Portada de la novela Entre Cenas y Letras

Entre Cenas y Letras

9.7 / 10.0
La exitosa editora Lucía Justin ve su mundo tambalearse cuando su antiguo novio asume el cargo de jefe en su empresa. En medio del caos, conoce a Naethan Goodfry, el talentoso chef del restaurante vecino. Para protegerse de presiones externas, ambos acuerdan fingir una relación sentimental tras un encuentro inesperado. No obstante, el pacto comienza a desmoronarse cuando los celos y el deseo real transforman su mentira en algo mucho más profundo y peligroso.

Entre Cenas y Letras Capítulo 1

Lucia Justin sabía que algo andaba mal desde el momento en que su cappuccino llegó con una sonrisa dibujada en la espuma.

Primero, porque era martes. Y los martes no traen espuma feliz, traen cafeína amarga, correcciones urgentes y reuniones donde el oxígeno escasea.

Y segundo, porque esa sonrisa no era una señal. Era una advertencia.

Stellar Editorial estaba más callada de lo normal. Lo cual, considerando que se trataba de una oficina llena de escritores, editores, críticos literarios y otros seres con complejo de semidios, ya era decir mucho. Lucia atravesó los pasillos como si fueran trincheras de guerra, esquivando las miradas cómplices y las sonrisas forzadas de compañeros que no sabían si felicitarla o salir corriendo. Eso sí, todos evitaban su mirada como si llevara encima una bomba de relojería.

Y en parte, la llevaba.

En su bolso había una libreta con veinte ideas para reestructurar la editorial. También un ensayo sobre el papel de la narrativa en la política moderna. Y sí, claro, la carta de intención para el puesto de Editora en Jefe. Una carta que, dicho sea de paso, había trabajado más que su terapeuta en los últimos seis meses.

-Lucia -dijo Emma, la asistente de dirección, interceptándola como quien se lanza a parar un tren con un clip-. El director quiere verte. Ahora.

Lucia parpadeó. Mal presagio #1: Emma no la llamó "Lu" como siempre.

Mal presagio #2: No hubo sonrisa. Ni siquiera un guiño de solidaridad.

-¿Qué pasa? -preguntó ella, ya sintiendo cómo su estómago intentaba hacerse un ovillo.

-Tú... sólo ven.

La sala de dirección estaba absurdamente iluminada. Las persianas estaban abiertas, el café olía demasiado fuerte y la silla central -la silla del editor en jefe- estaba vacía.

Hasta que dejó de estarlo.

Entró. Él entró.

Con esa seguridad prefabricada, ese peinado digno de comercial de gel y esa misma cara de suficiencia con la que le había pedido matrimonio. Y con la que, dos meses antes de la boda, le había dicho que no estaba "emocionalmente disponible" para una relación tan seria.

Charles. Jodido. Raven.

Lucia se quedó congelada un segundo. Su primera reacción fue pensar que era una broma. Que algún becario con demasiado tiempo libre y un problema con el karma estaba jugando con Photoshop y las emociones ajenas. Pero no. Charles estaba ahí. En persona. En el centro de la sala. Y sonreía.

-Lucia -dijo él, con esa voz que siempre parecía pronunciar las palabras como si fueran marcas registradas-. Me alegra verte.

Oh, claro. Y a ella le alegraba que le arrancaran las uñas con pinzas.

-¿Qué está pasando? -preguntó, girándose hacia el director, que ahora sudaba como si tuviera que leerle su horóscopo en vivo.

-Verás... Lucia -empezó el director, un tipo amable que parecía tener el carisma de una toalla húmeda-, después de un análisis exhaustivo, el comité ha decidido otorgar el puesto de Editor en Jefe a Charles Raven. Él... eh... tiene una visión estratégica muy valiosa para la editorial. Además de... bueno... contactos.

Contactos. Claro. Como si Charles tuviera otra cosa.

Lucia no dijo nada. No gritó. No lloró. No arrojó el café en la cara del director ni utilizó el tintero como arma medieval, aunque todas esas ideas cruzaron su mente como relámpagos vengativos.

Se limitó a asentir. Una vez. Muy lentamente.

-Felicidades -murmuró, sin una pizca de emoción-. Qué sorpresa.

Charles sonrió como si le acabaran de ofrecer el papel de su vida. A ella le dieron ganas de ofrecerle un empujón por la ventana.

-Espero que podamos trabajar juntos con profesionalismo -dijo él, como si el mundo no ardiera.

Lucia salió de la sala en silencio. Cada paso era una pelea contra su propia dignidad. En su cabeza, las palabras daban vueltas como moscas en un frasco cerrado: ¿en serio? ¿a él? ¿¡A ÉL!?

Ella había escrito reseñas literarias que derribaban carreras. Había publicado ensayos sobre neurociencia narrativa en revistas internacionales. Su prosa se citaba en simposios, por el amor de Shakespeare. Pero no. El puesto fue para Charles "mi papá me compró una imprenta" Raven.

De vuelta en su oficina, cerró la puerta, se dejó caer en la silla y miró por la ventana.

Y entonces lo vio.

Justo al otro lado de la calle, en la planta baja de un edificio moderno, un cartel recién colgado titilaba con una cursiva sospechosamente francesa:

Goodfry: Cocina experimental con alma.

Dentro, un tipo de delantal negro, cabello desordenado y expresión seria intentaba estabilizar una torre de queso, mango y algo que parecía espuma de vino tinto.

Lucia arqueó una ceja. Lo observó un momento, medio absorta, medio hipnotizada. El tipo tenía manos rápidas, mirada concentrada, y cero idea de que alguien lo estaba observando mientras manipulaba ingredientes como si estuviera construyendo una bomba molecular.

El chef levantó la vista. La vio.

Ella no desvió la mirada.

Él tampoco.

Y por un instante fugaz, Lucia olvidó que su exnovio era su nuevo jefe. Porque ahora tenía una nueva distracción.

Lucia apoyó la frente contra el cristal frío, aún con las palabras "Charles Raven es tu nuevo jefe" rebotando en su cráneo como si tuvieran derecho a existir.

Charles.

El hombre que una vez confundió a Borges con un diseñador de muebles sueco.

El mismo que pensaba que Virginia Woolf era un personaje de Downton Abbey.

¿Y ahora era su jefe?

Respiró hondo. Muy hondo. Tan hondo que consideró mudarse a sus pulmones y no salir jamás.

Al otro lado del vidrio, el chef -Naethan, según decía el cartel- partía algo con un cuchillo como si le debiera dinero. Cada movimiento era preciso, obsesivo, casi sensual. Lucia entrecerró los ojos. No por atracción. Claro que no. Era curiosidad profesional.

Una voz interna, muy parecida a la de su terapeuta, murmuró:

"Mira qué interesante, un hombre que no necesita humillarte para sentirse importante. ¿Será un holograma?"

Lucia soltó una risa seca.

Y entonces volvió a Charles en su mente. Ese idiota vestido de Armani, con alma de cartón reciclado, que había conseguido el puesto por tener un apellido con acciones en la editorial.

Estaba claro.

El mundo literario estaba jodido.

Pero al menos, el chef tenía buena espalda.

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Tabla de contenidos de Entre Cenas y Letras

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