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Portada de la novela Entre el amor y el arrepentimiento

Entre el amor y el arrepentimiento

La alegría de Sadie por su embarazo termina abruptamente cuando Noah, su marido, le pide el divorcio tras dos años. En medio de la ruptura, ella sufre un atentado y, herida, pide un auxilio que él le niega fríamente. Tras sobrevivir a la traición, Sadie huye al extranjero para rehacer su vida. Años después, mientras planea su boda con otro hombre, un Noah arrepentido y furioso reaparece al descubrir que ella dio a luz a su hijo en secreto.
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Capítulo 1

"Hmm...", murmuró Sadie. Al abrir lentamente sus ojos adormilados, se encontró con la intensa mirada de otro par de ojos.

Su esposo, Noah Wall, había regresado en silencio, cuya presencia estaba sutilmente marcada por el leve aroma a alcohol.

Él selló su reencuentro con un beso dominante, que la obligó a someterse a regañadientes.

Una oleada de inquietud recorrió el pecho de Sadie y, por instinto, intentó apartarse.

"Quédate quieta". La voz de Noah retumbó, profunda y seductora, teñida de un encanto irresistible.

Por un momento, el cuerpo de Sadie se tensó, atrapado en una lucha entre la resistencia y la sumisión.

Hoy era un día importante: su segundo aniversario, y estaba decidida a no arruinar el espíritu festivo.

Con un suspiro, cerró los ojos y se dejó fundir en su abrazo.

El intenso aroma de su colonia enmascaraba el del alcohol, envolviéndola y atravesando su corazón con su potente encanto.

Los ojos de Noah se oscurecieron de deseo al verla ceder, y sus acciones se volvieron más audaces y menos contenidas.

Cuando estaba a punto de recuperar la compostura, soltó un suave jadeo, su súplica teñida de una tierna fragilidad. "Por favor, no tan brusco... Es que yo...".

No pudo terminar su revelación de que estaba embarazada. El timbre estridente de un teléfono cortó la densa tensión, interrumpiendo bruscamente el momento íntimo.

Sus ojos, que hasta un instante antes ardían de deseo, se clavaron en el identificador de llamadas.

Se levantó y comenzó a vestirse, sin mostrar nada del fervor que lo había envuelto momentos antes.

"¿Vas a salir?", inquirió Sadie, con la voz teñida de una mezcla de confusión y preocupación, aferrándose con más fuerza a su camisón.

"Sí", respondió él con un tono desenfadado y evasivo, como si quisiera evitar más preguntas.

"Pero...".

"Vuelve a dormir", la interrumpió él con una voz suave pero distante. Se inclinó para darle un beso fugaz en la frente y, sin mirar atrás, salió de la habitación.

Sadie se quedó viendo la puerta después de su partida, con el corazón apesadumbrado.

Intentó convencerse de que debía de ser una emergencia del trabajo.

Sabía que ser comprensiva era esencial; cualquier muestra de descontento podría alejarlo aún más.

Después de todo, lo amaba desde hacía más de una década, y convertirse en su esposa había sido un sueño hecho realidad. No podía pedir más.

Con un suspiro, se recompuso y volvió a la cama. Apoyó una mano con delicadeza sobre su vientre, mientras una sonrisa llena de esperanza se dibujaba en sus labios.

"Mi amor, papá no quería dejarnos. Así que, por favor, no se lo reproches, ¿de acuerdo?".

Apenas había pronunciado esas palabras cuando la vibración de una notificación en su teléfono la sobresaltó.

"El CEO del Grupo Wall es visto en el aeropuerto a altas horas de la noche, presuntamente para recoger a su misteriosa novia".

La foto que acompañaba el titular lo mostraba en la entrada de la terminal privada del aeropuerto, impecable en un traje negro. Su postura era perfecta e irradiaba un aire de autoridad innegable, pero sus ojos transmitían una suavidad, una calidez tierna que Sadie nunca había visto antes.

La conmoción recorrió el rostro de Sadie mientras su corazón latía dolorosamente en su pecho, la aguda sensación casi robándole el aliento.

Le costó un esfuerzo considerable recuperar la compostura. Aferrándose al último resquicio de esperanza, abrió el artículo con dedos temblorosos.

Tal como temía, un rostro familiar llenó la pantalla: Kyla Wade.

La mujer que él, aparentemente, nunca pudo olvidar, estaba de regreso.

Una tristeza desoladora se apoderó de ella, provocándole un escalofrío.

Apretó la mandíbula para contener los sollozos.

Recordar el inicio de su matrimonio era demasiado doloroso.

Dos años atrás, justo cuando Noah y Kyla planeaban su futuro, esta última desapareció sin dejar rastro.

En ese momento crítico, él estaba a punto de asegurar la presidencia del consejo y necesitaba urgentemente una esposa sumisa. Sadie, conocida por su devoción absoluta y proveniente de una familia en decadencia, se había convertido en la candidata ideal.

Durante los últimos dos años, había sido una esposa sumisa, sintiéndose siempre indigna, como si su felicidad fuera un regalo inmerecido.

Esa sensación se hizo añicos ayer, cuando descubrió que estaba embarazada.

Siempre habían evitado tener hijos, a excepción de una noche, el mes anterior. Noah llegó a casa tambaleándose y apestando a alcohol después de una cena de negocios y, en medio de la borrachera, la pasión los consumió.

De aquel breve desliz resultó su embarazo.

Ahora, la incertidumbre de cómo darle la noticia la carcomía.

Temía que le exigiera abortar.

En el fondo, sabía que no era la mujer que él amaba.

Sumida en un torbellino de ansiedad, la voz de su esposo, que provenía del estudio, la sacó de su ensimismamiento.

'¿Ya está en casa?', se preguntó.

Entonces se levantó, se puso un abrigo ligero sobre los hombros y caminó hacia el estudio.

Justo cuando se acercaba a la puerta, escuchó la voz de Alex Howe, el mejor amigo de Noah. "¿De verdad pasaste toda la noche con Kyla?", preguntó Alex.

Sadie sintió que el corazón se le desplomaba.

Así que era verdad. Pasó la noche con Kyla.

"Mm...", respondió Noah, su voz vacía de cualquier emoción discernible.

"Entonces, ¿qué hay de Sadie? Después de dos años de matrimonio, no me digas que no significa nada para ti, ¿o sí?", continuó Alex, su voz suavizándose con genuina preocupación. "Ella es realmente extraordinaria, ¿sabes? Si no eres capaz de ver su valía, alguien más lo hará, y te arrepentirás", añadió.

"Solo siento un poco de culpa", replicó Noah, con voz fría y distante, como si hablara de algo sin importancia. "Si tanto te gusta, quizás debería hacer de casamentero", replicó Noah. Luego, con tono despreocupado, añadió: "Pero en serio, ¿no deberías volver al trabajo? Vete ya".

¿Culpa? ¿Era la culpa lo único que sentía por ella? Mientras esa cruda realidad se asentaba en su mente, una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Retiró su mano temblorosa del pomo de la puerta.

Ahora todo estaba dolorosamente claro: él nunca la había amado.

En lo más profundo del corazón de Noah, ella era solo una insignificante bagatela que podía entregar fácilmente a otra.

Un escalofrío de desolación la recorrió.

Se dio la vuelta bruscamente y corrió hacia el santuario del jardín, con el corazón latiendo salvajemente.

Allí se acurrucó, hundiendo el rostro entre las rodillas mientras su mundo se distorsionaba a través de un velo de lágrimas.

Una avalancha de recuerdos la asaltó, transportándola al día en que conoció a Noah, diez años atrás.

Él era la personificación del encanto y la vitalidad, nacido en cuna de oro, y robaba sin esfuerzo el corazón de todas las chicas de la escuela.

Sadie, en cambio, vulnerable por la reciente ruina de su familia, era un blanco fácil para las burlas.

Fue Noah quien intervino para defenderla: sus palabras eran como escudos que obligaron a los demás a retroceder.

En ese momento, él se convirtió en su salvador, su ángel.

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