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Portada de la novela Entre Copas y Traiciones: Un Engaño

Entre Copas y Traiciones: Un Engaño

Tras triunfar con su videojuego, Ricky vive un horror inexplicable: su perro es reemplazado por otro animal que muere poco después. Acusado de asesino por su novia y tíos, el joven pierde su fortuna y libertad bajo el estigma de #LordMataPerros. No obstante, el destino le otorga una oportunidad cuando el tiempo se reinicia tras su fiesta de lanzamiento. Atrapado en un bucle temporal, debe hallar a su mascota y limpiar su nombre antes de que la tragedia se repita.
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Capítulo 2

La cabeza me martillaba, un eco infernal de la música y el tequila de la noche anterior. Abrí los ojos y la luz del sol de mediodía me golpeó como un puñetazo. Estaba tirado en mi propia cama, todavía con la ropa de la fiesta de lanzamiento de mi videojuego, "Conquista Azteca". Un éxito, según todos, un borrón de brindis y felicitaciones para mí.

Lo primero que hice fue buscar a mi perro.

"¡Jefe!", llamé, con la voz rasposa. "¡El Jefe!, ¿dónde andas, campeón?"

Un pequeño cuerpo saltó a la cama, pero algo no estaba bien. El movimiento era diferente, más delicado. Miré hacia abajo. Una chihuahua de pelo claro me miraba con sus ojos saltones, pero no era mi perro.

Revisé instintivamente. Era hembra. Mi perro, El Jefe, era macho. Lo sabía tan seguro como que mi nombre es Ricardo Morales.

El pánico empezó a subirme por la garganta. Me levanté de la cama, tropezando con mis propios pies. En el pasillo me encontré con mi novia, Sofía.

"Mi amor, ¿qué pasa? Pareces un fantasma."

"Sofía, ¿dónde está El Jefe?", le pregunté, tratando de mantener la calma.

Ella frunció el ceño, confundida.

"Pues ahí está, contigo. Te despertó como siempre."

Señaló a la perra que me había seguido fuera del cuarto.

"No, Sofía, esa no es El Jefe", dije, mi voz temblando un poco. "Esa es una hembra. El Jefe es macho."

Sofía soltó una risita, como si hubiera contado un mal chiste.

"Ricky, por favor. La borrachera te afectó el cerebro. Nuestra perra siempre ha sido hembra, se llama 'La Jefa'. ¿No te acuerdas?"

Me quedé helado. Su seguridad era total, sin una pizca de duda. Era como si yo fuera el loco.

"No, no, no", repetí, caminando hacia la sala. Mis tíos, que también eran los padres de Sofía, estaban tomando café. Eran como mis segundos padres desde que los míos murieron.

"Tío, tía", dije, desesperado. "Díganle a Sofía. El Jefe es macho, ¿verdad?"

Mi tía, su madre, dejó su taza sobre la mesa con un ruido seco.

"Ricardo, ¿qué tonterías dices? Siempre hemos tenido a 'La Jefa'. Una perrita. Deja de hacer dramas, ya no eres un niño."

Mi tío asintió, mirándome con decepción.

"Tu abuelo estaría muy avergonzado si te escuchara. Después del éxito de anoche, y sales con esto."

Me sentía atrapado, como si las paredes de mi propia casa se estuvieran cerrando. Todos me miraban como si hubiera perdido la razón. La perra chihuahua se acercó a mí, moviendo la cola. La duda me invadió por un segundo. ¿Era posible? ¿Podía estar tan equivocado?

"No... yo sé que tengo razón", susurré.

Necesitaba una prueba. Una prueba física. Me arrodillé frente a la perra. Si podía demostrarles que estaban equivocados, todo volvería a la normalidad.

"Mira, Sofía, te lo voy a demostrar", dije, con la mano temblorosa extendida hacia el animal.

Apenas mis dedos rozaron su lomo, la perra se tensó. Empezó a convulsionar violentamente en el suelo. Un gemido ahogado salió de su garganta y luego... nada. Se quedó quieta. Demasiado quieta.

El silencio en la habitación fue absoluto por un segundo, y luego se rompió con el grito de Sofía.

"¡Asesino!", chilló, con el rostro descompuesto por el horror y la furia. "¡La mataste! ¡Mataste a mi hija!"

Mi tío se levantó de un salto, con la cara roja de ira. Mi tía empezó a llorar desconsoladamente. Yo estaba paralizado, mirando el pequeño cuerpo sin vida en el suelo. No entendía nada.

Escuché un ruido en la ventana. Nuestro vecino, un chismoso de primera, estaba grabando todo con su celular. La escena era perfecta: el joven exitoso, probablemente todavía borracho o drogado, matando a su perrita a sangre fría.

La pesadilla no había hecho más que empezar.

El video se volvió viral en cuestión de horas. #LordMataPerros, me llamaron. Mi carrera, que apenas ayer había despegado, se estrelló contra el suelo. Las llamadas de odio no paraban.

La peor fue la de mi abuelo. El patriarca. El magnate del tequila "Don Agave". Su voz era hielo puro.

"Me has deshonrado, Ricardo. Has manchado el apellido Morales. Olvídate de la empresa, olvídate de tu herencia. Para mí, estás muerto."

Y colgó.

La policía no tardó en llegar. Las acusaciones de Sofía y mis tíos, el video viral, mi estado de confusión... no tenía defensa. Me arrestaron por crueldad animal.

En la celda, el frío del concreto se me metía en los huesos. Iba a ser condenado. Iba a ir a la cárcel por un crimen que no cometí, por la muerte de una perra que ni siquiera era mía, mientras mi verdadero perro, mi Jefe, estaba desaparecido. La desesperación era un pozo sin fondo. Cerré los ojos, deseando que todo terminara.

Y entonces, desperté.

El mismo dolor de cabeza. La misma luz de sol. El mismo cuarto.

Un sudor frío me recorrió la espalda. Miré hacia la cama.

La perra chihuahua desconocida estaba ahí, dormida a mis pies, viva.

El día de la fiesta de lanzamiento acababa de empezar de nuevo.

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