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Portada de la novela Entre tú y mi esposa

Entre tú y mi esposa

El exitoso CEO Martín Vidal disfruta de un matrimonio aparentemente idílico junto a su dulce esposa, Catalina. Sin embargo, la estabilidad de su mundo se tambalea con el regreso de Valentina, su gran amor del pasado, quien ahora es una influyente inversora en su empresa. Atrapado entre la fidelidad que le debe a su mujer y la irresistible atracción por la mujer que nunca olvidó, Martín enfrentará un dilema que pondrá a prueba su lealtad.
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Capítulo 2

Martín y Catalina habían construido algo más que una relación: habían creado una rutina armoniosa que les daba seguridad y confort. Para muchos, su matrimonio era la definición misma de éxito. Eran la pareja que todos admiraban: jóvenes, bellos, con carreras brillantes, y una vida personal que parecía estar libre de conflictos. Sin embargo, bajo la superficie perfecta de su relación, existían pequeñas grietas que ni ellos mismos sabían que estaban comenzando a formarse.

La mañana comenzó como todas las demás. El sol entraba suavemente por las ventanas de su apartamento en el centro de la ciudad, iluminando el amplio salón que había sido decorado con un gusto impecable. Catalina estaba en la cocina, preparando café, mientras Martín salía de la ducha, envuelto en una toalla blanca que resaltaba la definición de su cuerpo atlético. A pesar de su éxito profesional, su vida personal siempre había sido más sencilla, más enfocada en lo que realmente importaba: el uno al otro.

Catalina tenía una rutina que conocía al dedillo, y que había asumido con la misma dedicación que su propio trabajo. Cuando Martín se despertaba, ella ya estaba lista para comenzar el día. Aunque no era estricta, su organización y equilibrio se habían convertido en una base sólida para su matrimonio. La dulzura con la que lo recibía por la mañana, la manera en que cuidaba cada detalle de su vida juntos, era un reflejo de cómo se sentía en su interior. Para Catalina, la felicidad estaba en las pequeñas cosas: un desayuno en común, un café caliente antes de que el día comenzara, una sonrisa compartida al despertar. Esas eran las pequeñas pruebas de amor que le daban a su relación la solidez que ambos apreciaban tanto.

Cuando Martín entró en la cocina, se acercó a ella con una sonrisa leve, rozándole la espalda con la mano mientras se dirigía a la alacena. Catalina levantó la mirada del café que preparaba y lo observó con un cariño profundo, como si la imagen de él, aún desordenado por el sueño, fuera suficiente para sentir que su vida tenía sentido.

"Buenos días, mi amor," dijo ella, sin levantar la voz, como si fuera una rutina sagrada. Martín le devolvió la sonrisa, se acercó a ella y la besó en la mejilla.

"Buenos días, Cata," respondió, y su voz, cargada de sueño, resonó suavemente en el aire.

No necesitaban muchas palabras en la mañana. Habían aprendido a entenderse sin hablar. Catalina sabía que Martín no era de muchas palabras al despertar. Le gustaba tener su espacio en las primeras horas del día, pero también sabía cómo hacer que esos momentos fueran significativos. Su forma de cuidarlo sin necesidad de forzar nada, su capacidad para mantenerse en un segundo plano, pero siempre al alcance, era la razón por la que su relación había funcionado tan bien hasta ahora. Martín, por su parte, apreciaba la paz que encontraba a su lado. El bullicio de la oficina, las llamadas constantes, las negociaciones interminables, todo eso se desvanecía cuando entraba por la puerta de su hogar.

"¿Estás listo para el día?" preguntó Catalina mientras servía el café en una taza blanca, delicada, que era una de sus favoritas.

"Lo estaré después de este café," respondió Martín, sentándose en una de las sillas altas de la isla de la cocina, mirando por la ventana hacia el horizonte de la ciudad. Catalina sonrió suavemente y le acercó la taza. Mientras él tomaba el primer sorbo, ella lo observó con atención, casi como si disfrutara de esos momentos en silencio más que de cualquier conversación.

"Te ves cansado," comentó ella después de un rato, sin dejar de mirarlo.

"Es solo la rutina. Demasiado trabajo." Martín no se sentía cómodo expresando abiertamente las presiones que sufría en su vida profesional, pero con Catalina podía decirlo sin sentirse vulnerable. Ella comprendía los sacrificios que él hacía a diario, aunque sabía que su sacrificio no solo era por su carrera, sino por la estabilidad que ambos habían logrado construir juntos.

Catalina, por su parte, también tenía sus propios retos. Aunque no se involucraba directamente en el mundo empresarial de Martín, su vida no era más fácil por ello. Como esposa de un CEO, estaba constantemente en la mira, las expectativas sobre su figura social y profesional siempre elevadas. Pero Catalina nunca se quejó. Sabía que su papel dentro de la relación no era ser la que brillara en el trabajo, sino la que se encargaba de que todo lo demás funcionara. Desde las cenas de negocios hasta las reuniones familiares, ella sabía cómo mantener el equilibrio, cómo hacer que Martín se sintiera cómodo en su propio hogar, libre de las presiones externas. Su capacidad para ser un apoyo silencioso pero constante era lo que le había dado estabilidad a su vida, tanto a la de Martín como a la de ella.

"Hoy tengo que estar en la oficina hasta tarde," dijo él, con voz cansada, rompiendo el silencio. "¿Tienes algo para esta noche?"

Catalina asintió, aunque algo en su mirada reflejaba que había notado el tono de su voz. Martín no lo decía, pero ella sabía que el estrés lo estaba comenzando a consumir. La empresa, la competencia, la necesidad de siempre estar un paso adelante: todo eso pesaba sobre él, y ella lo sentía incluso cuando no lo mencionaba.

"Voy a prepararte algo liviano para la cena. Podemos comer juntos antes de que te vayas." La sencillez de sus palabras era reconfortante. Catalina no necesitaba complicar las cosas. Sabía que lo único que Martín necesitaba en esos momentos era sentir que tenía un lugar al que siempre podía regresar, sin importar cuán caótico fuera el mundo afuera.

"Gracias," murmuró él, y, por un instante, sus ojos se encontraron. Ese fue un momento que pocos conocían de ellos: la pequeña conexión silenciosa que existía entre ellos. El amor no siempre se manifestaba con grandes gestos o palabras. A veces, era tan solo un cruce de miradas, una sonrisa compartida, una mano que tocaba suavemente el hombro del otro. Ese contacto, tan sencillo como constante, era lo que había cimentado su vida en pareja.

A lo largo de su relación, Martín había aprendido a confiar plenamente en Catalina, y no solo porque ella fuera su esposa, sino porque ella entendía sus silencios, sus necesidades, incluso aquellas que no podía poner en palabras. Y Catalina, aunque había crecido en un entorno donde la independencia y la autonomía eran esenciales, había aprendido a apoyarlo sin perder su propia identidad. Sabía que una relación no se trataba de anularse el uno al otro, sino de encontrar el equilibrio donde ambos pudieran crecer juntos, sin sentirse aplastados por las expectativas.

Esa tarde, Martín salió de la oficina más tarde de lo habitual. El tráfico era denso, pero su mente estaba nublada por la conversación que había tenido esa mañana con Valentina. A pesar de sus esfuerzos por no pensar en ella, algo lo mantenía inquieto. A medida que se acercaba a casa, sentía una especie de desasosiego que no había experimentado en mucho tiempo. Catalina lo esperaba en casa con una sonrisa, como siempre, preparada para compartir una tranquila noche juntos.

Esa noche, mientras cenaban, la conversación transcurrió de manera fluida. Hablaron de su día, de los avances de la empresa, de un proyecto que Martín había presentado en la mañana, y de una nueva línea de ropa que Catalina había encontrado en una tienda del centro. Pero Martín no podía evitar que sus pensamientos vagaran, que su mente se detuviera una y otra vez en los recuerdos de Valentina.

"Martín," dijo Catalina de repente, al ver que su esposo estaba distraído. "¿Estás bien? Te noto distante."

Él levantó la vista, sorprendido por la pregunta. Había sido un momento de vulnerabilidad que no había querido mostrar, pero ahora, frente a Catalina, no podía ocultarlo más. Sintió cómo su corazón se aceleraba, cómo las palabras se atoraban en su garganta.

"Es nada... solo algo del trabajo," respondió, aunque sabía que no era del todo cierto. Catalina lo miró durante un largo momento, sin presionarlo, pero con una clara preocupación en sus ojos. No era necesario que Martín dijera nada más. Ella ya lo conocía demasiado bien.

Finalmente, Catalina rompió el silencio con una sonrisa suave. "Lo importante es que estamos juntos. Y siempre lo estaremos, no importa lo que pase."

Martín le devolvió la sonrisa, sintiendo cómo esa simple afirmación lo tranquilizaba, aunque en su interior, sabía que algo estaba a punto de cambiar.

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