pero necesitaba verla, no tardé más que quince minutos en llegar, aún las luces estaban encendidas en la sala de estar.

Entré hasta quedar frente a la casa, me estacioné y bajé, estoy seguro de que ya está por abrirme, debió escuchar a mi bebe rugir.

—¡Fabio! ¡Hijo! ¡¿Cómo estás?!, hoy extrañé tu llamada, ¿está todo bien? —me dijo al abrir la puerta justo como lo había predicho.

—¡Mamá! Estoy bien, ¿y tú? —le dije al abrazarla y darle un beso en la mejilla —. No pude llamarte, hoy estuvo bastante abarrotado el negocio.

—Qué bueno, hijo, tu padre estaría tan orgulloso de ti —dijo con un toque de tristeza en sus ojos, sé que lo extraña tanto como yo —. Pero pasa, no te quedes ahí.

Entré hasta la sala, platicamos un poco más, ya era bastante tarde y mañana será un día de trabajo bastante pesado, los fines de semana así son, a las personas no les gusta cocinar en casa, pero eso es bueno para mí.

—Me tengo que ir má —le dije levantándome de mi lugar.

—Ya es tarde, quédate esta noche aquí, sabes que tu habitación está disponible cada vez que quieras —me comentó con ojos de súplica.

Me quedé meditando la invitación de mi madre, hacía mucho que no me quedaba, creo que tiene razón, ya es tarde, mejor me voy temprano directo al gym, después a mi departamento y luego al trabajo.

Ella estaba feliz cuando acepté su invitación, nos dirigimos cada uno a sus aposentos a dormir, entré a mi habitación, aún parece la habitación de un adolescente, mamá no ha cambiado nada, posters de bandas de Rock pegados en la pared, torres de discos en la mesa de la computadora, hasta mi patineta estaba en su sitio a un lado de la cama.

Desde que me fui a la universidad a estudiar gastronomía, eran pocas las veces que he dormido aquí, pero en fin es hora de dormir.

Mientras estaba recostado en la cama, no dejaba de pensar en Andrea, de verdad que es hermosa, hacía mucho que no me sentía interesado en una mujer, entre la escuela, luego el trabajo junto a papá y después… después cuando él faltó, ya no tuve tiempo ni de pensar en nada.

Creo que debería hacerle caso a mi madre y tomar unas pequeñas vacaciones, de verdad me hacen falta, hacía mucho tiempo que me lo venía diciendo.

Tomé mi teléfono y comencé a ver mis redes sociales, de pronto me cruzó la idea de buscarla en fb, soy un enfermo, ¿cómo puedo pensar en eso? Además, ni siquiera me dijo su apellido, simplemente su nombre, ¿Cuántas Andreas existirán en esa red social?

De cualquier manera, lo hice, tal vez tendría suerte, pero no, ya demasiada suerte había tenido al encontrarla en el estacionamiento y tener una segunda oportunidad de verla y saber más sobre ella. Como decía mi abuela materna… A dormir que la noche es corta.

Biiip!!! Biiip! Biip!

Sonaba mi alarma a las 6:00 a.m. Yo aún tenía sueño, no me quería levantar, pero sabía que, si no lo hacía ahora, llegaría tarde a todas mis actividades de hoy.

Me levanté, me vestí y salí de casa de mamá directo al gym, que, aunque no me da mucho tiempo el trabajo, también me gusta cuidar mi apariencia, además que solo lo hacía 3 o 4 veces a la semana.

Comencé con mi rutina, a lo lejos estaban dos chicas bastante guapas mirándome y platicando entre ellas, me incomodan un poco, no me gusta que me acechen.

—Hola, mi nombre es Paola, ¿puedo acompañarte en tu rutina? Y después no sé… podríamos salir a… desayunar algo —se acercó una de ellas y me dijo mientras no disimulaba la manera pervertida de mirarme, ni las claras insinuaciones de que lo que se quería comer después, en realidad era a mí.

—Hola Paola, soy Fabio, claro que puedes acompañarme, hay suficiente espacio para ambos, lo de la invitación a desayunar, lamento decirte que no puedo, después de aquí salgo para mi trabajo, en otra ocasión será —le dije, tratando de ser lo más amable posible.

Hizo una mueca de disgusto, creo que no está acostumbrada a que la rechacen, y respecto a rechazar, ¿estaba yo haciendo a un lado sex0 fácil? No tenía demasiada acción, pero tampoco me faltaba ¿De cuándo para acá yo era así? No le presté mucha atención y seguí en lo mío.

Después de hacer algo de ejercicio, salí rumbo a mi departamento para tomar un baño y alistarme para el trabajo.

Al llegar al “Bianchi” ya estaba Alonso abriendo junto a los meseros de ese turno, había olvidado por completo el auto en el estacionamiento, era el de Andrea, eso quería decir que aún no iba por él y que tengo otra oportunidad de verla.

Una sonrisa tonta se formó en mi rostro y Alonso lo notó. —Sí que te gusto la chica, ¡¿eh?! —me dijo entrecerrando los ojos a modo de interrogatorio.

—¿De qué hablas? —respondí haciéndome el desentendido.

—¿Cómo si no lo supieras? —me dijo ya avanzando hacia la cocina y riendo a carcajadas.

Debo admitir que sí, que, sí me gustó bastante, tenía que saber más de ella, pero no me queda esperar a qué venga por su auto y que yo me dé cuenta cuando lo haga.

POV ANDREA

Los rayos del sol comenzaron a entrar por la ventana hasta llegar a mi rostro, aún no quiero levantarme, es sábado, hoy no trabajo.

Trabajo en un hospital como recepcionista y solo lo hago de lunes a viernes, los sábados normalmente los utilizo para mis clases en línea, estudio administración de empresas a distancia, pero tengo 4 fines de semana libres, así que hoy tengo el día libre para realizar mis labores domésticas o hacer mis pendientes personales.

Tengo que ir por mi coche, me regañé a mí misma, además de que debía ir al supermercado por la despensa de la semana, creo que mejor me voy a bañar, ya eran las nueve de la mañana y yo aún quería seguir en los brazos de Morfeo.

Al salir del baño escuche mi teléfono sonar, mire la pantalla, era Emily, mi mejor amiga. La conocí en el hospital donde trabajo, ella estuvo al cuidado de su madre por mucho tiempo, hasta que ella falleció hace 1 año.

Estaba ahí a diario, congeniamos mucho, yo no soy muy sociable, pero la forma de ser de Emily es especial, te hace hablar, aunque no quieras, es muy parlanchina, ¡está loca!

—¡Hola! —contesté y la puse en altavoz para poder buscar mi ropa y vestirme.

—¡Me tienes abandonada! —Me dijo en un tono acusador.

—Pero si el jueves estuvimos juntas y ayer con mensajes de texto, o acaso ¿ya quieres vivir conmigo o qué? —le respondí y solo obtuve una mega carcajada de regreso.

—Ya, pues no, ¿Cómo te fue ayer? ¿Estás desvelada?

—Un poco sí —quisiera decir que sí y que fue por la razón que ella piensa, pero tristemente, no.

—Huy debió ser una noche de mucho sex0 desenfrenado entre tú y el ratón de biblioteca que tienes por novio.

Yo solo solté un suspiro que ella claramente escuchó a través de la llamada.

—¡Hay, no puede ser! ¡¿Lo volvió a hacer?! —me dijo encolerizada por lo clara que fue mi expresión.

—Aja —solo eso le respondí.

—Pero ¡qué idi0ta!! ¿Cómo se atreve? Ya deberías de mandarlo, pero si a la mismísima ¡vee… necia! —gruñó.

—Terminaré con él, hoy —le dije seria y sin ningún tipo de expresión, ella se mantuvo en silencio por unos segundos, verdaderamente eso si que es un logro.

—¿De verdad? —dijo con mucha duda.

—Sip, la verdad ya lo he venido pensando desde hace tiempo, creo que el estar con él solo para decir que tengo novio no me gusta, él está ausente, en ocasiones siento que hasta le estorbo porque hablo de cosas a futuro que a él no le gustan, así que será lo mejor, ayer fue la gota que derramó el vaso y aunque yo lo quiero, ya no soporto esta situación. —le dije con mucha seguridad.

—Creí que nunca te animarías a hacerlo, y… ¿Cómo se lo dirás? —me cuestionó con mucha curiosidad.

—Iré por mi coche y pasaré a su oficina para hablar con él, no quiero decírselo por teléfono.

—¿Tu coche? ¿Pues donde lo tienes? —se me había olvidado comentarle del pequeño percance que tuve al dejar las llaves en el interior de mi auto.

Le conté lo que me pasó y que Fabio me trajo hasta aquí en su motocicleta, todo lo que sentí al subirme por primera vez en aquello, ella solo se carcajeaba de mí, no disimulaba la diversión que le causaban mis desgracias.

—¿Y ese tal Fabio, está bueno? —¡hay! no puede ser, ¿cómo puede preguntar eso? Pero me puso a pensar en esos ojos negros como la noche y en cómo me aferré a él como una chinche para no caerme de la moto. —¿sigues ahí? —me preguntó sacándome de mis pensamientos.

—Sí, es guapo —le dije lo más normal que pude, de verdad que era muuuuy atractivo.

—Tienes que llevarme a ese lugar algún día.

—Lo haré, te llevaré, la comida es verdaderamente deliciosa, pero será otro día, hoy tengo varios pendientes en mi vida que debo solucionar.

Nos despedimos y colgamos la llamada, continúe arreglándome, busqué algo para ponerme, elegí unos jeans azules, una camiseta casual color lila y mis zapatos deportivos, quería algo cómodo, no sabía si hoy también el destino se ensañaría conmigo y tendría que regresar a pie de algún lugar lejano.

Primero iré por mi coche y después a la oficina de Óscar, por ahora prepararé un desayuno para salir sin pendientes y no entretenerme por ahí.

Fui a la cocina y preparé unos huevos revueltos acompañados de pan tostado y jugo de naranja, delicioso, aunque no tanto como la pasta de ayer, esa es comida parece hecha por los dioses.

Después de desayunar, asee un poco la casa para tener la tarde libre y poder ir con Emily. Alrededor de medio día, tomé mis llaves de repuesto y llamé un taxi, ya me van a cobrar estacionamiento por dejarlo hasta tan tarde ahí, me reía a mis adentros.

Tras unos minutos, escuché el claxon del taxi afuera, así que salí y lo abordé. —¿A dónde la llevo, señorita? —me dijo amable el taxista, un hombre de unos 50 años, moreno y de ojos saltones —. Al “Bianchi” por favor —le contesté y avanzamos.

—Muy buena comida, ¡eh! —me dijo, a lo que yo solo asentí.

—Creí que después de la muerte del dueño se iría a la quiebra, pero al parecer dejó en muy buenas manos el lugar —no le había puesto mucha atención en la plática hasta que tocó ese punto, no lo sabía, prácticamente conocí el lugar a la par de comenzar la relación con Óscar.

—¿Hace cuánto pasó eso? —le pregunté con morbo.

—Hace poco más de tres años, fue algo muy repentino, sabe, los taxistas nos enteramos de muchas cosas. —me sonreí al pensar que, así como se enteraban de muchas cosas, también las transmitían a los pasajeros. Es por eso que no lo sabía, eso pasó antes de saber de la existencia del lugar.

—Que mal —contesté y me di cuenta de que habíamos llegado, pagué el viaje y me desplace hacia mi coche, me monté en él y me fui de aquel sitio. Giré el rostro por instinto hacia aquella gran ventana en el segundo piso, no sé, tal vez buscaba a mi héroe de ayer, pero no estaba.

Tomé el rumbo hacia el trabajo de Óscar, trabaja en una empresa de arquitectura, según él por eso está muy ocupado siempre, es la más importante en la ciudad.

A lo que me comentó ayer, pasará todo el fin de semana trabajando en su nuevo proyecto, así que no me molesté en llamar para confirmar, aparqué el auto y fui hacia el elevador, él trabaja en el tercer piso.

Escuché el sonido del elevador indicando que había llegado a mi destino, me dirigí a recepción, pero todo estaba vacío, claro, es sábado, solo los obsesionados trabajan cuando es su día libre.

Estaba por irme cuando desvié la mirada a la oficina que ocupa Óscar, estaba entre abierta, me pareció escuchar voces, creo que si está. Agarré una buena bocanada de aire para tomar valor y decir lo que necesitaba.

Al acercarme cada vez más, me di cuenta de que no era una plática ¿Acaso? .... ¿Esos eran gemidos? Me acerqué hasta quedar frente a la puerta y la terminé de abrir lentamente.

La imagen que me recibió era algo increíble, ahora entendía por qué no había nadie en recepción.

Estaba ella recostada sobre el sillón que estaba en la oficina con el rostro de Óscar metido en sus pantaletas, no, ya no traía pantaletas.

Al sentirse observados, los dos voltearon en mi dirección y clavaron sus miradas en mí. Ambos tenían el rostro descompuesto al saberse descubiertos, yo no podía articular palabra alguna, solo me di media vuelta y salí de ahí a toda prisa.

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