Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela Entre el deseo y el amor

Entre el deseo y el amor

Valeria enfrenta un dilema que pondrá a prueba su corazón al verse atrapada entre dos hombres de la misma familia. Damián, un arquitecto de presencia imponente y viejo amigo de su padre, la tienta con un deseo prohibido e intenso. Al mismo tiempo, Samuel, el hijo de este, le ofrece la posibilidad de un amor honesto y lleno de luz. En este complejo triángulo de traiciones, ella deberá elegir entre el fuego de la pasión o la paz de un afecto real.
Capítulos
Compartir

Capítulo 1

VALERIA

El estudio de Damián no era un espacio de trabajo: era el altar secreto de mis fantasías. El aroma a roble aceitado y café recién molido se mezclaba con ese otro olor, más oscuro y primario, que se le pegaba a la piel después del gimnasio. Un olor a hombre. A músculo exigido. A dominio contenido.

Llegaba puntual cada jueves, pero no por profesionalismo. Llegaba porque tenía hambre. Una hambre que me mordía por dentro y me humedecía la ropa interior mucho antes de atreverme a cruzar su puerta.

Lo encontré como siempre: de perfil, concentrado en la maqueta, ajeno —o fingiendo estarlo— a mi presencia. La camisa blanca, impecable, estaba abierta tres botones. La tela caía inútil, rendida ante un torso trabajado con disciplina feroz. Cada músculo parecía una línea trazada con intención. Y ese rastro de vello oscuro, insolente, que nacía en su pecho y se perdía bajo el cinturón de lino, justo donde mi imaginación se arrodillaba sin pudor.

El calor me descendió lenta y peligrosamente entre las piernas.

—Tu última pieza… —dije al fin— me deja sin aire, Damián.

Mi voz no hablaba de arquitectura. Era una caricia grave, una llave prohibida.

Él giró despacio. Sus ojos, gris tormenta, se clavaron en los míos sin preámbulos. No hubo saludo. Solo ese reconocimiento silencioso que llevaba meses tensándonos.

—¿Sin aire? —repitió, y la sonrisa que curvó su boca fue lenta, carnal—. Prefiero dejar a la gente… sin aliento.

No me acerqué a la maqueta, me acerqué a él.

El aire se volvió espeso, cargado de promesas indecentes. Me detuve a un palmo de su cuerpo. El calor que emanaba me golpeó de lleno, como si ya me hubiera tocado.

—No es crítica —susurré, dejando que mis ojos descendieran sin pudor por la abertura de su camisa—. Es admiración. De la que aprieta… y moja.

El silencio que siguió fue obsceno.

Sus pupilas se oscurecieron. Con una calma peligrosa, tomó un lápiz entre los dedos.

—Sirve para corregir líneas débiles —murmuró.

Alzó la mano y trazó una línea invisible sobre mi cuerpo, sin tocarme. Desde el hueco de mi garganta, bajando por el centro de mi pecho, sobre la tela que ya se tensaba contra mis pezones endurecidos. No hubo contacto… pero fue un latigazo. Un gemido traidor escapó de mis labios. Mis caderas se movieron solas, buscando algo que aún no tenía.

—¿Y las mías? —pregunté, temblando—. ¿Las corriges… o las derribas?

Gruñó.

Se inclinó hacia mí hasta borrar el espacio entre nuestros cuerpos. Su aliento, con ese amargor delicioso a café, rozó mis labios.

—Tus líneas, Valeria… —susurró— son un desafío. A la gravedad. Al buen juicio. Y a mi paciencia.

El lápiz cayó al suelo y entonces, por fin, me tocó.

Su mano se cerró sobre mi costado, firme, posesiva. Me arrastró contra él con una brusquedad que me robó el aire. Su cuerpo era una muralla ardiente. Sentí su dureza presionando contra mi vientre, implacable, innegable.

—Me miras como si quisieras devorarme —murmuró contra mi oído—. Como si te doliera el deseo.

Me rendí. Mis manos treparon por su pecho, arrugando la camisa, buscando piel. Mis caderas se arquearon contra él, desesperadas. Damián hundió el rostro en mi cuello, respirándome como un animal hambriento.

—Hueles a necesidad —rugió—. Me has marcado durante semanas. ¿Es esto lo que querías?

—Sí —jadeé, perdida—. Esto.

Sonrió triunfante. Me alzó sin esfuerzo y me sentó sobre el escritorio. Planos y maquetas cayeron al suelo como víctimas colaterales. Su cuerpo se incrustó entre mis piernas, separándolas. Subió mi vestido sin ceremonia, dejándome expuesta, temblando.

Sus ojos descendieron. Se detuvieron.

—Vamos a comprobarlo —dijo, con voz baja y peligrosa—. Si esas líneas resisten… cuando pierdas el control.

Cerré los ojos. El mundo se redujo a su olor, su peso, su presencia. A la certeza ardiente de que la tormenta había comenzado. y yo estaba a punto de arder en ella.

Sin embargo, cuando abro los ojos, él está lejos. La distancia es una bofetada de realidad fría. Sus puños cierran el aire a los costados, como si pudiera exprimir el vacío y extraerle el control que se le escurre entre los dedos. Su pecho sube y baja con una respiración que quiere ser calmada pero es puro fuego contenido.

—Eres la hija de Marcos —dice.

—Sí —respondo.

Mis muslos se separan apenas un instante antes de que mis pies busquen el suelo. El descenso de la mesa es una ceremonia: lento, deliberado, las palmas de mis manos deslizándose sobre mis muslos hacia las rodillas mientras el vestido azul recupera su territorio centímetro a centímetro, cubriendo la piel que él acaba de adorar con la mirada. Cuando mis pies tocan el suelo, quedo frente a él, tan cerca que el calor de su cuerpo aún me envuelve como una prenda invisible que no quiere soltarme.

—Lo soy —repito—. ¿Y eso es lo único que bloquea lo que sientes? ¿El apellido? ¿O lo que bloquea es que lo sientes demasiado y no sabes qué hacer con tanto?

Antes de que pueda decir algo la puerta del estudio se abre de par en par con un golpe seco contra la pared, y la realidad irrumpe como un torrente de luz blanca y fría que nos separa, nos desnuda de otra manera, nos deja en evidencia.

—¡Hola! ¿Empezaron la clase sin mí?

Samuel aparece como un sol radiante y torpe, llenando el espacio con su energía despreocupada. Su mochila cuelga de un hombro y sus ojos buscan primero los míos. Pero yo aún llevo el fantasma del lápiz de grafito tatuado en la piel, el eco del aliento caliente y a café de su padre en mis labios, la humedad culpable latiendo entre mis muslos al compás de mi pulso.

—Siempre empiezo antes, Samuel —le sonrío—. Para saborear mejor… todo lo que viene.

La mirada de Samuel brilla, ajeno a todo.

—Llegas tarde —dice Damián. Su voz es un cuchillo afilado, pero no mira a su hijo. Sus ojos grises están clavados en los planos, en esa geometría muerta que ya no puede competir con la geometría viva de mi cuerpo— Otra vez te perdiste con tus amigos.

—No, esta vez fue el tráfico —menciona Samuel, y me guiña un ojo.

Ese guiño cómplice, inocente, dirigido a la mujer que minutos antes estaba a punto de besar a su padre, me produce un escalofrío que no tiene nada de frío. Es el vértigo de lo prohibido, la embriaguez de caminar por el filo más peligroso.

Damián no dice una palabra más. Solo toma su taza de café, ya fría, y bebe un trago largo y ruidoso.

También te puede gustar

Portada de la novela Adiós, Patrick: Mi Futuro es Mío
9.6
La agrónoma Lina García descubre que su matrimonio de tres años ha sido un engaño absoluto. Patrick Lawrence, su esposo, confiesa que su unión fue una farsa para ocultar el amor prohibido que siente por su prima, Yolanda. Al saberse utilizada como un escudo para complacer al abuelo de él, y traicionada por su mejor amiga, Lina decide poner fin a la farsa. Decidida a recuperar su destino, rompe sus cadenas para alejarse de quienes la sacrificaron.
Portada de la novela Antes ignorada, ahora inolvidable
8.7
La heredera Allison usó su genio médico para despertar a Derek tras tres años de cuidados en la sombra. Lejos de agradecerlo, el magnate exige el divorcio para retomar un viejo romance. Libre de sus votos, ella retoma su verdadera identidad y asombra al mundo con su poder e intelecto. Al verla convertida en una mujer inalcanzable y exitosa, un Derek consumido por el arrepentimiento suplica un perdón que Allison ya no está dispuesta a conceder.
Portada de la novela Ayuda, mi marido magnate se niega a divorciarse
9.3
William contrajo matrimonio con Renata por puro compromiso. Con el retorno de su antigua amante embarazada, el fin de la unión parece inevitable. Aunque Renata afirma desear su libertad más que nadie, el entorno sospecha que solo finge desinterés. El asombro surge cuando el poderoso magnate impone restricciones legales para impedir el divorcio, reteniéndola a su lado. Ahora, ella debe descifrar las verdaderas intenciones tras la negativa de su marido.
Portada de la novela El eco que ella eligió borrar
7.8
La agente Eco fue traicionada y torturada por su prometido, Hernán, y su aprendiz, Bianca. Tras perderlo todo y ser abandonada, decidió someterse a un borrado de memoria para anular su sufrimiento. Tres años después, disfruta de una vida tranquila en México bajo el nombre de Evelyn, trabajando en una librería. No obstante, la paz se quiebra cuando un desconocido aparece llamándola Eco, poniendo en peligro la identidad que tanto le costó reconstruir.
Portada de la novela La Promesa Rota, El Amor Rescatado
9.5
Guiado por una profecía, Mateo Vargas vuelve a la vida de su exnovia. El antes cálido hombre es ahora un cirujano gélido cuyo rechazo a salvar al padre de ella provoca un desenlace fatal. Tras un accidente que le borra la memoria, ella despierta en un matrimonio ficticio con Mateo. Al recordar la verdad y su embarazo, descubre el trauma tras la crueldad de su esposo. Ante este secreto, deberá decidir si perdonar o sucumbir al rencor pasado.
Portada de la novela Las Advertencias de Mi Abuela Muerta
9.7
Tras un accidente, despierto en el hospital frente a Iván Lawrence, quien simula haber perdido la memoria mientras su madre oculta la verdad. Sin embargo, el fantasma de mi bisabuela surge con una advertencia letal: Iván me arruinó en el pasado y me traiciona con Sasha. Obligada por mi abuelo a casarme para proteger el linaje Salazar, decido desafiar mi destino. Siguiendo el consejo espectral, elijo a Máximo Castillo, heredero de mis enemigos, para salvarme.