
Entre Copas y Secretos: La Verdadera Heredera
Capítulo 3
No llegué muy lejos. Un grupo de estudiantes, seguidores de Lucía, me bloqueó el paso.
«¿A dónde crees que vas, ladrona?», dijo uno de ellos, un chico corpulento que siempre seguía a Lucía como un perro faldero.
«No te irás hasta que te disculpes con Lucía y renuncies a tu puesto en la bodega», añadió una chica.
Mi madre me había contado que Lucía tenía un historial de violencia. En el instituto, había acosado a otros estudiantes, siempre a los más débiles. Isabel había planeado hablar con el decano para que la expulsaran la semana siguiente. Qué ironía. Lucía se le había adelantado.
«Apartaos», dije, con la voz más firme que pude.
Carmen apareció de nuevo, interponiéndose entre ellos y yo.
«¡Dejadla en paz!», gritó, actuando como mi protectora. «¡La señorita Sofía no tiene la culpa de nada!».
Su intervención solo empeoró las cosas. Para ellos, era la prueba definitiva de que Carmen me favorecía porque creía que yo era su verdadera hija, la que le daría acceso a la riqueza.
«¡Quítate de en medio, vieja bruja!», gritó el chico corpulento.
«El decano ya sabe la verdad», dije, intentando usar la autoridad. «Si me tocáis, seréis expulsados».
Lucía se levantó, cojeando. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro magullado.
«¿El decano?», se burló. «Pronto yo seré la dueña de todo. Tú no eres nadie».
Esa fue la señal. Dos de ellos agarraron a Carmen y la apartaron. El chico corpulento me agarró del brazo y me retorció la muñeca. El dolor fue agudo.
«¡Suéltame!», grité, pero otro me tapó la boca.
Me arrastraron por el suelo de grava. Las piedras se clavaban en mis rodillas y mis manos.
Lucía se paró frente a mí. Se levantó la manga y me mostró su brazo, cubierto de viejas cicatrices y moratones recientes.
«¿Ves esto?», dijo, con la voz quebrada por un sollozo. «Esto es lo que tu supuesta madre me ha hecho durante años. Esto es lo que tú me has hecho sufrir. Ahora te lo voy a devolver».
La multitud jadeó. La empatía se volcó por completo hacia ella. Yo era la villana. Ella, la víctima.
Entonces, sacó las tijeras de podar que Carmen había dejado caer. El metal brilló bajo la luz del atardecer.
«Voy a marcar esa cara bonita tuya», siseó, acercando la punta afilada a mi mejilla. «Para que nunca olvides quién eres de verdad».
El terror me heló la sangre.
«¡NO!», grité con todas mis fuerzas. «¡TÚ ERES LA HIJA DE CARMEN! ¡MI MADRE NOS CAMBIÓ DE VUELTA!».
Al mismo tiempo, Carmen gritó: «¡LUCÍA, NO LO HAGAS!».
Justo en ese momento, la voz del decano retumbó en el patio.
«¡¿Qué está pasando aquí?! ¡Seguridad!».
Los guardias aparecieron, dispersando a la multitud. Me levanté, temblando. Intenté acercarme al decano para explicarle, pero me miró con frialdad.
«Señorita Sofía, a mi oficina. Ahora».
Carmen corrió hacia el decano, llorando.
«Fue mi culpa, señor decano. Lucía está enferma, no es responsable. Me la llevaré a casa, la retiraré de la universidad si es necesario».
El decano, que siempre había tenido debilidad por las historias trágicas, asintió.
«Haga eso, señora. Y usted», dijo, señalándola, «queda suspendida de sus labores en el campus por una semana».
Luego se volvió hacia mí.
«Y usted, señorita Sofía, por incitar a la violencia, queda suspendida de clases por una semana también. Ambas».
«¡Pero yo soy la víctima!», protesté.
«Eso lo decidirá la investigación», dijo, cortante.
Lucía sonrió triunfante. Abrazó a sus seguidores.
«No os preocupéis», les susurró. «Cuando mi madre, Isabel, vuelva, todo se arreglará. Tendréis vuestra recompensa».
La injusticia me quemaba por dentro.
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