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Portada de la novela Entrelazados Por Equivocacion Una Casamentera Para El Ceo

Entrelazados Por Equivocacion Una Casamentera Para El Ceo

El prepotente empresario neoyorquino Maximus Livingston se ve forzado por su abuela a casarse en treinta días para salvar su patrimonio. Para lograrlo, acude a Rosie Harper, una experta a quien despreció años atrás. Ella, presionada por graves problemas financieros, acepta trabajar para él por puro profesionalismo. No obstante, el plan toma un rumbo inesperado cuando la matriarca sentencia que la candidata perfecta para su nieto es la propia Rosie.
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Capítulo 2

Antes de entrar a la oficina, Maximus y Héctor pasaban por el corredor.

-¡ESTO ES UNA MALDITA LOCURA! -espetó Maximus acomodando su corbata y luego observó la hora en su reloj altamente costoso.

-Baja la voz, Maximus, es lo mejor que conseguí. Muchos de mis conocidos han estado en la misma situación que tú -dijo su mejor amigo y asistente Héctor, quien es su cómplice en todo. Se conocían desde que tenían 10 años de edad. -

-Tranquilo amigo, Ya lo he averiguado, y esta agencia de emparejamiento es muy fiable. Mucha gente ha encontrado parejas adecuadas acá. Verás que en pocos días tendrás a una esposa sumisa, hermosa, con grandes curvas y pechos. Tendrás un hijo, te divorcias dejándole una gran suma de dinero y listo, todos satisfechos. Debes sacrificarte por la familia, no puedes perder tu posición por algo que es tan simple.- Diciendo esto, llamó la puerta.

-¡Eso crees! -Maximus iba a decir algo más cuando la jefa abrió la puerta, así que los hombres callaron. Maximus echó una mirada adentro de la habitación, solo estaban dos mujeres.

-¿¡Rosie, Rosie!? -la mencionó su jefa, y la chica salió de sus pensamientos. Estaba de espaldas, así que tragó grueso. Llevaba años evadiendo estar frente a Maximus porque quedó dolida y con una espina en el corazón llena de resentimiento por sus palabras de rechazo en aquel entonces.

-¿Sí? -preguntó y tensó la mandíbula.

-Te presento al señor Livingston, el CEO de la empresa Livingston Aurea Fashion, el empresario más cotizado de Nueva York. Requiere de nuestros servicios, lo cual es un gran honor para mí, señor, tenerlo en mi empresa Hadas del Amor. Rosie es la mejor, por esa razón se la asigno. Ella cumplirá con todo lo que usted busca en una esposa.

Cuando Rosie escuchó eso arqueó una ceja. Literalmente se negaba a mirarlo. Era como volver al pasado. Lo único que deseaba era darle con su tacón en la cabeza por grosero, por esa humillación y rechazo. Pero pensó que quizás él no la recordaba; después de todo, siempre pasó desapercibida ante los demás.

-Rossie... -la mencionó su jefa entre dientes, así que la chica de ojos verdes joya no tuvo más opción que voltear a mirar con seriedad, tomándose las cosas muy en serio después de todo era su trabajo.

En cuanto lo vio, su corazón se aceleró. Era él, guapo y bien vestido como siempre, aunque con ese mismo temple frío. Mientras tanto, Maximus frunció algo el ceño; el color de ojos de Rosie era atrapante.

-Un gusto, señor Livingston -no extendió su mano para saludar-. Le prometo que tendrá a la esposa de sus sueños -habló con sarcasmo, uno que Maximus percibió al instante, pues él era el rey del sarcasmo.

-Bien... los dejamos a solas -dijo Héctor para irse con Scarlett. Ellos se conocían hacía mucho y querían estar a solas.

Rosie se dispuso a sacar su agenda y su bolígrafo color lila.

-Señor Livingston, quiero que sepa que me tomo mi trabajo en serio. Mi jefa me dijo que la paga será buena, así que siento que este trabajo es simple para mí.

-¿Sabes a quién te diriges con esa actitud? -Maximus aprovechó para mirarla de pies a cabeza. Rosie mide 1.65, su cabello es rubio natural y sus labios son gruesos y provocativos; sin embargo, su vestimenta era algo repugnante para un hombre como él, para quien la moda era todo su mundo.

-¡Por supuesto! ¡El más cotizado de Nueva York por el que todas las chicas suspiran! -habló con cierta burla y se dispuso a mirar su libreta. La mirada de Maximus la ponía nerviosa aunque ella lo ocultara a la perfección-. ¿Algún detalle importante que quiera en su futura esposa?

Maximus le lanzó una mirada fulminante. Ella no lo miraba como las demás mujeres; de ser otro el caso, debería estar feliz y derretida por trabajar para él. Pero parecía que no le importaba quién era Maximus Livingston.

-¿Tienes algún maldito problema? -preguntó él seriamente.

-Para nada, señor -le respondió haciendo anotaciones falsas en su libreta.

-Tu actitud da mucho de que hablar. Podría decir con certeza que deseas decirme algo más... -achicó un poco los ojos, la estaba analizando.

La intuición de ese hombre estaba al nivel temeroso. Pero Rosie no tenía el plan de entregarse tan fácilmente.-Es mi actitud profesional, señor. Lo único que tengo por decir -alzó su mirada para verlo a los ojos y el ambiente se puso algo tenso entre ambos, siendo sumamente extraño- es que es evidente... que buscas una esposa con grandes curvas, pechos talla grande, cabello perfecto y que vista a la moda, ¿no es así? Descuide, señor Livingston, mañana le tendré opciones. ¿Algo más? -le sostuvo la mirada, literalmente lo estaba desafiando.

Maximus tensó su mandíbula. Primera mujer en su existencia que se dirigía a él como si no fuera nadie. Le causaba enojo la forma en que ella lo miraba, le hablaba y quería tener el control.

-¿Crees conocerme para decir eso? -se cruzó de brazos.

-Soy una casamentera profesional y siempre que me asignan a un cliente lo estudio. Aunque usted... Su fama habla por sí sola por las mujeres con las que frecuenta salir y que los paparazzi captan como el momento más importante.

-Déjeme decirle, señorita...

-Harper -agregó al verlo vacilar.

-Eso, Harper. Usted puede ser casamentera y profesional todo lo que usted diga, pero no tolero su comportamiento, así que está despedida -al decir eso, se dio la vuelta para marcharse.

Rosie abrió los ojos de par en par. Estaba a punto de dejar ir al hombre que se burló de ella años atrás de nuevo, pero también a su bonus extra y quizás ese ascenso que tanto deseaba.

Rossie muerde la punta de su lengua. Tiene un gran debate interno: tragarse su orgullo y ser astuta para aprovechar la oportunidad, o dejarlo ir con su arrogancia y grandeza.

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