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Portada de la novela ERA EL CABALLO BLANCO ENTRE LA MANADA NEGRA

ERA EL CABALLO BLANCO ENTRE LA MANADA NEGRA

Flores Oviedo encara la transición a la adultez rodeada por la violencia de la Revolución Mexicana. En este escenario de guerra civil, su inexperiencia emocional choca con la crudeza del entorno, obligándola a resistir mediante su valentía. Mientras se aferra a un antiguo juramento infantil, la aparición de nuevos pretendientes pone a prueba su fidelidad. Ella deberá decidir si su primer amor es un vínculo eterno o un espejismo juvenil frente al caos.
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Capítulo 1

Capítulo Uno 

Había llegado el verano del 1900, al interior de la hacienda Las Palomas ubicada a las afueras del estado de Querétaro, se respiraba un ambiente tranquilo y apacible; mismo que se terminó cuando dos niños llegaron corriendo de las montañas a la casa grande de la hacienda. Al llegar sólo la niña vestida de ropas finas entró. El humilde niño que la acompañaba se detuvo justo antes de cruzar la puerta. La niña comenzó a inspeccionar el lugar, esperando que no hubiese alguien cerca; y cuando se aseguró que nadie los podía ver, hizo señas al niño para que entrara. El niño limpiando las suelas de sus huaraches y quitándose su sombrero de paja, entró. Luego los dos se fueron sigilosos a la cocina. Al llegar a la mesa pudieron ver un suculento pastel al centro de ésta. Mirándose con complicidad tomaron dos rebanadas y salieron de la casa huyendo hacia un escondido jardín.

Los escurridizos ladrones habían crecido juntos, ella era Flores, la pequeña hija del dueño de la hacienda y él era Rafael, el hijo de un pobre peón.

Fue tal vez por ser los únicos niños en el lugar y por el trato y los juegos diarios, que un sentimiento fue creciendo en ellos a la par de su estatura. Y es que siempre buscaban pretextos para estar juntos. Ella se escabullía de su nana Conrada y él de su estricto padre que lo obligaba a trabajar todos los días con ahínco.

La pequeña que había llegado a los seis años de edad y él a los siete, pasaban la mayor parte del tiempo recorriendo las montañas cercanas a la hacienda, explorando, curioseando, recolectando cosas. Eran tan felices que a su corta edad no había nada que les importase más que estar juntos, aunque no lo decían.

Esa relación de íntima amistad cambió drásticamente tres años más tarde, cuando Rafael que acababa de cumplir diez años dio un gran grito llamando a Flores ahora de nueve años. La niña se llamaba así por deseo expreso de su padre, pues cuando la tuvo entre sus brazos al nacer y ver sus rozadas mejillas, sus tiernos y destellantes ojos cafés, sus finos y castaños cabellos, en aquel pequeño rostro tan blanco como el algodón, le pareció mirar un ramo de flores, el más hermoso.

Al llegar Flores donde Rafael, pudo ver lo que éste le señalaba insistente. Corriendo velozmente en un cercano pastizal, un grupo de unos veinte caballos cruzaban un soleado claro. La cara de la niña era de asombro total.

Y mientras los caballos llenos de vida y belleza aplastaban la hierba, el fresco viento traía ese enervante olor a savia verde hasta la nariz de los niños, que extasiados llenaban sus pulmones.

Repentinamente entre la manada hizo su aparición un hermoso caballo blanco, lo que hizo que los niños abrieran sus bocas asombrados. El majestuoso animal poco a poco se fue mezclando entre los otros. Su color resaltaba radiante.

–¡Así eres tú! – dijo Rafael mirando a los caballos alejarse y perdiéndose entre árboles.

La pequeña Flores no comprendió a que se refería con eso. Fue cuando Rafael que se había acercado a la niña, tomó su mano. El corazón de Flores comenzó a acelerarse hasta ponerse muy nerviosa. Mientras el niño que estaba totalmente tranquilo, imaginaba aún a los caballos corriendo a lo lejos.

– Tú eres como el caballo blanco entre la manada negra – dijo Rafael.

Ella, que en años anteriores hubiese hecho algo para que el niño soltara su mano, no hizo nada esta vez.

– Así, así resaltas tú – continuó Rafael –, es imposible que no resaltes, que no destelles entre los demás.

Desde ese momento un extraño sentimiento revoloteó en el estómago de Flores, que había encendido sus mejillas del color de los cerezos.

A lo lejos se escuchó el grito de la nana de la niña llamándola a la casa, pues ya era la hora de la merienda.

La niña sin decir nada soltó la mano de Rafael y echó a correr rumbo a su casa, dejando al niño solo entre las montañas.

Esa noche estando Flores en su casa, evitó salir al patio y ver a Rafael. La niña no se explicaba el por qué cada vez que recordaba esa tarde su corazón se agitaba emocionado y sus mejillas parecían delatarla.

Con los días la niña continuó alejada de Rafael sin decir el por qué, pues tenía miedo de eso que comenzaba a sentir y que no podía explicarse. Así pues, cada vez que escuchaba el nombre del niño cuando era llamado por su padre o algún otro peón, ella volvía a sentirse igual; con el corazón agitado y con las mejillas que parecían estallarle.

Para todos fue extraña esa semana que los dos inseparables amigos no anduviesen juntos por ahí. Era algo que no pasaba desapercibido pues antes cuando él era llamado por su padre, ella respondía sonriente por el niño; y cuando sus padres o la nana la llamaban a ella, ante los ojos de éstos por la puerta aparecía primero Rafael solo y apenado, ya que Flores a empujones lo obligaba a entrar; se trataba de una broma que ella le hacía para que dejara de ser tan tímido. Aunque después el niño salía corriendo de la habitación y terminaba más avergonzado que nunca.

Los padres de la niña en un inicio nunca vieron mal la amistad entre los dos jovencitos, pues eran los únicos de esa edad en toda la hacienda.

Al correr de la siguiente semana muy temprano, un toquido se escuchó en la ventana de la recámara de la niña. Ella reconoció el golpeteo pues lo había oído miles de veces, era Rafael; el cual al parecer se había cansado de ser evitado.

La pequeña Flores se decidió y abrió la ventana de su balcón. Allí estaba Rafael con una caja de madera entre sus manos. Él guardó silencio sintiéndose apenado, como si la hubiese ofendido en algo. Luego bajó su mirada y extendió sus manos con la caja. Ella también seria la tomó. Al momento Rafael saltó del balcón y alejó rápidamente a las habitaciones de los peones. Mientras Flores abrió la pequeña caja y se sorprendió al mirar en el interior.

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